Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Los objetivos reales de Trump y Netanyahu en Irán y la complicidad europea
Guía para seguir las elecciones en Castilla y León
OPINIÓN | 'Clubs privados en ciudades a la venta', por Raquel Marcos Oliva

Europa, el mal ejemplo que Trump quiere estrangular

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, junto al presidente del Consejo Europeo, António Costa.
14 de marzo de 2026 22:36 h

4

“La generación que vive ahora puede ser una de las más importantes que haya habido jamás sobre la superficie de la tierra”, afirma Michio Kaku. Qué responsabilidad. Kaku es un físico teórico estadounidense que ha reflexionado y escrito mucho sobre el universo y las civilizaciones. ¿Por qué deposita esta carga sobre nuestros hombros? 

No hace especulaciones arbitrarias. Se basa en la escala de Kardashev, que clasifica las civilizaciones según su capacidad para producir energía. La nuestra es de tipo 0, porque obtenemos la energía sobre todo de plantas muertas. Exactamente el mundo de hoy se sitúa en el punto 0,7; cerca de la civilización de tipo I, que sería ya una “civilización planetaria”. 

Estamos cerca de ella. Hay señales. Pero Kaku advierte: ese 0,3 constituye el salto más peligroso, porque las corrientes nacionalistas, fanáticas y brutales pueden abocar a una civilización a destruirse a sí misma.

En el mundo hay ya, en este momento, un embrión de civilización planetaria: la Unión Europea. Con todos sus errores y dirigida por pequeños seres humanos que se equivocan, pero con un carácter único. La UE es —siempre lo fue— un experimento político: una entidad supranacional organizada en distintas capas de gobierno, donde los países ceden soberanía y garantizan los derechos y la democracia. Está en fase de construcción, pero no hay nada semejante en el mundo: estados tratando de resolver los conflictos con leyes y diálogo. 

Lo que Europa quiere construir se parece mucho a esa civilización de tipo I definida por Kardashev: gestiona de forma colectiva los recursos, comparte sus normas, se integra en lo económico, tal vez también en la seguridad… Defender la UE no es reivindicar con nostalgia el mundo de ayer, sino apostar por ese salto civilizacional. Si el mundo tiene hoy una maqueta de a dónde dirigirse para que sus habitantes vivan mejor, erradiquen la guerra y colaboren, esa es, con todos sus fallos, la Unión Europea. No sólo es nuestro refugio, sino también el modelo para otros polos: América Latina, África y potencias intermedias como India, Brasil, Canadá, Japón. Necesitan ese espejo tanto como la propia Europa.

Si no apostamos con decisión por él, se impondrá la fuerza bruta y la cultura de la guerra. La doctrina salvaje de Trump quedó explicitada en su entrevista al New York Times: “Lo único que puede detenerme es mi propia moralidad. No necesito el derecho internacional”. En un año hemos visto qué emerge de todo eso: los principales beneficiados —Putin y Netanyahu— son distinguidos genocidas. Estados Unidos no quiere alianzas de solidaridad y apariencia igualitaria, como la OTAN; ni mucho menos organizaciones multilaterales como la ONU: su infame Junta de la Paz pretende terminar de liquidarla. Nos hallamos en ese punto crítico. El orden de posguerra no se ha empezado a cuestionar ahora, pero la doctrina salvaje de Trump lo está terminando de demoler.  

No es que la UE tenga que ofrecer una alternativa al salvajismo. Es que ya la encarnamos. Trump nos estrangula porque nos erigimos como un mal ejemplo: somos la demostración de que países que en el pasado guerrearon por la hegemonía imperial, hoy cooperan para gobernarse entre todos. 

Las peores consecuencias de la guerra de Irán son, por el momento, para Europa. Rusia vuelve a vender su petróleo sin sanciones. Con esos ingresos recrudecerá su guerra contra Ucrania, o sea, contra la UE. Entretanto, la crisis económica tendrá como consecuencia más inflación y más refugiados aquí. Nada puede favorecer más a la ultraderecha, ya señalada por Trump como su aliada natural en Europa.

Estamos en mitad de un salto civilizacional. Europa tiene numerosos materiales para llevarlo a cabo. Hay que fortalecer los acuerdos económicos y comerciales —como el de Mercosur o la India—, la arquitectura institucional, las alianzas de potencias intermedias, las coaliciones de voluntarios, la diplomacia científica, cultural y deportiva. La UE es ya un prototipo de civilización planetaria. No podemos dejar de serlo. Kaku tiene razón: nuestra generación tiene la enorme obligación de luchar por la UE. Lo que hagamos en las próximas décadas nos llevará o no al 1. Ese 0,3, esa cifra precisa y absurda es nuestra responsabilidad. Podemos ser la generación más importante de la humanidad o la última que tenga oportunidad de elegir. 

Etiquetas
stats