¿Vivimos ya en una realidad distópica?

Iluminación navideña en la calle Preciados.

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No, todavía no vivimos en una realidad distópica, esa sociedad -ficticia- indeseable en sí misma como se define. Lo contrario a la utopía, al ideal que propuso Tomas Moro en la Inglaterra del siglo XVI y a quien, por cierto, Enrique VIII mandó decapitar en aquella práctica a la que como rey era tan aficionado. No estamos lejos, sin embargo. Los signos de disfunción son alarmantes y aumentan a diario. El detonante ha podido ser la pandemia de coronavirus caída sobre una población que se ha dejado infantilizar a niveles que le restan capacidad de respuesta racional a los problemas. Y, como siempre, el uso aprovechado que indeseables hacen de esa debilidad.

Este jueves noche, la presentación de un libro en el centro de Madrid me obligó a cruzar por sus calles de postín, que transmitían una sensación de irrealidad plena. Aceras invadidas de terrazas ayusistas como el desparrame de una plaga, y colmadas de luces almeidas, excesivas en varias zonas. En un desplazarse entre duros atascos y pérdida de nervios. Es la imagen extrema que entra por los sentidos distorsionando lo real. Lo real empieza a ser alucinante.

La variante ómicron del coronavirus se expande por España –como por otros países- a gran velocidad. Ya estamos en riesgo máximo de contagios, con más de 500 casos por cada 100.000 habitantes. Y de nuevo es Madrid el epicentro, con mayor y desproporcionada incidencia sobre el resto de comunidades. Pero todo lo tapan en apariencia las luces, las terrazas y la propaganda.  

A menudo, alguien evidencia los efectos de esa promoción desinformadora. Los datos se conocen desde hace varios meses y son similares en otras fuentes, el INE incluido, aunque resbalan a los convencidos de lo contrario. 

Al tiempo que se recrudece el coronavirus crece el miedo de la sociedad inmadura, incapaz de entender que no hay soluciones inmediatas y totales a problemas como éste. U otros. Cuando encima se relajan las medidas de seguridad contra los contagios, más por agotamiento de la población y por mantener “la economía” que fundadas en motivos. Es entendible, llevamos demasiado tiempo así, pero los peligros no se esfuman porque nos cansemos de ellos. Los antivacunas, con más temor a una prevención que al virus que ha enfermado a millones de personas, están en pie de guerra. La irracionalidad puede alcanzar hasta a la consejera de ¡educación! del gobierno de Murcia que “sin estar en Atapuerca”, dice, no se va a vacunar dando ejemplo a sus votantes. 

Y ni en este contexto se arbitran las medidas lógicas. Además de evitar contagios, dotar de más medios a la sanidad pública. Por el contrario, la han seguido mermando. La saturación de la Atención Primaria amenaza con dejar sin control casos de la sexta ola, dicen los profesionales. Se está fiando la diagnosis a test caseros o privados pero sin seguimiento y sin figurar en las estadísticas. Las políticas neoliberales de la codicia nos han salido ya muy caras y las víctimas parecen asumirlo como inevitables. Salen a protestar los sanitarios y los manipulan. Quizás se debería volver a centralizar, como piden muchos de ellos, algo tan serio como el cuidado de nuestro bienestar y nuestra vida. No lo van a consentir, algunos negocios se resentirían.

Cuando ya ni la salud propia ni la de los seres queridos importan, no digamos la del resto de la humanidad, es que esta sociedad tiene problemas muy serios. Asiste impertérrita a saber que dejaron morir a miles de ancianos sin atención médica por priorizar otros gastos. Murieron por “circunstancias indeseables” viene diciendo esa justicia que padecemos en España. ¿Como dedicar millones de euros a la construcción de algún hospital inservible como tal? ¿Cómo haber recortado uno de los servicios públicos de salud más eficientes del mundo hasta dejarlo exhausto?

