¿Tonto útil, bicho raro o demócrata que es capaz de empatizar?

Víctimas de ETA luchan para mantener la conciencia social ante el terrorismo

José Luis Úriz Iglesias

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El pasado miércoles formando parte de una delegación del Foro Social Permanente, acudí al Parlamento de Navarra a exponer nuestros últimos trabajos a favor de la convivencia.

Mi intervención intentaba trasladar a los representantes de la soberanía popular en Navarra, el por qué alguien como yo pertenecía a ese grupo social.

Inicié mi intervención reconociendo que a veces me interrogaba sobre esa cuestión que consideraba importante y traía a ese hemiciclo dicha inquietud, por si podía aportar algo a sus señorías.

¿Por qué alguien como yo decidió colaborar desde su inicio con el Foro Social?

Intenté explicarlo con brevedad, claridad, sinceridad y un punto de valentía. Llamando a cada cosa por su nombre.

Cómo era posible que alguien que venía de la cultura socialista (ahora sin carnet, aunque con la satisfacción de que mis compañeros transiten en estos momentos por el camino que inicié) y además humanista, que durante los duros años de “plomo y fuego” tuvo que sufrir 12 años con escolta, mirando debajo del coche cada mañana, con la angustia cada vez que le daba a la llave, cambiando de costumbres e itinerarios, afectando a mi familia sin poder hacer una vida normal, era capaz de colaborar con esa organización social.

Por qué alguien que estuvo en la orilla contraria de lo que entonces era un río de aguas turbulentas, ahora compartía espacio de trabajo y convivencia con algunos de los que me confronté, a veces con extrema dureza.

Pedí a los señores y señoras parlamentarias presentes por favor, que cuando volvieran a sus casas reflexionaran sobre lo que les iba a decir, con la ingenuidad típica de quien piensa que eso es posible hoy en día.

Quizás la explicación de mi decisión esté en que incluso en aquella oscura época, intentaba comprender las razones del “otro”, entender su sufrimiento. Eso tiene que ver con un concepto casi desaparecido; la empatía.

Es probable que también mi pasado de lucha anti franquista hubiera influido, aquel en el que a los ojos de otros (los fascistas que gobernaban) pertenecía a esa misma orilla, a la de los que se consideraron enemigos del sistema.

O porque fuera torturado y represaliado por mis ideas por los miembros de la BPS, en dos ocasiones por el afamado “Billy el niño”.

Probablemente esa circunstancia haya hecho que entienda que la tortura es la mayor degradación del ser humano, de quienes la practican, de quienes la ordenan, la toleran, o también de aquellos que simplemente miran hacia otro lado.

Nunca he podido tolerar esa depravación, mucho menos aún cuando sospeché que la practicaban los míos, míos.

Quizás todo ello me condujo a empatizar con un movimiento como el Foro Social, al igual que antes lo hice con Elkarri o Lokarri.

Era consciente que después de la desaparición de ETA, contra la que luché precisamente en primera línea de fuego, aún quedaba mucho trabajo por hacer.

Entonces me di cuenta que ese trabajo lo exponía Foro Social en su ideario y en sus planes de trabajo.

Convivencia, normalización democrática, respeto a los derechos humanos y en concreto los de los presos, derechos para todas las víctimas, todas, o búsqueda de consensos en lo referente al relato.

Me preguntaba: ¿por qué tiene que haber cien relatos cuando la verdad es única? ¿Por qué no trabajar un consenso también en este espinoso tema?

El 20 de Octubre de 2011, cuando ETA anunció el fin definitivo de su actividad violenta fue uno de los días más felices de mi vida.

Aquel día vinieron a mi mente imágenes como aquel en el que Odón Elorza me informaba del asesinato de nuestro amigo Juan Mari Jáuregui, también ese viaje juntos a Donosti. O las charlas que ambos tuvimos con otro asesinado y también amigo, Ernest Lluch. Los cuatro coincidíamos en muchos aspectos de este espinoso tema.

Por eso igualmente estuve el 3 de Mayo de 2018 en Cambó en el momento histórico de su desaparición. Estoy convencido que ambos si vivieran habrían estado codo con codo conmigo aquel día, con la satisfacción de haber colaborado en aquel hito.

Debo reconocer que si entonces alguien me dijera que 9 años después, tendríamos que estar todavía exponiendo estos temas no lo habría creído.

