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La locura está en todxs

Carolina Reese

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Me escribo y nos escribo, sociedad patologizada y patologizante, para que cuando dejemos de señalarnos nos podamos volver a humanizar.

Mi hermano fue el jueves pasado al hospital con mi madre, con la voluntad de buscar ayuda. El psiquiatra, amablemente le subió la dosis de la medicación y le recomendó quedarse pero no había camas. Por lo que volvió a casa un poco drogado y con una realidad paralela en su cabeza.

Al día siguiente, se fue pensando que era Dios y viviendo en el mundo de Matrix a casa de un amigo a fumar porros. Porque su diagnóstico hasta ahora es una patología dual, que combina la adicción con la psicosis.

Después de 14 años de tratamientos Sebi tuvo que dormir en la calle, porque ahí sí hay bancos. En la calle sí, mientras no molestes.

Cuando camino por la ciudad y veo la cantidad de personas que viven en la calle, siempre pienso cómo pudieron llegar ahí, ¿será que para ellos tampoco había camas? (Lanzo pregunta para quien la pueda responder)

Ahora ya está ingresado en Puerta de Hierro, sin tener ninguna certeza de que al salir pueda ir a un lugar donde acompañen su proceso de rehabilitación y donde realmente exista una integración. Porque la realidad es que a los políticos no les interesa integrar a una persona que no pueda sostener una vida normativa y un trabajo de 8 horas. No hay inversión en salud mental, sencillamente porque no es rentable.

Y es que el problema principal es pensar que la locura está en el otro. Que la guerra está en el otro, y que los malos siempre son los otros. Deshaciéndose de todo tipo de responsabilidad porque el otro, no soy yo y que se confiesen ellos de sus pecados.

Cuando ese mundo de fantasía, donde lo ajeno siempre está lejos, toca el suelo y se rompe, abres los ojos para darte cuenta de que los violadores, la corrupción, la explotación laboral, el maltrato, la ansiedad, el sufrimiento, el duelo, la tusa, el hambre, la guerra, la disidencia y la muerte también son y forman parte de esta realidad.

No quisiera establecer porcentajes ni correlaciones, porque acabaríamos hablando de merecimientos. Como si alguien fuera más o menos merecedor del dolor, como si el Karma le estuviera devolviendo lo que hizo en sus vidas pasadas.

Y esta es nuestra vida. Una vida en la que deben convivir las cervezas y el llanto, una vida que tiene como única certeza la muerte. Que para la alegría nunca falta nadie, pero la angustia no tiene camas.

Hagámonos cargo por favor, y compremos más camas, o mejor que salga todo el mundo a la calle.

Que en este acto de señalar, no nos damos cuenta de que los otros tres dedos también apuntan a uno mismo. Me escribo y nos escribo, para recordar que la locura está en todos y que nadie se libra de la muerte.