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La memoria no es un archivo: por una historia que duela en la piel

José Luis Piqueras

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Vivimos instalados en una peligrosa ficción intelectual: la creencia de que nuestra memoria funciona como el disco duro de una computadora. Imaginamos que los sucesos del pasado se almacenan en compartimentos estancos, registros exactos que esperan ser consultados con objetividad impecable. Pero la neurociencia y la psicología cognitiva han derribado ese mito hace décadas. La memoria humana es, por definición, reconstructiva. No recuperamos el pasado; lo reinventamos cada vez que lo invocamos.

Esta plasticidad biológica, que nos otorga la resiliencia necesaria para superar traumas individuales, es nuestra gran condena como especie. Es la brecha por la que se cuelan los relatos manipulados, la épica de cartón piedra y esa desfachatez inaudita de quienes, en pleno siglo XXI, siguen justificando las guerras bajo el paraguas de lo «humanitario». Hemos externalizado nuestra historia en libros, cuadros y películas para que no se degradara como la memoria biológica, pero seguimos tropezando sistemáticamente con la misma piedra ensangrentada. ¿Por qué el saber no impide el desastre? Porque el papel no tiene pulso y la pantalla no huele.

El drama de nuestra condición reside en la distancia irreductible entre el dato y la vivencia. Podemos leer sobre el horror de una hambruna o la claustrofobia de una trinchera mientras tomamos un café, sin que nuestro ritmo cardíaco se altere. El lenguaje, aunque necesario, es un filtro que domestica el horror. Por eso, la propuesta de una “Historia Sensorial Inmersiva” no es un capricho tecnológico, sino una urgencia ética. Necesitamos que el pasado deje de ser un archivo consultable para volver a ser una experiencia que se sienta en las tripas.

Se trata de reconstruir, de forma controlada pero veraz, la fragilidad del otro. Una comunidad de científicos y humanistas —no un ministerio de la verdad centralizado— amparados por la Academia, debería ser la garante de esa honestidad sensorial, basándose en datos arqueológicos y forenses para reconstruir entornos donde el olfato, el tacto y la percepción interna del propio cuerpo actúen como antivirus contra la mentira política.

Se objetará el riesgo del adoctrinamiento sensorial o la banalización del dolor. Sin embargo, esos peligros ya están instalados en nuestra normalidad: hoy se manipulan las emociones a través de algoritmos que filtran la realidad a conveniencia del poder. Los riesgos actuales son invisibles, sistemáticos y rentables para quienes los ejercen. Los de una historia sensorial supervisada serían visibles, controlados y sometidos a escrutinio público.

La diferencia estructural es que el lenguaje y el código digital son dóciles, se dejan moldear; la carne, no. La verdadera prosperidad no es económica, sino la evolución de nuestra sensibilidad. Si un líder político, antes de votar por la guerra, debiera habitar sensorialmente las consecuencias de decisiones semejantes tomadas en el pasado, la guerra dejaría de ser una opción estratégica para mostrarse como lo que es: una autolesión de la especie.

El pasado debe dejar de ser un relato cómodo para volver a ser una experiencia que nos duela en la piel. Solo entonces la memoria dejará de ser una condena para convertirse en nuestra tabla de salvación. Y es que, al final del día, volvemos siempre a la misma frontera: vivimos en la era del maquillaje, donde todo se puede camuflar con un filtro o una frase elegante. Sin embargo, hay un lugar donde el postureo no tiene cabida: nuestro propio organismo. El cuerpo no permite los rodeos. Si hay cansancio, hay cansancio; si hay deseo, hay deseo. Es el último refugio de la honestidad en un mundo que prefiere mirar hacia otro lado.