Los Pulitzer
El anuncio de los premios Pulitzer que otorga cada año la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia es parco. La administradora de los galardones se sube a un pequeño podio, en una sala casi vacía junto a la vidriera que estaba en el edificio del antiguo periódico New York World de Joseph Pulitzer y lee con tono anodino la lista de finalistas y premiados. Los aplausos y los abrazos están en redacciones que siguen el mensaje emitido en directo a las tres de la tarde a distancia, a veces a miles de kilómetros.
Y aun así es emocionante verlo desde lejos porque cada año recuerda la cantidad de gran periodismo que sigue siendo posible. Esta semana ha sido la oportunidad de ver o volver a ver las imágenes del fotógrafo palestino del New York Times Saher Alghorra en su heroico trabajo de documentar la masacre en Gaza, leer la investigación en profundidad de la agencia Reuters sobre el uso por parte de Trump de los recursos públicos para expandir su poder y utilizarlo contra sus percibidos rivales o el reportaje en el Washington Post sobre los efectos de los recortes de Elon Musk por los que la periodista autora fue objeto de un registro del FBI en su casa, o escuchar el podcast de Pablo Torre Finds Out sobre los trapicheos en la NBA para saltarse las reglas sobre límites salariales.
Las grandes redacciones son las más premiadas, pero algunos reconocimientos van a medios locales o más pequeños, como el Texas Monthly, el Dallas Morning News, el Minnesota Star Tribune o ProPublica. La lista, también la de los finalistas, incluye recordatorios de cómo hacer este trabajo para que merezca la pena. Incluida este año la mención especial a Julie Brown, la reportera del Miami Herald que destapó la escala de los abusos de Jeffrey Epstein en 2017 y 2018 y que increíblemente no ganó el Pulitzer entonces.
Algunos son ejemplos de un periodismo que cuesta mucho dinero y muchos riesgos, pero otros muestran cómo utilizar los recursos de la mejor manera posible.
En el maremágnum en el que vuelven a estar los medios, entre las presiones de la inteligencia artificial que produce contenidos de manera instantánea para el poco fino algoritmo de Google o para los medios enganchados a la producción masiva, cada vez es más difícil que las empresas de comunicación se concentren en historias como las que están en esta lista del Pulitzer. Las que casi siempre requieren tiempo, paciencia, cuidado y, en definitiva, humanidad.
Decirlo o escribirlo es más fácil que hacerlo para empresas pendientes de las cuentas inmediatas en esta década en la que la palabra incertidumbre se ha quedado corta para definir lo que sucede. En este contexto es natural pensar que el pájaro en mano de la cantidad, las alertas y la demagogia es más prioritario que esos cientos volando que se pueden parecer algo a la lista de los Pulitzer. Y solo hay un país como Estados Unidos: es más difícil de hacer en mercados más pequeños y más pobres como los europeos.
Pero mientras siga habiendo reporteros aquí o allí seguirá habiendo historias bien contadas en algún rincón de Internet. Ojalá lleguen a ellas humanos interesados. Entretanto, la lista de las mejores siempre es una buena inspiración.