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Lo que significa ser periodista

Vito Quiles en una imagen de archivo.
2 de mayo de 2026 21:53 h

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Es difícil saber exactamente cuándo cambia una palabra. Pero cuando ocurre en política hay que estar atentos, porque casi siempre un desplazamiento semántico conlleva una nueva legitimación. 

Lo he pensado a propósito del acoso de Vito Quiles a Begoña Gómez en una cafetería de Las Rozas (Madrid) ocurrido el miércoles: no fue periodismo, sino política performativa, a la que ya nos tiene acostumbrados. 

Los periodistas escriben crónicas o análisis sobre hechos. Este agitador no escribe nada, aparece. Y con su cuerpo performa el mensaje. No lo formula, lo encarna: se planta ante la esposa del presidente del Gobierno para con ello decir que ese cuerpo es acosable. No todos los cuerpos lo son, es importante distinguir: por eso no hostiga a la mujer de Feijóo ni boicotea las ruedas de prensa de Miguel Tellado.

Ah, Tellado. Precisamente el portavoz del PP, preguntado por el asunto, afirma: “Yo he visto unas imágenes donde creo intuir que el agredido es un periodista”. Quiles está procesado por calumnias y se le piden nueve años de prisión en el caso de Facua. En otro proceso, le piden dos años por atentar contra la dignidad de una mujer con discapacidad intelectual. El Congreso está tramitando su expulsión por cinco infracciones graves. Pero para Tellado, “el agredido es un periodista”. Sin más.

Lo importante no es el verbo “agredir”, aunque lo parezca. La clave está en que lo llama “periodista”. Es el tipo de desplazamiento semántico que Víctor Klemperer documentó en numerosas palabras en la Alemania de los años 30. Sin esos movimientos de legitimación del PP, Quiles sería poca cosa, un bro cualquiera de las redes. 

Al equiparar su agresión con el trabajo de un periodista, está diciendo que esa profesión incluye hostigar, cámara en mano, a figuras de la izquierda. El significado de “periodista incómodo” se desplaza también. La incomodidad ya no es intelectual, sino física. 

Él sube a sus redes imágenes de sus hostigamientos a cuerpos acosables. Las mentes lo procesan como bazofia porque todo sucede en un ecosistema informativo roto. Gran parte de la industria del periodismo hace entretenimiento y otra parte fabrica distracciones. El acto performativo de Quiles incumple la deontología periodística, pero no las normas de las redes. Eso sí, necesitan la legitimación externa. Tellado se la da. Esa es la pendiente por la que se resbala el PP.

Klemperer anotó desplazamientos semánticos de numerosos vocablos, por ejemplo “fanático”. Se convirtió en una palabra con connotaciones positivas, no gracias a un decreto del filólogo Goebbels, sino porque fue apareciendo en contextos positivos: en una esquela, en la invitación a un evento. El colmo, señala Klemperer, fue cuando Goebbels habló de “fanatismo feroz”, como si hubiera un “fanatismo dócil”. Si necesitas adjetivar el fanatismo como “feroz” es porque su significado ya se ha vuelto neutro o positivo.

Tellado no es Goebbels, quiero dejarlo claro. Pero Klemperer vuelve a estar vigente porque nos ofreció un método para analizar cómo el lenguaje va instalando cambios inadvertidos en nuestra visión del mundo. La democracia aún tiene anticuerpos para defenderse del desbordamiento constante de los límites físicos en política. Pero me llama la atención que nadie en el PP esté leyendo a Klemperer. Háganlo: verán que algunos juegan con fuego. Y arriesgan demasiado.

Tal vez un día hablemos con naturalidad de “periodismo pacífico”, porque ya no podamos dar por sentado que las armas de los informadores son dialécticas y no físicas. Fanatisch se importó al alemán desde el francés fanatique durante la Ilustración: describía a quien se comportaba fuera de la razón, sin control. Cuando el nazismo consiguió convertirla en una palabra positiva, logró cancelar también la censura social a la conducta irracional. El desplazamiento de “periodista” no sólo normaliza la agresión, sino que desarbola la profesión y encanalla aún más la política.

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