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Por qué no dejo de pensar en Noelia y su apellido

Centro hospitalario donde se practicó la eutanasia a Noelia
28 de marzo de 2026 22:30 h

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Cuando la protagonista de una información no tiene apellido, ya sabemos de qué va la historia: de alguien con escaso poder, autoridad o estatus. Quizá de una víctima. Noelia ha muerto esta semana sin apellido en los titulares: para nosotros, víctima hasta el final. Para ella, dueña de su vida.

La historia de Noelia no deja de asaltarme. Su vida de desamor y abandono, las adicciones de sus padres; su trauma profundo de apego, su trastorno límite de personalidad, su depresión. Y en medio de todo eso, la capacidad cognitiva indudable, acreditada por todas las instancias que se han pronunciado, para tomar una decisión radical sobre su vida: desecharla. 

No haber recibido cariño de niña marcó la vida de Noelia, además de otras desgracias. Imagino una infancia infernal, no sé si contó con una abuela, una tía, que supliera ese amor. Es algo de lo que cuesta recomponerse. Una se pasa toda la vida intentando aprender en qué consiste que te quieran, porque el cerebro no lo sabe, las emociones han crecido ciegas. Noelia vivió cuatro años bajo tutela de la administración, otro momento crucial que la fue despojando de apellido: sin la familia que te da nombre. 

Pero el apellido es persistente: aunque tus padres te abandonen, sigue colgado de tu nombre para siempre, sigue proyectando su sombra, a veces siniestra. Y aun así, para la sociedad tiene un significado. Cuando se nombra a alguien por el apellido, sabemos que los medios de comunicación nos están indicando que reconozcamos a ese alguien su poder y estatus. Por eso las mujeres figuran más a menudo por el nombre de pila en las noticias. En el caso de Noelia, los titulares nos indicaban que analizáramos sus decisiones con más compasión que respeto. Es lo que ha ocurrido. 

Cuando Noelia llegó a la edad de averiguar si alguna persona -ya que no sus padres- podría amarla, sufrió una violación por parte de su exnovio; después otras dos violaciones en grupo. Supongo que para entonces ya se había convencido de que nadie la querría nunca. Y si ocurriera, no podría confiar. Me pregunto cómo se vive cuando el sufrimiento te ha inundado, se ha acomodado a las fronteras de tu cuerpo y no te suelta. Se intentó suicidar después de la tercera violación. 

Su rostro irrumpe estos días en mi mente: pienso que quizá la primera vez que se sintió dueña de su vida fue cuando se intentó matar. Y la segunda, cuando solicitó la eutanasia. Es terrible, pero lo creo así. Cuando eres una sin-apellido y la mala suerte te persigue hasta el balcón, morir contiene una esperanza. Recuperas la agencia, la capacidad de decidir tu destino, y avistas el fin del sufrimiento. Me resulta durísimo, pero he llegado a esa conclusión: a veces, la mayor esperanza es morir. Y la sociedad debe dar dignidad a esa esperanza. 

Tuvieron que aparecer los ultras. Y el padre. Aquel cuyo apellido se había convertido en un colgajo inútil volvió para frustrar sus esperanzas de poner fin a su dolor físico y emocional. No dejo de pensar en ella. Y en la ley concebida para ayudar en esos sufrimientos indecibles. Y en el juzgado. Porque un juez decidió que esa mujer sin apellido debía tener a alguien por encima para decidir sobre su vida. Por llevar esa palabra insignificante, el juzgado permitió al padre seguir torturando a su hija. Lo consiguió durante 20 meses. La tortura es lo que ha terminado esta semana. Noelia no vivía, existía.

Su vida sin apellido, no obstante, ha servido para algo. Ha dado un fruto. El ministerio de Sanidad está ultimando un manual de buenas prácticas que no podrá eludir este asunto. El Tribunal Supremo se pronunciará en unas semanas sobre la legitimación de los familiares para entorpecer estos procesos. Espero que no lo permitan. La eutanasia es un asunto entre el paciente y su médico. Hay que cerrar esa grieta. Lo que hizo el padre de Noelia es, a mi juicio, una última forma de violencia familiar: la ley no puede ampararla. También hay que acortar los plazos: un tercio de los solicitantes de eutanasia fallecen antes de recibir contestación.  

Noelia murió sola, como quería. Y sin apellido. Pero su nombre quedará asociado en nuestra memoria al dolor insufrible de sobrevivir sin amor. Espero que también a un cambio legal. Sería hermoso que llevara su nombre: la reforma Noelia, así, sin apellido. 

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