Andalucía se vota hoy en Budapest
A orillas del Danubio se levanta el majestuoso parlamento húngaro, uno de los más bellos de Europa. Resplandeciente de día y de noche, hace lustros que emite señales siniestras. La democracia húngara ha languidecido de la mano de Viktor Orbán.
Hungría celebra hoy elecciones: cruciales para nuestro país y para toda Europa. También para Andalucía, donde la izquierda se ha vuelto regionalista: si Por Andalucía y Adelante Andalucía se rebautizaran Por Hungría y Adelante Hungría podrían hacer más por los ciudadanos. Admito que no es fácil de explicar. Voy a intentarlo.
El vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, visitó Budapest hace tres días, mientras vencía el ultimátum de Irán y Trump vociferaba. Su amenaza de genocidio era importante, pero sostener a Orbán lo es más. Vance participó en un mitin y telefoneó a Trump en directo. Según las encuestas, Orbán puede perder las elecciones. Su rival, Peter Magyar, podría lograr dos tercios de los votos. No me hago muchas ilusiones: Magyar sale del mismo partido, el Fidesz, y suena casi tan nacionalista y prorruso como Orbán. Pero me ilusiono un poco: al menos habla de recomponer el Estado de Derecho.
Si Orbán pierde las elecciones, Abascal se queda huérfano. No sólo ha recibido dinero húngaro para sus campañas (nueve millones, según reconoció la portavoz parlamentaria, Pepa Millán, hace un par de años). En julio del 2024, Vox realizó un movimiento drástico en el parlamento europeo: abandonó a sus viejos correligionarios, los Conservadores y Reformistas de Georgia Meloni, para integrarse con Orbán en Patriotas por Europa.
Abascal puede salir tocado para la cita andaluza si su padre político es derrotado. Sin embargo, la red de think tanks, publicaciones y lazos ideológicos que Orbán ha construido en estos años en Hungría seguirá en pie. Esa red ha irradiado ultraderechismo a toda Europa y se ha convertido en lugar de referencia para el MAGA de EEUU. No por casualidad Steve Bannon llamó a Orbán “Trump antes de Trump”.
La ultraderecha está coordinada. La izquierda, no. Esta diferencia habla mucho de las posibilidades de cada bloque. Y es también una ironía de la historia: los nacionalistas de ultraderecha son globalistas. Hoy miran a Hungría. Los globalistas de ideas miran la campaña andaluza, mientras Rufián hace otro intento de cohesión con Irene Montero en Barcelona. Bastaría con que la izquierda autorreferencial comprendiera la velocidad que está adquiriendo todo. Quizá el que Trump ande desmantelando la OTAN les ayude a reparar en todo lo que deben revisar. El 2026 será un año decisivo para la supervivencia de la democracia.
La izquierda parecía haber olvidado su tradición internacionalista, pero la socialdemocracia está reaccionando. La próxima semana celebra su reunión inaugural la alianza Global Progressive Mobilization, auspiciada por Pedro Sánchez, que preside la Internacional Socialista. Ya no se puede hacer política interior sin pensar en lo exterior. El presidente del Gobierno sabe que si Orbán pierde hoy, todo será más fácil para España en Bruselas. También para él en Sevilla.
Por eso resulta inquietante no saber qué opina el PP de Feijóo sobre el mundo. Causa desazón verlo tan perdido en cuestiones internacionales. Lo más que se ha atrevido a concretar es que Occidente no se identifica con la brutalidad. Entiendo mejor su aturdimiento cuando escucho a su portavoz parlamentaria, más patriota de Israel que de España, más dispuesta a atacar a la policía española que al ejército israelí cuando secuestra a un soldado español. La derecha tradicional está perdida, sus prismáticos no llegan a Budapest. Sólo mira a Vox, que va camino de replicar el siniestro brillo húngaro en tres comunidades autónomas.
El amigo de Abascal ha hecho de Hungría el país más corrupto y menos libre de Europa, así como uno de los más pobres. Pero es el modelo de Trump para hacer América más grande: distracciones y guerras cognitivas contra la oposición. De esos métodos es alumna aventajada la ultraderecha española.
Orbán es también el candidato de Putin. Si pierde, ya no llegarán las filtraciones de los consejos europeos al Kremlin. Los hombres de pelo en pecho no dejan de hablar por teléfono: se ayudan. Abascal rindió su visita a Budapest el 21 de marzo para apoyar a su padre político. La red que nutre a la ultraderecha es intelectual, política, financiera, moral. Y telefónica. No cae con Orbán, pero recibe un golpe. Su derrota permitiría ganar tiempo a los demócratas. Si ese majestuoso parlamento a orillas del Danubio pierde su pátina siniestra, será más difícil que veamos esa sombra a orillas del Guadalquivir.
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