Elecciones 2027: ¿Hay partido?
Siempre he dicho que la esperanza fue lo último que perdí. Pero aun así, para los cínicos de sofá como yo, que vivimos de aparentar que estamos au-dessous de la mêlée, hay veces que creemos ver la luz al final del túnel y que, por una vez, podría no ser un tren. Hace unas semanas, como mucho, pensar en un gobierno de izquierdas tras las próximas elecciones generales era puro autoengaño. Ahora, por lo menos, ya solo es una posibilidad remota. En cambio, en las autonómicas, los pastos parecen más verdes. Dentro de lo que cabe, convertirnos en una especie de aldea gala de izquierdas tampoco es mala opción. Menos da una piedra. Sobre todo, si te pega en la cabeza, como todo apuntaba que iba a pasar si sigue creciendo la ultraderecha. Por lo menos, ahora —y en eso coinciden los expertos— puede pasar cualquier cosa. No creo que se equivoquen.
Un punto de partida del debate puede ser el regreso, en loor de multitudes, de Mónica Oltra, que no solo aspira a la alcaldía del Ayuntamiento de València, sino que tiene carta blanca para incorporar a quien quiera —sea o no de Compromís— en su lista. La derecha ha puesto el grito en el cielo porque todavía está imputada gracias al inestimable esfuerzo que ha hecho la Audiencia Provincial de València (la derecha, valga la redundancia) para que se siente en el banquillo para hacerle perder el tiempo.
Craso error. Igual que los campistas, tan campechanos ellos, cerraron filas con Camps cuando se presentó imputado por el caso de los trajes, ahora lo va a hacer la izquierda. La diferencia es que en el caso del molt honorable había caso y ahora no. Cada imagen de Oltra a las puertas de los juzgados le va a dar más votos de los que podrían quitarle cien cuentas falsas en X poniéndola a parir. El día que vaya a declarar, la fotos de la candidata arropada por los suyos podría ser una de las fotos de la campaña… si cometen en error de citarla en esas fechas.
Hay más. Andalucía demuestra que la izquierda de izquierdas, la que no vota al PSOE, tiene la opción de unirse o hundirse. O acuden juntos a las urnas o, por separado, podrán habla de éxito si logran más votos que las ardillas de Alvise. Se ve que a base de derrotas por mantener la pureza ideológica han aprendido que era más eficaz la columna Durruti que el maquis.
Pero la verdadera campaña para la izquierda la está haciendo la derecha. La popular Ester Muñoz quiso hacerse la graciosa —para eso hace falta una inteligencia de la que carece— y se burló del soldado español secuestrado y torturado por los tonton macutes del ente sionista. A los patriotas, incluso a los de pulserita, eso no les suele gustar. Cuando tienes que votar a Feijóo, preocupado por los colchones de la Moncloa, a chaqueteros en serie como Miguel Tellado, y a alguno más de la misma ralea, hasta a las monjas se les hace bola llevar a los enfermos de Alzheimer a votar.
En València, lo estamos viviendo. Pérez Llorca no encontró mejor excusa para defender el enchufe a su mujer que sacando la carta del machismo; le faltó mandar dos fotopollas para que le dieran el carnet de aliade. Cuando un partido dice que está contra la corrupción y tiene en el Palau a un tipo como el exalcalde de Finestrat con las finanzas personales más negras que las uñas de un minero, quizás no sea el mejor cartel. El PP se lamerá las heridas diciendo que al menos sale en la tele y lo conocen más que a la socialista Diana Morant, pero que tampoco se chinen: meses antes de las elecciones tuvieron que llenar la Comunitat de carteles para que la gente supiera quién es Mazón. Y ahí está. O estaba, porque la dana se lo acabó llevando por delante, pero él tuvo la suerte de poder agarrarse a un cajero automático en forma de Estatuto de Expresidentes. Lo de intentar torpedear la acción de la jueza desde la Conselleria de Justicia tampoco parece que haya sido buena idea. Al hacer marcha atrás, Nuria Martínez no ha quedado como una sabia rectificando sino con un chorizo al que pillan busca una cartera en pantalón ajeno.
Queda recurrir al miedo. A Feijóo le dio el otro día por dar un paso al frente e intentar salvar a España de un infierno fiscal que solo existe en su imaginación. El problema es que bajar impuestos, degradar servicios públicos y transferir fondos a la privada (educación o sanidad) está bien para la clase media aspiracional, pero tiene corto recorrido. Algún día no habrá suficiente ni para pagar los coles que les suben las notas a sus hijos y que no son mejores que los públicos; ni sus seguros médicos, que dan para tratar dolores de cabeza y poco más, les van a servir de mucho.
Y luego, por aquí y por allá, hay más ejemplos de que el PP y Vox están en campaña para beneficiar a la izquierda. Los de Abascal están en plena boda roja y, un tropezón en Andalucía podría hacer que hasta los más ciegos empiecen a ver que no son la alternativa a nada que no sea trincar a dos carrillos. El caso Kitcken está demostrando que para la justicia hay dos velocidades, y encausados de primera y de segunda: Cospedal y Rajoy son intocables. Más madera para el argumentario de la izquierda que, a estas alturas, tiene más que asumido que Ábalos y cía eran una panda de chorizos y que, difícilmente, la suciedad va a llegar al partido. A eso se puede sumar el efecto que va a tener el caso de Begoña Gómez, que ha llenado portadas y portadas y que, todo apunta, se va a desmoronar como un castillo de naipes.
¿Y a nivel internacional? Orbán puede ser la primera pieza del tablero ultra que caiga en un contexto en el que el ‘no a la guerra’ de Sánchez, que tanta risa le da a la derecha, le ha convertido en referencia internacional. Aquí seguro que más de un votante conservador se ha tenido que tragar los mocos y hablar bien de él por una vez en su vida. La delirante sumisión del PP y Vox a Trump o Netanyahu tampoco parece que vaya a sumar muchos votos.
Con todos estos mimbres no sale un cesto. El triunfo de la izquierda en unas generales es complicado y, en la Comunitat Valenciana, las perspectivas son solo un poco mejores. Pero hay partido.
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