La dictadura en nuestras mentes
Yo nací en los años 60, y crecí escuchando que Franco era “el Generalísimo por la gracia de Dios”. Pero lo que de verdad marcó mi infancia y adolescencia, no fueron solo esas palabras, sino todo lo que venía detrás: una forma de pensar, de juzgar, de callar. Una moral que se nos metía en la piel sin que nos diéramos cuenta.
Crecimos con prejuicios que no eran nuestros, pero que aprendimos como si lo fueran.
Con el tiempo, la universidad y el cambio de época nos ayudaron a romper muchas de esas cadenas. Pero no fue rápido, necesitaba su tiempo.
Y en los pueblos, todavía lo era menos. Allí, todo permanecía más tiempo, más rígido. Los que salíamos a estudiar vivíamos divididos entre dos mundos: el universitario y cosmopolita de las ciudades y el de las normas más inertes del campo, donde la información no llegaba de la misma manera.
Era como intentar respirar en dos atmósferas distintas.
La democracia llegó, sí. Pero no llegó igual a todas partes. Y tampoco avanzó igual dentro de nosotros.
Porque lo más difícil no era cambiar las leyes, sino cambiar la mirada.
El divorcio, las relaciones, el trabajo… todo estaba atravesado por esa herencia moral invisible. Quitarnos ese peso no fue rápido ni limpio.
La verdadera dictadura no es solo la que se impone desde fuera, sino la que consigue que dejemos de cuestionar, que aceptemos sin pensar, que tengamos miedo a opinar.
Hoy, las redes sociales pueden ser el nuevo vehículo de ese control. No hacen falta tanques ni uniformes: basta con influir, confundir, dividir. Basta con adormecer el pensamiento crítico.
Y ahí es donde empieza el peligro.
Por eso debemos mantenernos despiertos. Defender nuestra capacidad de pensar, de dudar, de disentir. Y desconfiar de quienes prometen soluciones fáciles a cambio de renuncias clave para nuestra forma de vivir.
Porque las dictaduras no siempre regresan de frente, a veces, vuelven camufladas y encuentran la puerta abierta dentro de nuestras propias mentes.