Mujeres, feminismo y municipalismo: un imperativo para el cambio

Mujeres candidatas en iniciativas municipalistas

“Nos preguntarán quienes somos [...]. Somos muchas mujeres que estamos infrarrepresentadas en los espacios de decisión, en los espacios de poder político y estamos sobrerrepresentadas en el cuidado invisible que hace posible la vida de todos y todas”. Ada Colau en el discurso de presentación de Barcelona en Comú el pasado septiembre.

Algunas de las fuerzas políticas que se presentan a estas elecciones municipales y autonómicas son conscientes de la singularidad del momento. Algunas apostamos por un cambio tras un fin de ciclo. Hay otras que se presentan como la regeneración de una política que sabemos agotada en sus planteamientos y en su desarrollo. De facto estamos viviendo una segunda transición enmascarada donde la ciudadanía se juega mucho más que un simple lavado de cara de la democracia: nos estamos jugando el marco donde se desarrollarán nuestras políticas, nuestras vidas, en los próximos años.

Estamos en unas elecciones municipales y autonómicas, sí, pero con un Tratado de Libre Comercio (TTIP) que sobrevuela la soberanía que nos está siendo arrebatada en favor de las grandes corporaciones, un tratado en el que la ciudadanía no tiene ni acceso ni posibilidad de control o de toma de decisiones. El bipartidismo tradicional, junto con otras formaciones surgidas en los primeros años de democracia, está en plena crisis, con una tendencia clara a la pérdida de confianza y la disminución de la intención de voto, pero también de forma interna con falta de liderazgos claros, de disputas, de casos de corrupción y exceso de personalismos que, más allá de ayudar a sobreponerse, está suponiendo un lastre para esas formaciones.

Las nuevas propuestas municipalistas no presentan perfiles equidistantes de simple cambio de caras. Las candidaturas de unidad popular, con recorrido en todo el Estado, nos presentamos con la convicción de tener una oportunidad real de transformación en un momento de emergencia social. Una transformación social que vaya a la raíz de la realidad para, esta vez sí, diseñar ciudades vivibles, que pongan a las personas en el centro.

Así, las mujeres, las mujeres feministas, hemos visto una grieta en el sistema que debemos ocupar para situar las reivindicaciones tradicionales de las mujeres en la agenda política. Hemos vivido en tantas ocasiones el “ahora no toca” como para saber que sí, que ahora es cuando toca. No es una cuestión de anteponer unos derechos sobre otros, sino de entender que las desigualdades sociales se entrecruzan unas con otras y que todas ellas deben ser abordadas por igual para conseguir esa sociedad justa en la que nos gustaría vivir.

Migración, pobreza energética, malnutrición infantil, desahucios, desempleo, etc., todos estos dramas que vemos diariamente en nuestros barrios tienen en mujeres, migrantes, personas con diversidad funcional o desempleadas a sus principales protagonistas. No es casualidad. Las políticas públicas deben actuar sobre las estructuras del sistema que perpetúa estas situaciones, más allá de poner parches que cambien elección tras elección manteniendo la inestabilidad y la incertidumbre en la vida de miles de personas en nuestras ciudades.

Las vulneraciones de derechos específicos que nos ocurren a las mujeres por el hecho de ser mujeres precisan del nacimiento de reivindicaciones muy concretas. Una de ellas es el derecho a una vida libre de violencia machista, este fenómeno que es claramente una emergencia social cuando el número de asesinatos aumenta a cada recorte del gobierno del Partido Popular. Otro ejemplo es que el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos se convierte en una moneda de cambio para mantener cierta parcela de voto ultraconservador en lugar de algo que ha de ser garantizado.

Pero, para las mujeres, la participación en la vida política no es fácil, ya que la sociedad nos impone la asunción de cargas familiares que lo dificulta. Por eso es necesario que los cuidados sean asumidos por toda la sociedad. Los valores comúnmente considerados como positivos son, en su mayoría, valores asociados a la masculinidad: competición, fortaleza, agresividad, osadía. Y no es que las mujeres no podamos comportarnos así, o que no nos podamos adaptar a ambientes dominados por la agresividad o altos niveles de estrés: es que nosotras no queremos.

Los liderazgos femeninos y feministas que están surgiendo en este nuevo ciclo político son radicalmente distintos. Las mujeres que han llegado a puestos de poder hasta ahora lo han hecho con una alto grado de adaptación a lo que se espera de esos puestos. Ejemplos claros de ello son Margaret Thatcher, Esperanza Aguirre o Condoleezza Rice. Nada que ver con el tipo de candidatas que somos nosotras. Los liderazgos feministas se están caracterizando por un mayor grado de trabajo horizontal y colaborativo y por un cambio en los discursos. Apostamos por conciliar la política con nuestras vidas y no al revés. Damos un paso adelante y asumimos ser la cara visible de un trabajo colectivo como un reto para las mujeres. Nadie va a situar nuestras reivindicaciones en primer plano por nosotras. Y, sin nosotras, no hay un proceso de transformación real de la sociedad.

