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Las armas que empujan a los desplazados no usan balas morales

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No hay peor desgracia que sentirse nadie. Implica a menudo vagar en el infinito social, ese escenario complejo que conduce a la nada. Bueno sí, a sufrimientos no provocados por uno mismo, a la muerte o a ser desplazado a donde quieran los que mandan, que sí tienen armas de verdad.

No hay peor desgracia que sentirse nadie en el propio país, si bombas extranjeras o luchas tribales cavan trincheras de separación. Pronto o tarde engullirán a los más débiles y aquellos que tuvieron la desgracia de nacer en hogares que no pertenecen a la etnia o religión dominante.

Las contiendas desembocan, tarde o temprano en guerras. En justicia, si la hubiera, en esas guerras deberían enfrentarse fusiles y cañones cargados de balas morales. Aunque ahora se hace complicado: las pocas fábricas que había quebraron por falta de material y mano de obra. Tampoco eran muy demandados sus productos. Además no cotizan en el PIB. La historia nos cuenta que cambiaron a peor las armas de acoso dialéctico, que en pocas ocasiones fueron sustituidas por pertrechos éticos. El material más valioso de la historia, o si se quiere más difícil de conseguir.

Las contiendas, nada morales, conducen a exterminios vitales. Ahora mismo los sufren los palestinos de Gaza y zonas limítrofes. Pero qué ética se impondrá en otros lugares como Siria, Myanmar, Yemen, Mali, Ucrania, etc., o Sudan (el compendio de la falta de ética global). Traducido en cifras supone que existen 56 conflictos bélicos activos y 92 países involucrados, según los últimos datos del Institute for Economics and Peace.

Hay personas que saben elaborarse sus utensilios morales, porque el pensamiento trabaja en ello. Pero deben soportan un latigazo mental cuando conocen las palabras de Acnur (Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados) que denuncia el incremento de conflictos bélicos en el mundo. Y lo que todavía es más grave: cada vez se solucionan menos porque los mecanismos que existen para resolverlos, que muchos países firmaron, no funcionan; se acuerdan de los acuerdos de Oslo (1993) entre Israel y Palestina. Al mismo tiempo, las cifras de desplazamientos forzados no hacen sino aumentar. Cuesta creer, nos negamos a aceptar, que en mayo de 2024 sean ya 120 millones, que esa tendencia al alza se mantenga sin interrupciones desde hace 12 años. El mundo alcanzó en 2023 el pico más alto de desplazados desde la II Guerra Mundial.

Las personas dañadas se ven abocadas a no pensar si lo que sufren es merecido o raya la desgracia. El resto, ni las miramos. ¿Será porque las cadenas de información rara vez retransmiten sus pesares? No hablan de las armas de guerra que matan. Me estoy preguntando si quienes trabajan en fábricas de armas mortíferas en cantidades industriales, pensarán, en alguna ocasión, en el destino social de los productos que salen de sus manos. Situemos esas factorías destructoras gigantes en EE.UU., China, Rusia y varios países europeos; entre ellos España.

Las armas de fuego y metralla no entienden de moralidades ajenas. Las apetencias comerciales y territoriales vienen casi desde el Neolítico. La Tierra ha cambiado mucho, no siempre para bien, como lo demuestran los sempiternos conflictos bélicos. Ahora mismo, Europa tiembla ante la perspectiva de la extensión de la guerra que Rusia ha provocado contra Ucrania. Ahora mismo, los países de la OTAN/UE se rearman para contener lo posible. Europa la democrática, la que hasta hace poco parecía la reserva ética del mundo, se enfanga en el cultivo del odio. Ahora mismo muchos de sus ciudadanos votan en elecciones a partidos que hacen de la palabra mortífera su arma de guerra. ¿Podrá la ética del resto impedir escaladas multiplicadoras de la destrucción?

Dentro de poco los deportistas de todo el mundo competirán, sin balas, por lograr sus trofeos. Dicen que unas olimpiadas sirven para encuentros éticos, por eso los y las deportistas no valen más ni menos por ser de tal o cual país. Estaría bien que ondease la bandera ética del final de las guerras, que al menos en las ceremonias de apertura y finalización hubiese un recuerdo por todas aquellas personas que en el mundo intentan el importante récord de no morir ante las balas enemigas. Alguien pensará que sería un acto político, del cual el deporte debe separarse. Más bien se trata de una llamada al compromiso poliético, que debería condicionar todas las relaciones mundiales, y no solo a escala gubernamental.

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