Cansadas, tristes, sobrepasadas: adelanto del libro '(Mal) Educadas'

Portada del libro.

elDiario.es


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Escribo (Mal) Educadas desde una necesidad profunda de realizar una radiografía para mostrar aquellos factores que determinaron el comportamiento de las mujeres y que son claves en nuestra condición actual: mujeres cansadas, tristes, sobrepasadas y/o hartas de los mandatos y exigencias sociales.

Quiero que descubramos el porqué de una educación basada en mandatos que siempre nos exigen dar más de nosotras mismas, o mejor dicho, el para qué de esta educación. Las convenciones sociales cambian, pero siguen a su manera e incluso disfrazadas de libertad o emancipación, poniéndonos en los mismos roles tradicionales que arrastramos desde la antigüedad. Poder darnos cuenta de eso es una llave que nos va a abrir puertas para resignificar nuestra historia. Saber todo lo que nos educa, poder ver todas las razones que nos sumieron en una enorme desigualdad que las mujeres sufrimos hasta hoy, es el camino para encontrar respuestas.

Aquello que se llama “el universo de lo femenino” suele estar cargado de una cierta romantización que, no obstante, no se refleja en la vida real de las mujeres, ya que al final del día estamos cansadas, contrariadas y tristes. Por eso, el diálogo entre nosotras se hace urgente para sacar a la luz un sentir que parece personal, que nos hace pensar que somos las únicas que tenemos esa sensación de malestar, pero que en realidad es colectivo.

La cantidad de prácticas que hemos naturalizado y que forman parte del arquetipo (y exigencia) de la buena mujer son miles. Podemos mencionar la carrera para ser bellas, flacas y mantenernos jóvenes, para ser sexuales y sensuales en una educación que desde niñas nos forma en el erotismo extremo. También el modelo de la mujer servicial, cordial, amable y alegre que vemos en todas las publicidades. Las mujeres buenas no se enojan, no gritan, no se quejan. Sonríen o “responden con altura”. Siempre se nos termina exigiendo un comportamiento ejemplificador, comportarnos “como una dama”, y mientras guardamos la compostura, nos siguen cargando con una lista de tareas que al final del día nos desarma.

Pero no podemos decir nada. La promesa social hacia nosotras es que si somos «buenas», vamos a ser amadas. Y si somos amadas, seremos felices.

¿Quién nos mira? ¿Quién controla los mandatos? Bueno, esa es la pregunta compleja, y creo que ahondar en la educación nos da la respuesta. No hay algo así como “el mal” representado en alguien o algo fundacional, pero sin duda la historia de nuestra libertad fue cercenada en diferentes momentos, y para eso se necesitó de la construcción de arquetipos que sirvieran para diferenciar a las buenas de las malas mujeres. Este libro busca trasladarlas a ustedes, lectoras, a cada uno de esos momentos en donde los arquetipos se conformaron, y que podamos descubrir juntas cómo esos mandatos funcionan hoy, y lo que acarrean.

Nuestra educación ha estado atravesada por tres pilares fundamentales: el primero ha sido el educarnos para roles muy predeterminados y el abonar miedos e inseguridades personales muy fuertes que nos ajustaran a las tareas sociales demandadas: cuidar, reproducirnos, criar, amar sin condiciones. Muchos de estos miedos aún nos acompañan: “¿qué pasa si hablo, si digo basta o incluso si engordo y ya no soy esa femme fatale que se espera?, ¿qué pasa si hago algo que me cataloga como una mala madre?, ¿qué pasa si hago tal cosa y me quedo sola?” Y muchos etcéteras. En segundo lugar, hay otra parte relacionada a nuestra educación que tiene que ver con el habernos efectivamente negado durante siglos la educación en otras disciplinas que no tuvieran que ver con esos roles que se esperaban de nosotras. Las mujeres van a comenzar a asistir a las escuelas de forma masiva y sostenida en el tiempo recién a mediados del siglo XX. Todas las mujeres que han querido salir de esos roles tradicionales, ambiciosas en la construcción y participación de un conocimiento universal sobre política, economía, ciencia y literatura, por ejemplo, han tenido que luchar con las adversidades de los estigmas y las barreras culturales, económicas, etc.

En la mayoría de los casos, lo que se generó es un odio social hacia ellas que funcionaba como disciplinamiento, reprobando su trabajo, inventando acusaciones falsas, desprestigiándolas, etc. Este es el camino que las mujeres tuvimos que atravesar para acceder al conocimiento. Una educación basada en mandatos y otra educación negada.

