Degradación y peligro de incendios: los humanos convierten los bosques en plantaciones de árboles uniformes
Las masas forestales son cada vez más plantación y menos bosque. A base de extinguir árboles autóctonos y favorecer la expansión de especies exóticas, los humanos convierten los bosques en ecosistemas menos diversos, más uniformes, lo que no solo los degrada, sino que hace que pierdan su capacidad para almacenar carbono y resistir el fuego.
“Los bosques del mundo están entrando en una nueva era caracterizada por la homogeneización, la pérdida de biodiversidad y el debilitamiento de los ecosistemas”, afirma un reciente estudio internacional en el que ha participado el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (Creaf-CSIC). Cuando se habla de homogéneo, hay que pensar amplias extensiones con árboles de una misma especie y edad parecida. Muchos fruto de plantaciones para obtener madera o repoblaciones.
Lo que han constatado estos científicos –que han revisado más de 31.000 variedades de árboles– es que los bosques contienen menos especies. “Las velocistas del mundo vegetal se están expandiendo y ganando terreno por todo el mundo”, explican los investigadores. En la península ibérica esos “velocistas” son, sobre todo, pinos, acacias, eucaliptos y ailantos, según la investigación del Creaf.
La gestión forestal histórica ha favorecido estas especies velocistas para la producción rápida de madera o para repoblar zonas tras incendios y estamos perdiendo la columna vertebral de los ecosistemas
“Estamos perdiendo la columna vertebral de los ecosistemas”, ilustra el coautor del estudio, Josep Peñuelas. Se refiere a que esas especies nativas que son de crecimiento más lento, que generan madera densa y tienen larga vida están siendo sustituidas por variedades de vida más rápida, oportunistas y generalistas, lo que significa que los bosques del futuro van a ser más uniformes, menos diversos y por tanto, más débiles frente al cambio climático. Y, como ha explicado el neurobiólogo italiano Stefano Mancuso: “Los bosques son los únicos que nos van a salvar del calentamiento global”.
La realidad pone luego números e imágenes concretas a los datos científicos al llegar olas de megaincendios forestales cebados por el cambio climático, como, sin ir más lejos, el verano pasado.
La cuestión es que, como estas variedades tienen madera poco densa y las hojas pequeñas, pueden crecer muy rápidamente y eso les permite colonizar terrenos degradados y quemados mientras las especies nativas como puede ser el roble o la encina, como desarrollan madera más densa, tardan en crecer y no les dejan establecerse.
Peñuelas, investigador del CSIC en el Creaf, explica que, además de las razones biológicas, el “otro gran factor” para que estas especies puedan aprovechar sus ventajas de crecimiento es “el humano”. “La gestión forestal histórica ha favorecido estas especies velocistas para la producción rápida de madera o para repoblar zonas tras incendios”, señala.
En este sentido, al menos en el caso ibérico, convertir en rentables económicamente las masas forestales y la expansión de plantas ornamentales están en el origen de este problema si se repasan los análisis científicos de las variedades colonizadoras.
Las “velocistas” en España
De las especies detectadas por el estudio, el ailanto está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras porque, según su ficha oficial, “altera el funcionamiento del ecosistema forestal”. Es “muy competitiva, invasora de zonas riparias, produce toxinas en hojas y corteza que, al acumularse en el suelo, inhiben el crecimiento de otras especies o desplaza a la vegetación natural preexistente o dificulta su regeneración futura”. Entró a los ecosistemas al llegar como planta de jardín.
Sobre las acacias, al menos cuatro variedades aparecen en el mismo catálogo de invasoras, principalmente, por cómo impide que la vegetación autóctona pueda brotar. Originarias de Australia, llegaron a España como planta ornamental y su capacidad de colonización ha hecho que, incluso, se naturalice en varias áreas españolas.
