Contrapunto, fuga y nacimiento
El día que fui consciente percibí la contaminación del aire. La suciedad viscosa que todo lo envolvía, ahora incrementaba mi inquietud por saber quién era yo. Aun así, intenté amoldarme a la viscosidad de la corrupción, sin entrenamiento para conseguirlo. Llegué a pensar que era un caso inútil que no merecía vivir. Entonces quise consultar mi crédito de vida en el carrillón del ayuntamiento y, en lugar de funcionarios, me encontré con los empleados de doña Fusta lacambista. Mi pregunta les provocó irritación y me devolvieron miradas de hielo. «Las líneas de crédito para la consciencia están canceladas hasta nueva orden. Vuelva usted mañana a las doce en punto». Tuve que pagar diez días sin lectura, el precio de una visita. Exigí la factura. Pero cómo saber cuándo serían las doce, si el único reloj autorizado, custodiado por los guardias, siempre marcaba esa hora. No me atreví a volver a preguntar por qué el precio de una segunda pregunta era excesivo para mí. Salí del ayuntamiento y caminé largo rato abrazado a la soledad de mi decepción.
Más tarde supe, que la respuesta de los cambistas era la habitual para los contrapuntos que preguntaban sobre sí mismos.
Y comprendí que era un contrapunto.
Asumí mi condición y volví una y otra vez, y así hasta cientos de veces. De insolente preguntón me acusó la Fiscalía Especial para Contrapuntos. El juez me amenazó con encarcelar todos mis conocimientos y sentenció: «No existe más consciencia ni más tiempo que el que marca el carrillón de las doce».
Sopesé mi situación en secreto, evadí los controles internos de mi pensamiento y conseguí mentir a mi cerebro. Deambulé camuflado entre autómatas de carne y hueso, y logré expulsar de mi ser a todos los lugares comunes. Fue fatigoso y no siempre conseguía dormir. Finalmente logré desprenderme de las ideas que me parasitaban, algunas de ellas adheridas a mí desde la infancia. Al cabo de un tiempo, me sentí mucho más ligero con la mitad del lastre. Era solo el principio, pues obtuve una vaga idea de libertad, y concluí que, si mi reloj no avanzaba, estancado siempre en las doce, no tendría opciones de regresar a mi muerte, y eso me obligaría a una existencia sin fin al servicio de los cambistas. Una vida indigna, aunque muy edulcorada y cómoda.
Tracé un plan para salir de allí.
Me fugaré hasta el acantilado en el que aún sobrevive la luz del viejo faro, un lugar prohibido bajo pena de eternidad al servicio de doña Fusta.
Asumiré el riesgo: escapar será la senda de mi destino, convertido en un contrapunto en fuga, en un defensor de las luces antiguas que iluminan el mar.
Una vez en el faro, miré al horizonte y supe qué rumbo tomar.