Este es el reto que han asumido muchas mujeres que están liderando los nuevos procesos políticos. Mujeres de entre nosotras, como Ada Colau, cuya voz irrumpió en la Comisión Económica del Congreso en febrero del 2013 y desde entonces no ha dejado de ser altavoz de aquellas y aquellos que se habían propuesto hacer las cosas de otra manera. O como Manuela Carmena e Ysabel Torralbo, que tienen atravesadas en sus historias personales tantas luchas. Muchas mujeres que, además, somos el reflejo claro de un nuevo sujeto político colectivo. Un sujeto que surge de un impulso democratizador quizá previo al 15M pero que se empieza a consolidar a partir de aquel mes de mayo.

Son experiencias que han ido gestando lo que hasta ahora parecía imposible: un escenario destituyente del régimen de poder actual y constituyente de una realidad alternativa. Este nuevo sujeto político incorpora nuevas maneras de abordar la gestión de lo común: desde el debate colectivo, desde la escucha, incorporando los cuidados, la participación, la inclusividad y la horizontalidad en la toma de decisiones.

En este momento histórico estamos asistiendo al ocaso de los modelos masculinos hegemónicos en las formas de relacionarnos en los espacios políticos, mientras que somos también partícipes del resurgimiento de nuevas subjetividades. Los espacios políticos se están feminizando, no sólo con las números uno de las listas, sino con todas las mujeres que las componen (como es sabido, todas nuestras listas son paritarias). Irrumpen así en la escena política institucional otras formas de hacer que conjugan lo cotidiano con la lucha en todos los ámbitos, y que utilizan discursos más cercanos a la ciudadanía. La mirada de las mujeres lleva en sí también la mirada de la infancia, de las personas mayores y, en general, de toda aquella diversidad de sujetos que la sociedad heteropatriarcal deja de lado, y esto es así porque sobre es sobre las mujeres sobre quienes ha recaído siempre la cura, la atención y los cuidados de todas estas personas. Es importante resaltar esto, porque este cambio no apela sólo a las mujeres, sino que visibiliza el hecho de que la mayoría de la población no está representada en el sistema político y en las políticas públicas actuales.

No nos olvidemos de que todo este camino no está siendo fácil ni pensemos que está ya recorrido: en absoluto. La política se está feminizando, sí, pero es un proceso en el que muchas chocamos con la sociedad y, en ocasiones, con las propias estructuras que generamos y con nuestros compañeros. Es necesario que, tal y como vamos haciendo y luchando, las estructuras también cambien: los códigos del lenguaje, los tiempos, la conciliación, las formas en la arena pública, etc.

En este nuevo ciclo todavía se mantienen, en muchos aspectos, formas de hacer que no queremos. Se trata de un reto que está en nuestro horizonte, que está en nuestro camino, como lo ha estado siempre. De una manera u otra, nunca dejamos de luchar, y no lo vamos a hacer ahora: la coyuntura histórica abre una ventana de oportunidad que es imprescindible y de vital importancia para un cambio real. Y ese cambio será feminista, o no será.

Firmantes:

Eva Alfama, candidata de Barcelona en Comú. Barcelona (Cataluña).

Teresa Artigas, candidata de Zaragoza en Común. Zaragoza (Aragón).

Luisa Broto, candidata de Zaragoza en Común. Zaragoza (Aragón).

Luisa Capel, candidata de Ahora Madrid. Madrid (Madrid)

Adriana Caridad, candidata de Zaragoza en Común. Zaragoza (Aragón).

Manuela Carmena, candidata a la alcaldía de Ahora Madrid. Madrid (Madrid).

Rocío Fraga, candidata de Marea Atlántica. A Coruña (Galicia).

Rosa Galindo, candidata de Málaga Ahora. Málaga (Andalucía).

Arantza Gracia, candidata de Zaragoza en Común. Zaragoza (Aragón).

Elena Giner, candidata de Zaragoza en Común. Zaragoza (Aragón).

Alicia Morales, candidata a la alcaldía de Ahora Murcia. Murcia (Murcia).

Marta Higueras, candidata de Ahora Madrid. Madrid (Madrid).

Isabel Jimenez, candidata de Málaga Ahora. Málaga (Andalucía).

Ana Lizoain, candidata a la alcaldía de Aranzadi en Común. Pamplona (Navarra).

Rita Maestre, candidata de Ahora Madrid. Madrid (Madrid).

Elisa Mandillo, candidata de Málaga Ahora. Málaga (Andalucía).

Celia Mayer, candidata de Ahora Madrid. Madrid (Madrid).

Pilar Paz candidata de Badia En Comú. Barcelona (Cataluña).

Laura Pérez, candidata de Barcelona en Comú. Barcelona (Cataluña).

Carolina Pulido, candidata de Ahora Madrid. Madrid (Madrid)

Yaye S. Dominguez, candidata de Málaga Ahora. Málaga (Andalucía).

Elisabeth Ruiz Romero, candidata a la alcaldía de Badia en Comú. Barcelona (Cataluña).

Inés Sabanés, candidata de Ahora Madrid. Madrid (Madrid).

Elisabet Sánchez, candidata a la alcaldía de Vila-seca En Comú. Tarragona (Cataluña).

Ysabel Torralbo, candidata a la alcaldía por Malaga Ahora. Málaga (Andalucía).

Iris Urquidi, integrante de la candidatura de Ahora Madrid. Madrid (Madrid).