Sobre los eucaliptos, los científicos tienen claro que es una especie invasora, como dictaminó el Comité Científico del Gobierno en 2017 –todavía presidido por Mariano Rajoy (PP)– al concluir: “Constatado con los datos científicos disponibles el carácter invasor de las especies de Eucalyptus naturalizadas en nuestro país, se concluye que se debería incluir en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras”. Sin embargo, la importancia económica que ha adquirido ha hecho que no se incorpore a esa lista porque la ley prohíbe aprovechar económicamente las variedades del Catálogo.
Los pinos, por su parte, han sido una especie escogida para repoblar durante décadas (el 82% de lo replantado en las décadas de la mitad del siglo XX) por “por su presencia en gran parte de nuestra geografía y por el valor social o económico de sus aprovechamientos”. Estas “plantaciones” han derivado en “paisajes con gran carga de combustible” que incrementan las intensidades de los incendios, según investigó un grupo científico de la Universidad de Cádiz hace unos meses. Estas masas “registraron incendios más severos y una recuperación mucho menor que otros tipos de vegetación, como los robledales o los matorrales mediterráneos”.
La homogenización es un golpe duro para la naturaleza en España por su alto grado de biodiversidad. “A diferencia de la mayoría de los bosques del centro y del norte de Europa, donde predominan solo alrededor de una docena de especies arbóreas, los bosques mediterráneos son mucho más diversos y albergan hasta cien especies distintas de árboles”, según explica el documento oficial del Ministerio de Transición Ecológica sobre la región mediterránea en la Red Natura 2000.
Más fuego, menos carbono
Las consecuencias de estas pérdidas se expanden por muchos campos y son todas negativas. “Hay más riesgo de incendios”, afirma directamente el ecólogo Josep Peñuelas. “Especies como los pinos y eucaliptos son más inflamables y generan estructuras de bosques más propensas al fuego que los robledales o los encinares maduros”. No se trata de “demonizar a los pinos”, insiste, pero “sí de no favorecerlos donde no conviene y hacer una gestión menos productiva y más restaurativa”. Es decir: menos centrada en sacar beneficio económico del bosque.
Un análisis científico del Joint Research Center (JRC) de 2023 concluyó que “los bosques primarios y maduros son menos propensos al riesgo de incendios que los bosques modificados por los humanos”. Los bosques maduros tienen que ser diversos (con muchas especies), con árboles muy grandes a los que les ha dado tiempo a crecer (generar madera gruesa). El JRC describe: “Grandes y diversas cantidades de madera y restos gruesos”.
A la vista de los datos, Josep Peñuelas aclara que “los bosques se convierten en dominios exclusivos, o dominados, por especies de crecimiento rápido y eso provoca que los ecosistemas se vuelven más vulnerables”. Así, entre otras cosas, absorben menos carbono. Los árboles de madera ligera y vida corta almacenan menos carbono a largo plazo que los bosques maduros de madera dura y eso “empeora la lucha contra el cambio climático”. Cuanto menos CO2 tragan las plantas, más gas termina en la atmósfera. Más efecto invernadero. Más crisis climática.
Los investigadores piden que, por un lado, se frene la llegada e implantación de las especies invasoras. Hay que tener en cuenta que el grupo más numeroso en España de esta categoría es el de las plantas. Sacarlas de la naturaleza se ha convertido en una misión muy ardua. La frase que se repite en las fichas de las especies es: “Su erradicación es difícil y costosa”.
Peñuelas aboga también por “promover las especies lentas en reforestaciones y planes de gestión. Priorizar activamente la plantación y protección de las especies nativas de madera densa como los robles, las encinas y las hayas”. Y remata pidiendo “reducir la competencia por la luz y el agua, permitiendo que las especies nativas del sotobosque puedan también crecer”. Sotobosque son los matorrales.
Especies lentas y sotobosque, medidas a contracorriente respecto al discurso generalizado sobre limpiar el bosque y hacerlo rentable, pero que la ciencia coloca como palancas para salvarlos de ser una simple plantación.