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El chamán Trump no encuentra su madriguera en Irán

Donald Trump atiende a los medios de comunicación en una imagen de archivo.
21 de marzo de 2026 21:47 h

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A Trump no le gusta que la realidad le atrape. Él la ha creado durante años con su doctrina de los “hechos alternativos”. Sin embargo, no parece estar funcionándole en la guerra de Irán. 

Lleva tres semanas buscando el agujero de entrada a la madriguera, esa realidad alternativa que él narra y los suyos creen. Pero sólo consigue emitir declaraciones confusas, incoherentes y contradictorias. Porque en las guerras la textura de la realidad muta. La violencia es contundente, genera hechos incontestables, habla y sentencia: 170 niñas muertas en la escuela. 

Debería haberse dado cuenta de que la realidad cobra otro cariz en la guerra, pues fracasó en detener la de Ucrania. Su fórmula para Zelenski y Putin era sencilla: “Que ambos declaren la victoria y que la historia decida”, afirmó. Puede sonar a delirio, pero él lo había puesto en práctica en las elecciones estadounidenses de 2020. Y funcionó un rato. La victoria se puede representar mientras no se dé de bruces con la violencia. 

En la guerra la violencia es lo real cotidiano. Los féretros empiezan a llegar: ya hay 13 soldados muertos. Los yacimientos arden. Más de 5.000 iraníes han fallecido, hay cuatro millones de desplazados y casi otro millón en Líbano. El petróleo ronda los 120 dólares.

No paro de darle vueltas: qué hace un animal acorralado cuando no encuentra su madriguera. Un animal de esta especie, me refiero, que detesta a los perdedores. No se retira. No lo creo. EEUU está aislado internacionalmente: desdeñó una coalición con los países europeos y ahora le dicen que se las apañe. Las monarquías del Golfo, aliados históricos, se ven como víctimas de esta aventura bélica.  

La base del MAGA lo apoya en masa: el engañador y el engañado siempre conspiran juntos. De momento toleran que la realidad sea tan confusa como dice Trump. Pero los hechos alternativos son de tan mala calidad que algunos líderes están saliendo a la luz. Joe Kent ha dimitido como jefe antiterrorista tras asegurar que el país no estaba bajo una “amenaza inminente” de Irán. Tucker Carlson, influyente opinador del universo MAGA, también se pronuncia en contra. 

Trump va a solicitar 200.000 millones de dólares más al Congreso para financiar la guerra. Y algunos congresistas republicanos se frotan los ojos, quieren creer, pero piden planes, o sea, una estrategia de salida. El chamán está perdiendo su gran poder: fabricar un relato coherente para que todos puedan seguirle. ¿Qué inventará ahora? Vienen meses críticos.

El tiempo para declarar la victoria se agota. La segunda opción pasaría por mantener a la base trumpista en la madriguera unos meses más. En noviembre se celebran las elecciones de medio mandato. Tienen ese nombre de apeadero casual, pero este año es diferente. En esta votación la democracia americana se juega su supervivencia. 2026 será también un año decisivo para Europa: si EEUU cae en el autoritarismo competitivo, nos resentiremos. Si no, España será el custodio moral de la ley y el diálogo.

El estrecho de Ormuz sigue cerrado. Trump se deslizó por la madriguera de Netanyahu. Él también mantiene una relación difusa con la verdad, en su caso gracias a los idiomas. En inglés ha dicho que la guerra “terminará antes de lo que mucha gente piensa”. En hebreo, que durará “lo que resulte necesario”. Entretanto Irán se prepara para una guerra larga, de desgaste, en la que, aún perdiendo territorio, podría hostigar hasta expulsarlos a los soldados estadounidenses si ponen allí un pie. El recuerdo de Irak y Afganistán actúa también como ancla con lo real.

Sumido en los hechos alternativos del trilero Bibi, Trump no encuentra su narrativa de escape. Y hay elecciones en ocho meses. Quien más confiaba en los poderes taumatúrgicos del relato ha caído presa de su embrujo. Pero los relatos no son infinitos. Netanyahu tampoco. Ya se abren grietas entre ambos. 

Temo que todo esto le haga más peligroso. Si no declara una victoria imaginaria pronto, quedaría una opción: una narrativa que no se base en acabar la guerra, sino en integrarla en el gran escenario electoral de noviembre. El mapa de los distritos ya se ha modificado, el despliegue de fuerzas paramilitares ya se ha ensayado, el hostigamiento a la oposición –incluso republicana– ya está engrasado. El presidente de EEUU no tiene atribución alguna en la organización de las elecciones, salvo en un extremo: una “amenaza a la soberanía nacional”. Algo así como marines muriendo en Irán, atentados chiíes en EEUU, hackers iraníes interfiriendo en la campaña… Nada que no se pueda fabricar, llegado el caso. Y entonces, para conducir a todos a su madriguera, le bastaría con declarar la emergencia nacional. Esa narrativa sería invencible.

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