Cuando la diplomacia es la emboscada: un imperio que ya no disimula
Europa se encuentra en la encrucijada más delicada de su historia reciente: seguir encadenada a un atlantismo que ya no le ofrece seguridad sino servidumbre, o atreverse a pensar su propio lugar en un mundo que se reordena sin pedirle permiso. El ascenso de los BRICS —con China como arquitecta silenciosa de un nuevo multilateralismo— no es una amenaza para el proyecto europeo: es el espejo en el que Europa debería mirarse para recordar que la soberanía no se delega, se ejerce. Mientras Washington impone su agenda mediante la coacción y Pekín teje pacientemente sus redes de interdependencia, el Viejo Continente sigue mirando al suelo, esperando instrucciones de quien ya dejó de considerarlo aliado para tratarlo como activo prescindible. La pregunta ya no es si Europa puede permitirse el lujo de la neutralidad estratégica; la pregunta es si puede permitirse el lujo de seguir sin ella.
Miramos el horizonte desde esta península, poco más que un balcón desvencijado, y lo que vemos no es el orden sino el estruendo de un imperio que ha decidido quitarse la careta. Voces que conocen el olor de la pólvora y el de los despachos donde se cocina la infamia nos lo han soltado a la cara: Estados Unidos ya no busca el consenso, busca la rendición. Ha pasado de la hegemonía de guante de seda —ese orden basado en normas que tanto nos gusta invocar en Bruselas— a la dominación directa del garrote y el dólar. El trato de igual a igual es una quimera; Washington solo concibe la relación mediante la subordinación o el rodillo.
La capacidad de corromper del imperio ha alcanzado cotas que harían palidecer al mismísimo Maquiavelo. El caso de Venezuela no es solo una operación de inteligencia: es un tratado sobre la fragilidad del alma humana ante el oro y la presión. Si las versiones más documentadas son ciertas, los más fervorosos adeptos del régimen habrían participado activamente en la arquitectura de su propia traición, disfrazando el cinismo de pragmatismo sucesorio. La CIA no solo compra información; compra voluntades y herencias políticas enteras.
Platón advirtió que la tiranía suele nacer de un sentido de libertad degenerada. El Ejecutivo hipertrofiado que hoy gobierna Washington, capaz de decisiones rápidas y letales sin rendir cuentas, es el caldo de cultivo ideal para la corrupción sistémica. Cuando el control de los recursos estratégicos —petróleo, gas, minerales críticos— se convierte en la única brújula, los contrapesos internos saltan por los aires y el abuso de autoridad deja de ser la excepción para convertirse en norma.
Esta falta de ética ha dinamitado los puentes de la confianza internacional. Desde la cumbre de Alaska —donde Rusia acudió dispuesta a concesiones dolorosas creyendo que Washington buscaba seriamente el fin del conflicto ucraniano— el mundo ha cambiado de ritmo. Moscú comprendió que sus propuestas no se usaron para construir la paz, sino para renegociarlas desde la fuerza mientras la CIA aceitaba sus mecanismos de desestabilización. Para este nuevo Washington, la diplomacia no es el arte de lo posible sino el decorado para una emboscada.
La tragedia de Europa es asistir como invitados de piedra a esta función de sombras. Somos la supuesta cuna del pensamiento político, pero nos hemos dejado anular por una estrategia que nos desprecia. Washington ya no necesita socios con criterio: necesita vasallos que paguen la factura de su propia fragilidad económica y social. Mientras tanto, un mundo multipolar se construye sin nosotros: los BRICS amplían su arquitectura financiera alternativa, Rusia consolida sus ejes de seguridad al margen de la OTAN y China teje pacientemente las redes de un orden que no nos excluye por enemistad, sino por irrelevancia. Si no somos capaces de entender que la paz no se negocia con una pistola apoyada en la sien del vecino, acabaremos siendo el daño colateral de una hegemonía que, en su agonía, está dispuesta a prender fuego al tablero entero. Al final, solo quedaremos los cronistas para contar las ruinas, preguntándonos en qué momento olvidamos que la política, sin una brizna de moral, no es más que el arte de administrar el crimen.