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Todo salió mal

Foto de archivo de Joe Biden

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Parece que hubo un malentendido con Joe Biden. Cuando ganó las elecciones, cuatro años atrás, se dio por supuesto que sería un presidente de transición. El viejo Biden, no tan viejo por edad (aunque también) como por ser un rostro familiar tras una larguísima carrera política que incluía ocho años de vicepresidencia con Barack Obama, debía devolver la serenidad a un país conmocionado por el asalto al Capitolio y restaurar la dignidad de las instituciones. Es decir, debía curar las heridas abiertas por Donald Trump y ceder el paso a un nuevo líder demócrata.

Pero todo ha salido mal.

Cabía deducir que su vicepresidenta, Kamala Harris, representaba el futuro. Era joven (aún lo es: cumplirá 60 en octubre), mulata (madre india, padre jamaicano) y, sobre todo, mujer. Parecía una apuesta audaz pero racional. ¿Qué pasó con ella? Cuesta explicarlo. Su figura se ha difuminado durante el mandato y ahora su popularidad es similar a la que convirtió a Dan Quayle, vicepresidente con George Bush padre, en un chiste político: apenas el 30% la aprueba.

El caso es que Joe Biden decidió buscar un segundo mandato. Quizá lo hizo porque no habían surgido nuevas figuras de peso en las filas demócratas, o quizá no existían esas nuevas figuras porque Biden quería la reelección y, como presidente, había evitado la aparición de posibles rivales. Hay una explicación más sencilla: los dos grandes partidos estadounidenses son un desastre. Los republicanos se han convertido en una secta adoradora de Donald Trump y los demócratas no son capaces de ofrecer nada mejor o más estimulante que Biden.

No puede decirse que haya sido un mal presidente. Superó la pandemia, creó empleo y redujo la inflación (aunque, para su desgracia, no lo suficiente). En cuanto a cerrar heridas, ahí estaba Donald Trump para evitarlo. Respecto a la política exterior, la retirada de Afganistán (que evocó las infames imágenes de la fuga de Vietnam) y la invasión de Ucrania por parte de Rusia le hicieron parecer débil y mal informado. Faltaba la matanza de Gaza para hundirle, cuando ya había arrasado en las primarias y no había posibilidad de encontrar una alternativa de última hora.

En realidad, la posibilidad existe. Las normas electorales han cambiado desde entonces y lo ponen aún más difícil, pero en 1968 se hizo. A principios de año, encabezando las primarias, el presidente Lyndon Johnson anunció que se retiraba. Tenía sólo 60 años y era un anciano. Su tercer infarto le mató cuatro años después. Johnson, que había jurado como presidente a bordo del avión que transportaba el cadáver de John Kennedy, también era visto como un hombre de transición. No se sabía, sin embargo, hacia dónde convenía transitar. Quienes piensan que vivimos tiempos muy turbulentos deberían recordar 1968.

Por resumir: los disturbios raciales y las protestas contra la guerra de Vietnam habían incendiado las calles; el líder de los afroamericanos y apóstol de los derechos civiles, Martin Luther King, fue asesinado el 4 de abril; el Partido Demócrata sufrió una escisión encabezada por George Wallace, quien se presentó a las elecciones con un programa abiertamente racista; Robert Kennedy, el hombre al que la Convención Demócrata iba a aclamar como candidato de emergencia, fue asesinado el 6 de junio.

El resultado de todo eso fue la Convención de Chicago, un caos del que salió como candidato Hubert Humphrey mientras en los alrededores la policía machacaba a los manifestantes contra la guerra. El republicano Richard Nixon ganó la presidencia con relativa facilidad.

¿Puede todavía renunciar Joe Biden? Sí. En ese caso cabría esperar una desastrosa convención en agosto, abundante en puñaladas y exabruptos, y una derrota electoral casi asegurada. Todavía hay quien piensa que podría emerger una figura salvífica (Michelle Obama es la protagonista recurrente de esas ensoñaciones), pero eso roza el terraplanismo. ¿Puede todavía ganar Joe Biden? Sí. Es posible que salga reelegido, aunque creo que para ello serían condiciones necesarias la muerte de Donald Trump, o su encarcelamiento con inhabilitación, o su conversión al budismo y su ingreso en un monasterio tibetano. Ninguna de estas tres condiciones reviste un alto grado de probabilidad.

Algún día, a algún presidente de Estados Unidos, había de reventarle en las manos el artefacto en que se ha convertido Israel. Le ha tocado al viejo Biden. Como en 1968, muchos jóvenes protestan contra una guerra que identifican con un presidente demócrata. Como en 1968, muchos de esos jóvenes se sentirán tentados por la abstención. Y Biden, por decirlo con suavidad, no está en el momento más lúcido e interesante de su vida.

Salvo auténtico milagro, en enero próximo asistiremos al estreno de Donald Trump II: la venganza. Y a ver qué pasa.

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