De tibios e imperturbables

14 de mayo de 2026 22:01 h

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Los tibios. Los imperturbables. Los templados. Los ataráxicos. Los que sí, pero. Los sutiles. Los que callan. Los que se ponen de perfil. Los que no se mojan. Los que no se pronuncian. Los que contemporizan. Los que guardan silencio. Los equilibristas. Los equidistantes. Los indiferentes. Y los que hacen más daño incluso que cualquier aversión declarada.

Hay dos asuntos que inundan estos días los titulares de los medios ante los que algunos representantes de la derecha política y mediática prefieren pasar de puntillas: la decisión de la Mesa del Congreso de suspender cautelarmente y de manera indefinida las acreditaciones de los infames Vito Quiles y Bertrand Ndongo tras meses de denuncias y altercados varios en dependencias parlamentarias y la última astracanada de Isabel Díaz Ayuso durante su viaje a México. En realidad son dos caras de una misma moneda porque decir Quiles, Ndongo o Ayuso es trumpismo, es odio, es confrontación, es desinformación y es un axioma más de la violencia verbal y el tribalismo.

Pero, sepan que ni todo el PP comulga con el hostigamiento al que los agitadores financiados por su propio partido someten a políticos y periodistas de izquierdas ni todos sus dirigentes justifican que una representante del Estado se refiera a México como a un narcoestado, insulte con saña a su presidenta y se pasee por el mundo con aires de lideresa global. En el partido de Feijóo, sí, también hay dirigentes que están hasta el pico de la boina del matonismo que practica esta patulea tóxica y odiadora que ha convertido la M-30 en un espacio tóxico e irrespirable. Alguno incluso hasta orbita por la séptima planta de la calle Génova, no muy lejos de Feijóo.

Y aunque censuran sin reparo al acosador Quiles y les desagrada profundamente Ayuso, lo declaran solo en privado. En público, nunca. Algo que les convierte igualmente en cómplices de una miseria moral que aseguran rechazar, condenar y hasta despreciar, pero solo cuando los micros están apagados.

Son todos esos de los que Miguel Hernández escribió que eran liebres en el corazón y gallinas, en las entrañas. 

“Galgos de rápido vientre,

que en épocas de paz ladran

y en épocas de cañones

desaparecen del mapa“.

Porque la verdadera cobardía no está solo en el miedo, sino en la incapacidad para sostener las convicciones propias cuando estas tienen un coste personal, político o electoral. Nada como evitar el conflicto o no tomar partido para ganarse el favor de quien manda o mantener el carguito. Quedarse quieto o enmudecer en momentos críticos es simple y llanamente la pusilanimidad que acompaña a quienes carecen del coraje necesario para llamar a las cosas por su nombre, aunque estas contribuyan decididamente a degradar la calidad de nuestra democracia.

Conviene, por tanto, ser claros. Y gritar, sea cual sea el precio que se pague por ello, que Quiles, Ndongo y todos sus sucedáneos no hacen periodismo. Acosan, provocan graban, manipulan y difunden escenas y conversaciones a mayor gloria de la penuria moral que esparcen por sus medios y en sus redes sociales. Estos personajes serían tan solo una gota en el océano de la desinformación si no fuera por el soporte económico que reciben de las administraciones gobernadas por el PP. Y porque hay periodistas también que reivindican su derecho a la libertad de expresión, como si este no tuviera límites en el ordenamiento jurídico y en los códigos éticos de la profesión.

Tanta responsabilidad en la existencia de vitos y ndongos tienen los populares tibios que evitan decir lo que piensan como en que Ayuso haya llegado tan lejos en su provocación y disparate constante. Y lo mismo se puede decir de quienes desde el periodismo aplauden a los unos y la otra porque, lo contrario, les penalizaría en sus empresas o en sus nóminas. Y todo ello, pese a que lo que está en juego es la convivencia y la destrucción de un oficio imprescindible en toda democracia. 

“Ocupad los tristes puestos

de la triste telaraña.

Sustituid a la escoba

y barred con vuestras nalgas

la mierda que vais dejando

donde colocáis la planta“.

Siempre nos quedará Miguel Hernández.