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Las 20 rosas de Paterna: una radiografía del exterminio y la resistencia política femenina frente al franquismo

Foto de Àgueda Campos, una de las participantes en los actos de protesta en la prisión de Santa Clara.

Danylo Titenko

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Los subsuelos de Paterna guardan los vestigios de una de las mayores atrocidades de la posguerra española. Tras el final de la Guerra Civil y hasta el año 1956, 2.238 personas, tanto de origen valenciano como procedentes de otras partes del país, fueron ejecutadas en el municipio. De todas ellas, 20 eran mujeres. Según explica la fotoperiodista Eva Máñez, quien investiga este tema desde 2016, en la gran mayoría de los casos “no se trataba de asesinatos en caliente, sino de una forma sistemática de cometer crímenes de lesa humanidad”.

El borrado histórico de estas mujeres no fue casual, sino fruto de un profundo estigma social y del miedo instaurado por el régimen. En una sociedad marcadamente católica, el hecho de ejecutar a población femenina suponía un castigo de una dureza simbólica brutal, lo que provocó que muchas de las familias supervivientes lo vivieran como una mancha o una vergüenza. A este terror continuado se sumó una táctica atroz que la fotoperiodista califica literalmente como “represión por delegación”. Gran parte de las víctimas sufrieron abusos, pasaron por la cárcel y fueron condenadas a muerte únicamente por sus vínculos familiares. “Ser esposa, madre o hija de una persona significada políticamente durante la II República era motivo de represión durante la dictadura”, constata Máñez.

A pesar de este clima de terror, el valor de estas mujeres desafió al régimen hasta el último aliento. Durante su cautiverio en la prisión de Santa Clara, donde algunas pasaron hasta dos años antes de ser ejecutadas, protagonizaron actos de enorme rebeldía. Un 14 de abril, algunas reclusas construyeron una bandera republicana utilizando un palo de escoba y unas telas, paseando por el patio con vivas a la República e insultos al dictador Franco. Se trataba de un desafío directo que acabó precipitando su fusilamiento.

La Fosa 111 del cementerio de Paterna.

Esta violencia trajo consigo una consecuencia social devastadora, ya que “casi todas ellas eran madres”. Tras los fusilamientos, sus hijos quedaron huérfanos y “la mayoría de ellos terminaron recluidos en instituciones religiosas, o robados y entregados a familias adeptas al régimen”. Esta desarticulación familiar y el borrado de sus orígenes provocó que fuera “muy difícil mantener una memoria cuando los hijos se han criado en orfelinatos”, señala la fotoperiodista.

Ante el señalamiento constante, los descendientes más directos optaron por callar para protegerse, conformando así lo que la comisaria define como “la generación del olvido”. Aunque las historias de algunas de estas 20 mujeres fueron narradas en libros o cómics, la inmensa mayoría de los casos cayeron en la desmemoria. Sin embargo, la actual tercera generación, ya nacida y criada en democracia, ha decidido romper ese silencio impuesto para “ejercer la memoria vicaria en busca de verdad, justicia y reparación”. Un claro ejemplo de esta lucha contemporánea es el caso de Jesús Espinós, quien ha escrito una novela sobre su antepasada Mercedes precisamente para acabar con esa losa del ostracismo y la vergüenza.

A la par de este despertar familiar, el proceso de reconocimiento de sus restos —impulsado desde 2016 gracias a la Ley de Memoria Democrática— sigue siendo un reto enorme entre las más de 150 fosas de Paterna. Hasta el momento, solo dos víctimas, Bárbara Morella y Rosario Migoya, han sido identificadas mediante pruebas de ADN; en algunos casos, las familias han preferido no exhumar los restos.

A este complejo puzle se suma el enigma de la fosa 95, donde se colocó una baldosa en homenaje a una mujer sin identificar llamada “Rosa”. Pese a las posteriores excavaciones e investigaciones, no se hallaron restos óseos femeninos en dicho enterramiento, dejando en el aire el misterio de si esta víctima existió realmente o si su nombre fue fruto de la rumorología de la época.

Convento de Santa Clara, utilizado como cárcel para las mujeres durante el franquismo.

Para arrojar luz sobre todo este proceso y plasmar la resistencia de las ejecutadas, Eva Máñez ha comisariado una muestra inédita que recoge fotografías contemporáneas de las exhumaciones, objetos hallados en las fosas, retratos familiares y elementos de archivo como sumarios, sentencias de muerte y fotografías de la época. Huyendo del formato tradicional de imágenes colgadas en la pared, la exposición se articula mediante unos paneles triangulares, diseñados por Tomás Gorria, que combinan las fotografías de la periodista con estos materiales históricos.

El público podrá visitar la muestra entre el 9 y el 23 de abril en la Casa de la Dona de Paterna, una ubicación idónea, según Eva, al tratarse del mismo municipio donde se perpetraron los crímenes. No obstante, la exposición aspira a viajar a otras localidades para valorar los principios democráticos en un contexto de guerra, como el actual. Máñez anima a toda la ciudadanía a visitarla, subrayando especialmente la necesidad de que acuda la juventud, “porque conocer las consecuencias del fascismo y el totalitarismo nos sirve como medicina democrática para avanzar como sociedad, así como para acabar con el estado de impunidad de los crímenes cometidos”.

La reciente inauguración de la exposición fue un éxito y evidenció un importante respaldo institucional. Al evento asistieron el alcalde de Paterna, Juan Antonio Sagredo, varios concejales del municipio y la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant. La representación política incluyó a diputadas y diputados del PSPV y de Compromís, congregando además a figuras clave del ámbito judicial y memorialista, como Susana Gisbert, fiscal especializada en violencia de género, y Rosa Pérez Garijo, exconsellera de Memoria Democrática, destacada por haber hecho posibles las exhumaciones gracias a la ley.

Con iniciativas como esta, se sella una deuda histórica ineludible cuyo objetivo final es devolver la dignidad a estas veinte mujeres valientes y comprometidas, sacándolas por fin de la fosa común (material, mental e histórica) a la que fueron relegadas durante décadas.

Eva Máñez, junto con familiares de las víctimas y visitantes de la exposición, durante la sesión de inauguración.
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