Colbert, el canario en la mina
Una de las primeras ofensivas contra las libertades de Vladímir Putin en cuanto llegó a la presidencia de Rusia en 2000 fue contra un programa satírico de guiñoles. La televisión NTV canceló Kukly –el equivalente en España a Las noticias del guiñol– después de meses de presiones y amenazas penales por el retrato crítico de Putin. Una de las bromas del programa en 2000 fue imaginar que Putin se atornillaba al poder y todavía era presidente... en el año 2020.
En comparación con la represión violenta desde entonces en Rusia, la cancelación del programa es ahora una nota a pie de página, pero se recuerda como una de las primeras señales de hacia dónde quería ir el nuevo presidente. El humor, sobre todo el ingenioso que tiene éxito, se ve a menudo como una amenaza más difícil de gestionar que la oposición política tradicional en los regímenes autoritarios, como bien recuerdan a menudo también los ucranianos, con una larga tradición en la comedia mezclada con la crítica política.
El humor importa más de lo que podría parecer a primera vista. Y por eso es relevante la polémica estos días de nuevo con el programa de Stephen Colbert, el presentador del programa nocturno de entretenimiento de la CBS y maestro de la sátira política desde hace más de dos décadas. La cadena anunció el verano pasado que ésta sería la última temporada del programa por una decisión “económica”, pero sus motivos han sido cuestionados por sus intereses ante la Administración Trump.
La empresa propietaria del canal, Paramount, aceptó pagar a Trump una compensación millonaria para que el presidente retirara una querella por la emisión de una entrevista en 60 Minutes en campaña con Kamala Harris que el entonces candidato republicano no quiso aceptar. El Gobierno de Trump aprobó unos días después la fusión de Paramount con Skydance, una empresa propiedad de David Ellison, el hijo de Larry Ellison, uno de los hombres más ricos del mundo y fiel seguidor de Trump.
El último programa de Colbert está previsto para el próximo 21 de mayo, si es que llega después del enfrentamiento abierto con su cadena por no emitir una entrevista con el candidato a las primarias demócratas en Texas para un escaño del Senado, James Talarico. La entrevista se emitió con gran éxito de audiencia sólo en YouTube. Según los abogados de CBS, podría infringir en la televisión tradicional la regla de dar oportunidades a todos los competidores políticos en una carrera –en este caso otros demócratas– que se aplica para los programas de noticias aunque nunca se ha aplicado para las entrevistas y mucho menos los late show de entretenimiento. El jefe del regulador de comunicaciones de la Administración Trump dijo que se estaba “pensando” extender la aplicación de la norma, y eso valió a los abogados de CBS.
Lo que hay detrás del enfrentamiento de Colbert con su cadena va más allá de este episodio en muchos sentidos. Uno de los factores es el entrevistado: Talarico es un demócrata joven y progresista que habla abiertamente del cristianismo –una fe que comparte con Colbert, católico practicante– y de cómo los republicanos como Trump y sus seguidores instrumentalizan la religión. El sueño de los demócratas de ganar en Texas lleva décadas sin cumplirse, pero un perfil como el de Talarico tiene más opciones que otros. Y las elecciones legislativas del próximo noviembre son una cita que puede apuntalar o limitar de manera crucial el poder del presidente.
Además, la batalla de Colbert es ya uno de los símbolos de la claudicación de grandes empresas de medios para complacer a Trump, en muchos casos sin que ni siquiera se lo pida o tome medidas legales, más allá de amenazas de futuro incierto.
Las dimisiones del programa mítico de reportajes 60 Minutes o los intentos de Ellison de quedarse con la CNN son movimientos con más sustancia, pero el canario en la mina en la televisión ha sido Colbert. Se empieza por los guiñoles… y quién sabe dónde se acaba.
0