La educación no vende
Me hice socia de elDiario.es porque cada vez encontraba menos artículos de opinión interesantes entre aquellos que los periódicos ofrecen en sus webs en abierto. Los necesitaba con cierta periodicidad para que mis alumnos de segundo de bachillerato de un IES valenciano practicaran el comentario de texto y, de paso, ejercitaran su propia opinión. He consumido con agrado los boletines que todos los días se envían a mi correo sobre intrigas políticas, derechos humanos y, cada vez más, los desvaríos del energúmeno americano que amenaza con convertir nuestro mundo en su circo sangriento. Pero llevo ya más de dos semanas esperando una primera plana que no sale. Está en la sección de la Comunidad Valenciana, está en opinión, escondida haciendo tangente con otros temas más jugosos, más “vendibles”. Pero no llega nunca a mi correo ni al de cientos de suscriptores.
La escuela pública de este país está haciendo historia. En un mundo donde cada uno mira por su propio bolsillo, donde no levantamos la cabeza del móvil y solo nos conmueven los gatitos de Instagram, miles de profesores de la escuela pública han decidido dejar de cobrar para que los hijos de otros puedan acceder al conocimiento y competir el día de mañana por una vida mejor que la que tuvieron sus padres. Están gritando en las calles, unidos y organizados, dando ejemplo de un movimiento civil y cívico que no quema contenedores, no hace pintadas ni deja basura. Son la turba más educada y organizada que ha visto este país. Aguantan los desplantes de una consellera que los desprecia, pasan horas a treinta grados en el asfalto porque les han cerrado el recinto institucional donde se reunían, han sido traicionados por dos sindicatos y el secretario autonómico McEvoy se ha reído en su cara. Y no han lanzado ni un triste ladrillo.
Porque este colectivo no recurre a la violencia. No podría hacerlo sin ser incoherente, porque es ese odio bestial del inculto y esa falta de diálogo lo que la escuela quiere erradicar. Pero precisamente su corrección hace que no sea portada de ninguna parte. La sociedad a la que está defendiendo no le dedica más de dos minutos a un acto que no mata, humilla o desprecia a otros. Eso no vende.
Los profesores arrastran con sus actos a familias, alumnos y particulares que han entendido que los gobiernos nos quieren ignorantes. Nos quieren individualistas y cazurros, para darnos trabajos de miseria, ahogarnos en hipotecas impagables y decir luego que fue culpa nuestra, que no estudiamos lo suficiente, que no hicimos méritos. Para forzar una nueva casta de siervos miserables sin capacidad de pensar ni de defenderse, necesitan reventar la escuela pública. Y lo están haciendo bajo nuestras narices, mientras el mundo mira a otros conflictos más llamativos, allá lejos, con su petróleo, sus consecuencias económicas y sus corrupciones políticas. Mientras miramos cómo Trump destroza América y Netanyahu mata palestinos, aquí nos ahogan en ignorancia y nos parece normal estudiar a 30 grados o que los niños no entiendan lo que leen.
Señores de los medios, que otros lugares estén hundidos en la mierda no quiere decir que aquí no nos esté llegando al cuello, poco a poco, por otros lados. Otro gallo nos cantaría si estas cincuenta mil personas que están pagando con su dinero y su salud los derechos de todos llenaran la Castellana, los Campos Elíseos o las calles de Nueva York. Pero aquí, en provincias, parece que nunca pasa nada.
En Valencia, Zaragoza y Barcelona, con nuestros escasos dos minutos de audiencia en los telediarios, intentamos matar a pisotones las termitas gigantes que roen los cimientos de la escuela pública. Y cuando ella caiga, cuando lo que hizo posible que un país de analfabetos se convirtiera en un estado del bienestar al que media Europa quiere venir a vivir, no se engañen, caerá detrás la democracia. Y entonces tendremos caldo de cultivo para criar a nuestro Trump particular.
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