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¿Y si estamos rotas antes de caernos?

¿Por qué se potencia tanto el ejercicio físico y tan poco el mental?

Un estudio realizado por el Observatorio Asturiano de Servicios Sociales confirma que las mujeres representan los casos más graves de incapacidad por “una tendencia a naturalizar los trastornos de salud”.

El autocuidado sigue faltando en nuestras rutinas. Aquí la confesión de una deportista fofa mental.

Ilustración de Núria Frago

Ilustración de Núria Frago para Pikara Magazine

El Kintsugi es el arte japonés de apreciar las cicatrices de lo que se ha roto. Consiste en aplicar una especie de pegamento de oro que devuelve una pieza a la vida… Claro que hay materiales que cuando se rompen estallan en miles y tan minúsculos pedazos que no hay oro en el mundo capaz de recomponer. ¿Qué ocurre cuando una persona deja pasar las enfermedades y dolencias hasta que ya no puede más? Que tal vez la situación de dependencia sea demasiado grave, y… ¿quién cuida a quien cuida?

Este no es uno, sino la mayoría de casos reales de las mujeres, que tienden a naturalizar los achaques. El Principado de Asturias así lo reflejó en el dossier temático Mujer y servicios sociales, publicado en abril de este año. Nada nuevo, desde luego, pero por fin desde las instituciones se empieza a apuntar hacia la raíz del problema: el autocuidado. Este documento concluye cómo opera la lógica del cuidado en el ámbito no profesional: “Paradójicamente, en muchas ocasiones no se está ofreciendo cuidados a quien previamente ha provisto de cuidados a las personas de su entorno”. Se tarda en acudir a ese cuidado por el estigma de cuidadora, criadora, gestora.

No hace mucho tiempo hablaba con un profesional de la salud mental sobre lo difícil que resulta saber cuándo nos rompemos la cabeza y lo evidente de un brazo roto. Lo incapacitante que es la falta de salud mental y lo difícil que resulta detectarla hasta que llega a lo físico, lo tangible, lo palpable, lo visible para todo el mundo.

Hace mucho tiempo fui a mi médica de cabecera. Con ella hablé en quejidos mientras me veía como narradora omnisciente de un relato que no reconocía como propio. Era todo y era nada. Era no querer o no poder bajarme del tren de la rutina porque la ansiedad superaba, comprobar que el vagón parecía apacible (trabajo estable, techo donde dormir, familia, amistades, divertimentos edificantes…) pero iba a demasiada velocidad mientras me movía como en un sueño a cámara lenta.

Ella escuchó pacientemente en silencio. Asentía al tiempo que tecleaba un tratamiento farmacológico para relajarme y dejarme la mente más clara. ¿Y si la química solo me haría poner el polvo debajo de la alfombra? ¿Y si se acaba haciendo imposible caminar sobre todos esos nudos sin resolver? ¿Por qué me preguntó si hacía ejercicio físico, pero no me habló del mental?

Tan clásicos y al final nos hemos quedado solo en el in corpore sano, aunque intentamos llevar a cabo notables excepciones desde el movimiento feminista: tanto desde nuestro contexto relativamente acomodado como en situaciones donde se vulneran los derechos humanos (en Pikara hablamos de cómo las defensoras en Mesoamérica trabajan el autocuidado y la sanación, por ejemplo mediante una casa de acogida de Oaxaca dedicada a estas activistas).

Por nuestra parte, toca entonar el mea culpa. Que levante la mano quien no cultive estos autocuidados a diario: expresarnos sin tapujos, descansar, dedicar tiempo a nuestros seres queridos, darnos placer, ponernos límites, aceptarnos. ¿Alguien sin levantarla todavía? ¿Qué tal “es la primera vez que me siento en todo el día”?

Me he confesado, espero que ustedes también, y ahora nos toca la penitencia: un buen rosario de no permitir infravalorar los achaques, cuidar más a quienes cuidan, y practicar rutinas diarias de meditación, que aporta el hierro y el oro necesario para pegar las piezas que se puedan ir rompiendo por el viaje.

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