Como tercer pilar, identifico que cada vez que en la historia adquirimos mejores niveles educativos en lo cultural, social, formal y laboral, hubo procesos desencadenados por una masculinidad predominante para que ese crecimiento de las mujeres se detuviera. Estos procesos estuvieron encarnados en gobiernos y leyes: la prohibición de ser educadas después del Imperio romano, o el pedido de los artesanos en la Edad Media para que no se contrataran mujeres que fueran competencia en el mercado porque estaban peor pagadas, por ejemplo. O que finalmente pudiéramos entrar en la academia, pero no se nos permitiera ejercer, como sucedió con la médica Cecilia Grierson en nuestro país, a quien no le permitieron matricularse y ejerció como enfermera. O Marie Curie, que tuvo que pedirle permiso a su marido para manejar su propio invento, un prototipo de ambulancia. Darse cuenta de que hubo una masculinidad que dirigió una antipatía social hacia nosotras en los momentos que obteníamos herramientas para dejar siglos de desigualdad es bastante desalentador. Nosotras estamos (mal) educadas, pero ellos también lo están. Aún hoy se les enciende un dispositivo muy arcaico, en donde no asumen su rol social e histórico como un sujeto con privilegios que además generó mecanismos puntuales para desalentarnos. Los hombres, en la actualidad, creen que no forman parte de ese pasado; sin embargo, no logran articular vínculos con mujeres con carácter y herramientas que rompen las expectativas tradicionales que se tienen sobre nosotras. Este desequilibrio tiene que ver con el poder: los hombres siguen (mal) educados para no cederlo ni compartirlo.

La sociedad tiene la vara muy alta para nosotras; incluso nosotras la tenemos con nosotras mismas. No podemos dar el mínimo movimiento en falso, o tener el mínimo error, que ya o nos señalan o nosotras mismas nos estresamos. Podría desarrollar un montón de ejemplos, y lo haré a lo largo del libro, pero como inicio diré que todos confluyen en el mismo lugar: las mujeres siempre tenemos encima el peso de la sentencia. La sentencia es clave en cómo somos educadas, porque la búsqueda siempre, al final del día, es no ir a la hoguera. Por esta razón buscamos tanto agradar. Hemos crecido y aprendido que las mujeres que se salen de la norma pueden tener un destino fatídico. Todas las mujeres importantes de la historia que se rebelaron, que alzaron su voz o que incluso pretendieron hacer ciencia, fueron desacreditadas, violentadas o marginadas. Todo eso nos educó y también nos silenció.

Aunque no queramos, la presión por cumplir todos los mandatos responde a un miedo muy interno y en general no consciente de terminar solas, aisladas, no-miradas. Esta idea que inicio en mi primer libro, Solas, aun acompañadas, tiene que ver con el miedo a la soledad, que en realidad es un velo que no nos permite ver todo lo que aceptamos hacer en la búsqueda desesperada por no quedarnos solas. Pero esa soledad que sentimos, o que visualizamos como castigo tácito al no adecuarnos al modelo de la buena mujer, es una trampa. Una trampa basada en una educación histórica que nos dijo que las mujeres solas valemos menos. Y efectivamente así fue por siglos: las solteronas, las prostitutas, las viudas, incluso hoy las turistas que viajan solas, todas, somos miradas con sospecha. Queremos la sentencia positiva, la palmada en el hombro. Nuestra autoestima está conectada mediante un hilo con la mirada externa, y dependemos de ese hilo porque nos educan para eso: ser lo suficientemente buenas para el ojo social, pero lo suficientemente sumisas para aceptar cada espacio de desigualdad de nuestras vidas. El concepto de la carga mental que desarrollo en Solas, en este libro adquiere una dimensión holística fundamental. Porque la carga mental va a ser justamente esa acumulación de roles que debemos cumplir y que no nos deja ver qué hay detrás de eso. Nuestras abuelas, nuestras madres no tuvieron tiempo para pensar, para detenerse en su cansancio, en su destino.

En el mundo de la educación y la elaboración del conocimiento, la Historia ha destacado a pocas mujeres, y rara vez se encuentra su biografía en los libros. Científicas, escritoras, mujeres de la política, técnicas, militantes de causas sociales profundas, aventureras, todas ellas están relatadas como personas que se salieron de la norma: “Mirá, mirá qué mujer extraordinaria”, “Mirá lo que hizo la esposa de tal político”, “Mirá, wow, esto lo inventó una mujer”. Cuando una mujer hizo algo relevante, antes que asombrarnos por la acción en concreto, nos asombramos porque lo hizo ¡siendo mujer! No nos llama la atención que Amelia Earhart fuese a dar la vuelta al mundo; nos llama la atención que iba a hacerlo siendo mujer. ¡Wow, una mujer manejando un avión! ¡Como si para eso se necesitara un pene en vez de un cerebro! Las mujeres desde que somos niñas, en nuestras diferentes etapas de instrucción, leemos a hombres y aprendemos su historia heroica. En las clases de informática, por ejemplo, jamás me dijeron que la primera programadora de la historia fue Ada Lovelace; menos aún me enseñaron sobre las mujeres de la Revolución de Mayo que puso punto final a la dependencia como colonia de Argentina. Hay un mundo entero que estudia la Revolución francesa y desconoce que una de las revueltas más significativas para que se inicie fue la marcha de las mujeres a Versalles, por ejemplo.