Hay caldos de cultivo en donde se cuecen grandes males. Hemos sabido que a una niña de 14 años le dieron una brutal paliza, en Toledo, siete bestias de su edad, por una disputa nimia en WhatsApp. Y la grabaron y difundieron. En el propio Congreso de los Diputados se enseña a odiar, a mentir y hacer trampas sin el menor escrúpulo. Un Pablo Casado, en desesperada huida hacia adelante porque Ayuso le pisa los pies para alzarse con la presidencia del PP.S.A., está dando unos recitales impresionantes de ignominia. El peor, utilizar la mala saña de unos “presuntos malos tratos”, presuntos, a un niño para atacar al Gobierno. O asegurar que no avisó de la pandemia cuando esa gestión ha sido alabada internacionalmente y ellos mismos (y sus tentáculos mediáticos y judiciales) le pusieron zancadillas desde el primer momento. Y dirigiendo Comunidades como Madrid que hicieron tal uso de la gestión sanitaria que les compete. En rigor y honor a la verdad.

El nivel de virulencia y falsedad alcanzada por esta derecha ataca a la propia convivencia de todo el país. Sus protestas ficticias, su defensa de la España una, mínima y atada como amplifican sus medios. En ABC no faltó un detalle de esta miseria, hasta del miedo a las vacunas.

 Y ¿qué información es ésta que llama “profecía” a unas declaraciones de una viróloga alemana?

Los medios. El Periódico de España, que dirige el periodista Fernando Garea, publica un espeluznante reportaje sobre Masterchef. Sabemos que todos los realities están guionizados al detalle, desde el primero, pero que el nivel que describe haya llegado a la televisión pública estatal, TVE, es un sinsentido aunque solo fuera en los testimonios que se aportan. Si el programa de mayor audiencia de TVE es Masterchef, y sus telediarios adolecen de un marcado sesgo a favor de la derecha en la información política ¿no es clamoroso que falla algo? 

El Consejo de RTVE suscitó numerosos dudas en su trámite y elección y sus resultados no son precisamente brillantes pero no parece que nadie vaya a operar el menor cambio. Y menos visto lo ocurrido con el impresentable Tribunal Constitucional que ahora se atrinchera y se niega a aceptar la recusación de los magistrados Arnaldo y Espejel, presentados por el PP, pese a sus opiniones, por escrito, en contra de lo que han de decidir.

¿Y qué me dicen del Tribunal Supremo? Ultima una sentencia para criticar al Gobierno –al de Pedro Sánchez- por hacer “nombramientos a dedo”. El Tribunal Supremo de la justicia española.

La televisión. Otros canales. Este viernes el top del Trending Topic era sobre otro reality de una cadena privada cuya lectura mostraba un submundo terrorífico. Basado en el bullying y el insulto. Con la misma brutal virulencia en los comentarios que en los platós. Si así se divierten unos cuantos millones de seres se explica mucho de cuanto nos ocurre. Con menor audiencia que otros productos similares, se lo tragaron sin embargo 1.631.000 espectadores.

Parece ya una distopía, sí. En el Ayuntamiento de Madrid, el concejal del partido de extrema derecha le dice al alcalde portavoz del PP completo que “no apoyará presupuestos ”de rodillas a comunistas“. Y es que los concejales escindidos de la escisión Más Madrid están dispuestos a apoyar al PP para evitar que lo haga la ultraderecha. Estupefactos nos quedamos.

Y ahí tienen a Ayuso, que finge no temer a ómicron mientras avisa sobre el “gran apagón” imaginario, como contaba aquí Íñigo Sáenz de Ugarte. Eso hasta ayer por la mañana, pero a media tarde dice que sí, que vienen semanas duras y que mucho cuidado con las reuniones en casa, que “el aliado ahora son los establecimientos de hostelería”, ha insistido. En serio.

Han llegado ya al poder. Es evidente. De un lado echan mano del fondo de armario con ETA y su odio y envidia a Catalunya, y del otro desparraman la osadía de su insensatez. Un caudal sin grifo ni compuertas. Y se van tiñendo de él las inmensas filas de terrazas, las bombillas, los realities, los telediarios, los que miran, los que tuitean, los hospitales, los tribunales, las portadas de prensa, el Congreso…  

¿Por qué quien puede al menos atajar los focos no lo hace? Entretanto hay niñas apaleadas, niños vituperados, realidades voluntariamente ignoradas, una sociedad abocada a lo indeseable. Porque la utopía de Tomas Moro, mínimos niveles de crimen, violencia y pobreza, es impensable en la práctica pero las amenazas de la distopía parecen cada vez más cercanas.

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