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¿A quién ponemos al frente en la izquierda para despedazarlo?

La vicepresidenta segunda y líder de Sumar, Yolanda Díaz en un acto de campaña electoral de la formación. EFE/Juan González.

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La fraternidad es el elemento que hace asumible y tolerable el hecho de ser diana de los ataques fascistas. Se pueden aguantar al saber que hay un montón de brazos entrelazados detrás sosteniendo y apoyando, pero se hace insoportable poner la cara, la voz y el cuerpo, cuando el enemigo tiene claro que se es un enemigo a batir y entre los que comparten ideas se balcanizan en múltiples batallas identitarias para servir de munición al adversario. No hay problema alguno entre los líderes de izquierdas para dar un paso al frente sabiendo que los fascistas van a ir con todo para destruirlos, pero es mucho más difícil e inabordable hacerlo sabiendo que van a ser otras facciones de izquierdas las que van a usar todo lo que tienen para destruirte. La estrategia tóxica de las redes en la izquierda no es peligrosa para el fascismo, lo es para la izquierda, y es el problema más grave del momento que hace imposible la construcción de una alternativa transformadora. No confundirse de enemigo como principal tarea para abordar la reconstrucción. 

Mark Fisher tiene un artículo llamado “Salir del Castillo de Vampiros” en el que aborda la necesidad de construir una solidaridad fraterna de izquierdas y de clase superando las divisiones identitarias que se dan en la cultura de las redes sociales. El texto debería ser leído, estudiado, subrayado y metabolizado por todos aquellos que teniendo una voz en la izquierda tengan como prioridad poner delante lo común frente a lo individual. En su disertación, Fisher explica cómo los modos de comunicación digital promovidos por las redes sociales infectan a la izquierda que busca acaparar capital simbólico diferenciándose del resto de individuos de la izquierda fomentando un identitarismo incompatible con la solidaridad y la comunión fraterna que es inseparable del espíritu político progresista. El filósofo explica cómo el uso dado a las redes sociales en las políticas comunicativas digitales es funcional al capital porque se desprende de la conciencia de clase y acaba convirtiendo a la militancia en un grupo de presión liberal y burgués cuando debiera ser una herramienta usada para activar a la clase trabajadora en su politización contra el enemigo de clase. El instrumento del amo es usado por el amo con nuestras propias manos al no ser capaces de identificar de manera correcta al enemigo. Dice Fisher: “El Twitter «de izquierda» puede ser una zona miserable y desalentadora. Este año hubo un par de polémicas en Twitter de perfil alto, en las que figuras identificadas con la izquierda fueron «denunciadas» y condenadas. Lo que estas figuras habían dicho era muchas veces objetable. Pero de cualquier modo la forma en que fueron perseguidas y vilipendiadas dejó un residuo horrible: un olor a falsa conciencia y moralismo de caza de brujas. La razón por la que no opiné acerca de estos incidentes, me avergüenza decirlo, fue el miedo. Los matones estaban en otra parte. No quería llamar su atención.” Este es uno de los problemas más graves para la conformación de un debate sano y constructivo en las izquierdas. Ni más ni menos que el análisis que hizo Mark Fisher para el entorno digital de izquierdas en el Reino Unido que es perfectamente extrapolable a España. 

Entiendo la cultura política de izquierdas de un modo partisano y crítico. No se deja a nadie atrás cuando sufre las huestes fascistas y se ejerce el pensamiento crítico con los propios para prosperar y mejorar. Pero hoy en día el sentido de cierta militancia digital está invertido ocupando todo su tiempo activo en destruir a aquellos espacios, activistas, políticos y periodistas que, siendo parte de la misma cultura antifascista, no siguen de manera inquebrantable sus mismos postulados de militancia líquida. La furibunda pose de los conversos que descubrieron el antifascismo en 2014 y la causa palestina en octubre de 2023 es uno de los mayores diques de la izquierda para construir un espacio fraterno porque creen que antes de ellos no hubo nada y tienen una nula cultura política colectiva que les hace seguir de manera acrítica las consignas partidistas en vez de la memoria común de nuestro hilo rojo. 

Estos días hemos visto cómo los actos de violencia política contra periodistas antifascistas, con divergencias entre sí, han servido para formar un frente comprometido y solidario. Hasta los asuntos más graves hay quien acaba utilizándolos como un simple elemento de capital simbólico que utilizar contra quienes no piensa de manera radical en los mismos términos y seguir fragmentando el espacio con insultos y descalificaciones que consolidan el identitarismo. Pedir unidad en la izquierda es no entender nada del estado de las relaciones actual. Está todo podrido. Sumar puede desaparecer de manera íntegra y el problema seguirá ahí porque no hay nadie en la izquierda que quiera unirse al clan dirigente de Podemos que se vale de una hueste en redes no muy diferente a la que ha servido a Alvise para lograr representación. La triste paradoja es que quien sufrió esa vomitiva actuación ahora usa las mismas herramientas, dinámicas y modos de desprecio, acoso y difamación. Tienen que rendir las armas si de verdad piensan en colectivo. Todavía tengo esperanza en que lo hagan. 

Lo primero que habría que hacer para plantearse esa nueva dinámica de colaboración sería abandonar esta estrategia política tóxica de destrucción del adversario y plantear un nuevo relato en el que nadie de Sumar o IU sea la diana preferida de Podemos y nadie de Podemos sea visto como el causante de todo el dolor para las confluencias que se formaron tras la ruptura. Todo el daño que se ha hecho debe ser olvidado y dejar de tasar los agravios siendo conscientes de que no hay nada más prioritario que la solidaridad y la concordia entre todos aquellos demócratas, progresistas y gente de izquierdas para construir alianzas que tengan como único adversario el posfascismo creciente. El camino más corto hacia la barbarie no es que haya quien engrase el auge ultra por intereses políticos compartidos, sino que todos aquellos que estamos comprometidos contra el fascismo ignoremos nuestras diferencias sin equivocarnos de enemigo. Es el objetivo a corto plazo más importante para nuestro tiempo, que ocupemos nuestras energías en despreciar las diferencias con quien piensa parecido dentro de la izquierda ante un enemigo que nos pondría a todos en línea frente al patíbulo. Que no haya que esperar, como en Francia, a que la bestia parda esté llamando a la puerta. 

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