En lo personal, e incluso siendo una asidua lectora, me costó años darme cuenta de la ausencia de las mujeres en la construcción del pensamiento y la ciencia. En la universidad donde me gradué como politóloga, jamás cuestioné por qué leía tan pocos textos escritos por mujeres ¿Dónde estaban esas mujeres? Ni siquiera me lo pregunté, y es por eso que con los años me di cuenta de que eso que justificaba diciendo “es que el papel de la mujer antes no era relevante”, no era sino un sentido común formado ante la ausencia de conocimiento, pues esas mujeres sí existían, sí habían estado en la Historia y habían dejado su impronta. Las mujeres fuimos claves en la construcción de la historia de cada Nación y en cada avance de la humanidad.

Si decimos que las mujeres en el pasado no estuvieron, una vez más las negamos, una vez más las silenciamos. Estuvimos, pero nos borraron. Quisimos estar, pero nos relegaron a la esfera de lo doméstico. La cantidad de mujeres importantes que no fueron reconocidas, o cuyo trabajo profesional fue relegado, es impresionante. Y esto era así porque esas mujeres estaban muy aisladas de otras para hacer presión. Para que una llegara, debía darse una combinación de privilegios de clase, esfuerzo y suerte, para derribar las innumerables barreras que nos ha puesto la conformación de una educación sexista. Y cuando llegamos a hacer aportes relevantes, no había otras mujeres ahí para hacer peso para que el crédito por nuestro trabajo no fuese borrado de un plumazo, o incluso expropiado. Solo por poner algunos ejemplos, ya que seré mucho más descriptiva en el desarrollo del libro: Karen Horney fue una psicoanalista feminista de principios del siglo xx que, no sin un poco de sarcasmo, acuñó el término de envidia del útero, dado que Freud hablaba de la envidia del pene. Esto es muy interesante, porque si bien no podemos negar el corpus teórico inmenso del denominado “padre del psicoanálisis”, aún hoy es frecuente escuchar que no se puede decirle misógino a Freud “porque eran otras épocas”. En esas “otras épocas”, había una mujer que ya lo cuestionaba, y entender su obra y lo que pasó con ella es más que revelador.

Karen Horney sentenció: las mujeres no envidiamos el pene, las mujeres envidiamos “la independencia masculina”; así estaba dando inicio a un vasto desarrollo epistemológico para explicar las desigualdades sociales, que tienen como punto de partida un mundo explicado por y para los hombres. La psicóloga especializada en psicoanálisis no tuvo un buen destino. El Instituto de Psicoanálisis de Nueva York la expulsó, como un final anunciado de lo que ocurre con aquellas mujeres que son fuertes, con aquellas mujeres que vienen a relatar la verdad incómoda. Pese a que algunos autores de su época la reconocieron, tras su muerte su obra quedó muy marginada, y si bien volvió a publicarse años después, su nombre es aún ignorado, en una injusticia histórica.

Otra de esas mujeres sobre las que jamás escuché hasta entrada la adultez fue Simone de Beauvoir. ¿Cómo podía ser que una mujer que escribió una obra suprema, El segundo sexo, sobre cómo se constituye a nivel educativo y cultural el género, algo que atraviesa todos los vínculos sociales, no estuviera en un programa académico dentro de una carrera de Ciencias Sociales? Y menciono esto porque va mucho más allá del feminismo: la Ciencia Política, como toda carrera del espectro de la sociología, estaba repleta de autores que describían teorías obsoletas, por ejemplo. Pero ella, que sí había escrito un libro robusto sobre la educación de las mujeres, una obra maestra de las relaciones de poder analizadas desde el género, no figuraba ni como referencia, ni siquiera como bibliografía optativa.

***

¿Hay salida? En este libro, les propongo ahondar en esta pregunta profundizando a su vez en la educación que recibimos como mujeres. El miedo a estar solas, la desazón de estar acompañadas y sentirnos solas, la angustia de ponernos en duda constantemente... Cuando hay una verdad interna que grita, y un ruido externo que calla, ¡no somos nosotras las que estamos mal, nuestros problemas no son individuales!, sino que tienen una estructura social por detrás que es necesario conocer y entender. Eso nos va a ayudar a resignificar cada uno de los aspectos de nuestra vida. Créanme que es así.

Escribo este libro porque tengo esperanza. Estoy segura que en la búsqueda por ir descifrando muchas de las cosas que nos suceden hoy, encontrando la punta del ovillo en el pasado, podremos dar un viraje de timón que cambie nuestra historia para cambiar la Historia de todas las mujeres. Solas rezaba: al silencio de nuestra soledad nunca más, y (Mal) Educadas busca poder decirles: el conocimiento nos hará libres.

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