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Trump y el negocio de la paz: lo humano choca con lo divino

Fotografía del 16 de abril de 2026 del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/EPA/Ronda Churchill

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Las crónicas describen un nivel apabullante de incompetencia en Jared Kushner, yerno de Donald Trump. Fue su enviado especial para negociar con Irán en la primera fase, pero han empezado a apartarlo. Encuentro cierto placer vengador en leer estas cosas. Kushner era un agente inmobiliario de postín, sin experiencia diplomática, hasta que su suegro le encargó resolver guerras. Hace dos semanas, en una reunión de inversores en Arabia Saudí dijo: “La paz no es muy distinta de los negocios”. Para él, vender un ático en la Quinta Avenida es lo mismo que gestionar un enfrentamiento histórico, cuajado de trauma, desconfianza y dolor. 

Hay una corte de leales a Trump -también en España- que niegan la complejidad del mundo y se están dando de bruces con la realidad. El negacionismo, patrón epistemológico de la ultraderecha global, no es un error, es como ven las cosas. Viven en sus alucinaciones y sólo quieren que les den la razón. Comparten aquella visión atribuida a Karl Rove, asesor de George Bush hijo: “Somos un imperio y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad”. 

En España esta epistemología imperial y la incuria que la acompaña tiene aprendices extremeños. El próximo vicepresidente, Óscar Fernández, no sabe decir el nombre de la consejería que gestionará: tuvo que leerlo ante la prensa. Vox ha incorporado al acuerdo la idea de que los problemas de vivienda y servicios públicos en Extremadura se solucionarán postergando a los extranjeros. Es su estrategia nacional. La realidad representa un pequeño problema: los foráneos con sólo el 4% de la población en Extremadura.

Algunos votantes compran el discurso porque la explicación más simple entra con mayor facilidad en nuestros cerebros saturados de tanto escrolear. Sin embargo, la realidad tiene esa textura de los caramelos masticables: la tratas de engullir rápido y se te pega a las muelas. Tienes que acabar metiéndote la mano en la boca. Es lo que hace Trump estos días: la realidad es vengativa y la ha tomado con él.

El Papa, en cambio, es un hombre de otro tiempo. No tiene prisa. Sabía desde que llegó que tendría que confrontar con Trump. Y ha ocurrido. Como buen católico acumula sobre sus espaldas dos mil años de big data sobre los conflictos de la humanidad: el trauma, la desconfianza y el dolor. Todo lo que desprecia el andamiaje epistémico de la ultraderecha forma parte del conocimiento fundacional de León XIV. Sabe bien de qué habla cuando dice que “el mundo está siendo asolado por un puñado de tiranos”. 

La idea de la paz como negocio naufraga en Irán. Y la paz como filosofía de vida ha asomado orgullosa esta semana. Las dos visiones, encarnadas por los dos norteamericanos más poderosos globalmente, han generado un terremoto político. La paz como principio político ha sido ensalzada también en la Global Progresive Alliance. De Hungría a Ormuz, pasando por Barcelona, la izquierda mundial ha degustado la esperanza. Y por fin piensa habemus Papam.

Aunque la paz no es negocio, negociar da mucha paz. María Guardiola lo ha aprendido al precio de perder su identidad política y su autoridad frente a Génova. Pero la incompetencia de la ultraderecha no es accidental, sino un error de diseño: si buscas sólo leales, no tendrás talento. Es lo que le sucede al Vox de Abascal.

Su acuerdo con el PP abusa de la ambigüedad estratégica. Abascal ha colocado el concepto de “prioridad nacional” en el papel y lo ha vociferado en los mítines. La realidad es que el mismo documento del acuerdo diluye su entidad. Los recursos públicos se procurarán asignar -asegura el papel- “a quienes mantienen un arraigo real, duradero y verificable con el territorio”. Eso incluye a muchos extranjeros. Abascal ha logrado una victoria conceptual que, como niega la realidad, necesita una retórica grandiosa.

Vox asistirá en los próximos días a un bautizo y a un funeral. El funeral será en Chipre, donde Viktor Orban acude a su última cena del Consejo Europeo. El bautizo tendrá lugar en Mérida, donde nacerá un nuevo vicepresidente autonómico ultra.

La ultraderecha global está desorientada y España ha contribuido a ello: la cumbre de la Alianza Progresista Global que se clausura hoy en Barcelona es un ejemplo. Qué paradoja. La esperanza de los demócratas respira mejor en todo el mundo, justo cuando en nuestro país se fortalece la ultraderecha. Confío en que la pegajosa textura de los hechos los ponga pronto en evidencia: no se puede gobernar contra la complejidad de lo real.

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