Vamos con retraso, con mucho retraso. Y ese retraso genera sufrimiento, un sufrimiento que en su momento no quise para mi familia y no lo quiero ahora para la de los demás.

Antes de seguir debo reconocer que incluso en mi etapa de militancia socialista y durante los peores momentos de la violencia de ETA, no estuve de acuerdo con dos conceptos que me parecían injustos. Mucho más ahora que ETA ya no existe.

El primero, el no reconocimiento de los derechos a las víctimas de la otra parte cubriéndolas con un manto de sospecha. Todos fueron víctimas y algunos en ambos bandos igualmente fueron victimarios.

Los atentados de los llamados incontrolados, los sucesos de Sanfermines 78, la persistencia de la tortura y un largo etcétera de abusos, dolorosamente desde aquellos que precisamente se ocupaban de proteger los derechos de todos nosotros.

Como militante socialista, de la izquierda, como demócrata sentí una inmensa indignación, un profundo dolor y tristeza por la existencia de los GAL.

Por eso hoy, como ciudadano, como demócrata, no puedo, no quiero aceptar discriminaciones entre victimas según quien haya sido su victimario.

El segundo la dispersión. Nunca estuve de acuerdo con ella, porque siempre he entendido que los derechos de los presos son globales, o sea que deben afectar a todos por igual pertenezcan al colectivo que pertenezcan y que jamás, jamás, se debe hacer pagar a los familiares y allegados por los delitos que alguien haya cometido, por muy canalla que haya sido.

Opino que ningún demócrata que utilice el sentido común (el menos común de los sentidos), puede estar de acuerdo con que existan discriminaciones y por lo tanto su deber, esté en un lado u otro, es luchar y trabajar por evitarlo.

Por eso acudí allí, para trasladar mi experiencia a los representantes de mi comunidad, para que entiendan que si se está a favor de la convivencia, de buscar consensos en lo referente al relato, si se está a favor de los acuerdos con los diferentes incluso con los muy diferentes, o en el respeto a los derechos humanos, en concreto sobre la igualdad de trato a los presos y además uno es demócrata, entonces se debe estar en el Foro Social o al menos estar con lo que hace el Foro Social.

Porque hoy en día es precisamente el Foro Social, uno de los pocos espacios en Navarra que reúne personas de ideologías muy diferentes. Cristianos, socialistas, nacionalistas, sindicalistas, defensores de derechos humanos o gente de la izquierda abertzale.

Gentes que, como he dicho antes, nos enfrentamos en su día y hoy damos el paso de reunirnos todos los meses en torno a una mesa buscando acuerdos y a continuación los expresamos públicamente.

Por eso tiene un gran valor que precisamente allí, en la sede de la soberanía popular de Navarra, delante de todos los partidos con representación, lleváramos propuestas como las que nos traían a ese Parlamento, aportaciones que tienen que ver con la construcción de puentes por los que comunicarnos, cuando lo habitual es el “y tú más” o las trincheras de confrontación.

En un tiempo líquido como analizaba Zygmunt Bauman, donde con demasiada frecuencia se considera enemigo a todo aquel que no opina como tú y por tanto se dinamitan los puentes por los que comunicarse, resulta difícil entender este tipo de posiciones. Pero afortunadamente existen y estábamos ante ellos

En el final de mi exposición les pedí, especialmente a algunos, que hicieran un ejercicio de generosidad intelectual, de altura de miras para entender nuestras razones.

Que dejaran a un lado estereotipos y clichés sectarios.

Que intentaran entender las razones por las cuales si en el Foro Social podemos trabajar y colaborar gentes tan diferentes, con pasados encontrados, lo puedan hacer igualmente ellos. Y ellos con nosotros.

Ojalá lleguemos a convencerles, para que nos ayuden en nuestro difícil y complejo esfuerzo.

Les solicité que entendieran que no soy un tonto útil, ni que me encuentro afectado por el síndrome de Estocolmo, tampoco un bicho raro, y si lo fuera, si perteneciera a una especie en vías de extinción, deberían tomar las medidas necesarias para protegernos y evitar que desaparezcamos.

Terminé con un mensaje.

Señoras y señores parlamentarios; analicen mis palabras con bondad, con respeto, con altura de miras, intenten comprender mi reflexión y saquen de ahí algo que pueda servir para la convivencia.

Ese mismo mensaje se lo traslado también a los lectores a través de esta reflexión.

Veremos...

Publicado el
4 de septiembre de 2020 - 19:35 h

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