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Políticos a ciegas en la educación enfangada

Luis Valero Esteve

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Imagínese, querido lector, que mañana le obligan a pasar ocho horas encerrado en una habitación cerrada. Sentado. En silencio. Sin poder hablar con nadie. Sin poder levantarse salvo por autorización expresa.

Imagínese que cada gesto está vigilado y cada movimiento fuera de lo previsto es un cuchillo a la mirada. Con la mente bajo control, el descanso o la famosa desconexión no tienen cabida, porque ni tiempo ni atención son dignos de coexistir. Ni barrotes, ni llanto, ni violencia. Todo es aparentemente normal.

En esa pequeña habitación cerrada, no es usted más que un número. Una alegoría numérica le dirá si es una persona digna, noble incluso. Los números son otros de los dirigentes y están totalmente despojados de humanidad: da igual el cansancio, el cómo haya estado. La cifra es y usted no.

Esas cuatro paredes no encierran a un escenario distópico. Esto no se trata de adultos ni de vigilancia. La puerta que se abre tras la habitación, es la realidad más destilada.

Bienvenido, lector, al carrusel de imposiciones a los jóvenes que necesitan descubrir qué quieren aportar. Más bien, se fuerza sin naturalidad a niños y niñas a decidir qué quieren ser en la cadena de valor. Se les pide que olviden saber quiénes son, porque antes deben ser un número en la habitación. Aunque haya bagaje, haya cultura, no habrá personalidad si no acude a diario a la habitación cerrada.

Paradójicamente, esta generación futura, sigue un redil que ningún adulto soportaría, pero, parece que su mente ha borrado que él también lo ha pasado, ¿verdad? Realmente, ¿domesticar al ser humano lo prepara para la vida?

El sistema educativo no solo ha interiorizado esta lógica: la ha sacralizado. Un modelo pedagógico heredado y replicado por inercia, más similar a una cadena de montaje, que a una estructura formativa. No se educan ciudadanos, se fabrican cuerpos dóciles que deben encajar dentro de un asfixiante corsé que no se ha revisado en siglos. La sociedad que se abandera de la idea de progreso, cae en la más desquiciada hipocresía tratando a la educación como trámite administrativo inmutable.

Durante 2025, el Gobierno de Sra. Ayuso anunció una supuesta ampliación de la financiación universitaria, presentada con la habitual grandilocuencia institucional. La letra pequeña, sin embargo, desmentía el titular: presupuestos insuficientes, recortes encubiertos y una consolidación de la precariedad estructural en las universidades públicas. Profesores asociados atrapados en una carrera académica, titulaciones reducidas o directamente eliminadas, y una universidad cada vez más concebida como gasto a contener.

Mientras el discurso celebraba la excelencia, la realidad encogía las aulas. Y mientras se apelaba al mérito y al esfuerzo, se erosionaban las condiciones materiales que hacen posible aprender, investigar y enseñar con dignidad. No es un fallo aislado ni una excepción coyuntural: es la confirmación de que la educación ha dejado de ser un pilar político para convertirse en un elemento prescindible del relato. Entre las hojas del mismo, Ayuso acaricia a las cabezas de despacho, pero las aulas se ahogan en fango.

Aunque los políticos se llenen de hablar de la crisis de la educación, son ellos los que ya no ven el sistema educativo como una prioridad. La disciplina acrítica y la evaluación mecánica de hoy es educación. ¿Hemos pensado acaso en qué queremos formar? Seguimos tratando a las generaciones futuras como si resistir fuera aprender, mientras se ofrece precariedad disfrazada de excelencia.

La educación llevaba demasiado tiempo gritando por una cuestión, porque esta sabe que si asfixia no forma ciudadanos: produce cuerpos dóciles. Y eso, más que un error pedagógico, es una decisión política.