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Doñana, bajo la amenaza de quedarse sin agua

Una bandada de flamencos sobrevolando el parque

Raúl Rejón

Doñana —

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Para hablar de Doñana lo primero que conviene hacer es salir de Doñana. Alejarse un poco para ver cómo su agua no le llega nunca. El agua que inundaba la marisma mediante múltiples brazos fluviales y que ahora, simplemente, no mana. ¿Y cómo sobrevive un humedal sin agua? 

Ese primer paseo tiene que discurrir más allá de las rayas que acotan el espacio. Fuera de las lindes del parque nacional. “Porque Doñana es como un melocotón: piel, carne y corazón. De fuera hacia adentro”, como describe José María, uno de los guías que muestra el parque a los visitantes desde hace 10 años. 

Este periplo previo debe discurrir por una corona de tierra llena de fincas, pozos y balsas de riego. Un serpenteo a través de una especie de mini cuenca que ofrece respuestas a porqué la famosa marisma, la marisma que, de pura riqueza, sedujo a media Europa hace 50 años para poner dinero y salvarla de la desecación, pelea contra contra la sequía, contra el cambio climático y la presión humana. El líquido se queda lejos, chupado para campos de regadío o por la amputación del río Guadiamar.

De los cursos que desembocaban tradicionalmente en Doñana, Soto Chico, Soto Grande, Guadiamar, Caño Travieso, El Partío y La Rocina, ya solo los dos últimos pueden fluir hacia la marisma. En realidad, cuando alguien se acerca a ellos, contempla que tampoco fluyen porque están secos.  

A comienzos de noviembre de 2022 –en la época que debería estar rellenándose de agua– el curso de La Rocina no transportaba nada. El arroyo baja desde el noroeste y debería verter a la entrada del humedal en la marisma de La Boca que abre el parque nacional en El Rocío. La Boca, que es el inicio de La Madre de las Marismas y que –normalmente– llevaría el agua hasta el río Guadalquivir, resulta más bien una llanura con un charco en el centro donde se agolpan las aves acuáticas.  

El arroyo, que atraviesa la zona fresera y de frutos rojos de Huelva, está entonces sin agua. Al ascender por su cuenca, se ven multitud de campos de regadío con sus techos de plástico. “Este es legal, pero este de aquí al lado no tiene permiso para usar el agua”, va describiendo Felipe Fuentelsaz que trabaja  en la oficina de WWF en Doñana.   

El camino es un catálogo de fincas regulares y piratas. Y un discurrir por cursos atascados de plantas, pero sin agua. Al llegar a la cabecera de La Rocina, en el arroyo Don Gil, el panorama es el mismo: seco. 

Cuando se asciende por el arroyo de La Cañada, que debería verter líquido a La Rocina, el caudal visto es inexistente. El agua que, al menos una parte, nutriría Doñana se extrae del subsuelo con pozos, permitidos y no permitidos, y se queda estancada en balsas excavadas con el fin de retenerla. ¿Cómo va a manar algo hasta la marisma? 

El problema del abuso del agua no tiene mucha discusión. Tres de los cinco acuíferos que brotan por estos caños y arroyos están sobreexplotados. “En mal estado”, según la declaración oficial.

¿Un humedal sin agua es un humedal? Doñana, como si fuera un agricultor, debe mirar al cielo. Sobrevive de lo que llueve. Pero el cielo no está siendo bondadoso con Doñana en los últimos años. Padece sequía y eso aflora todos sus problemas. Actualmente, la marisma depende de la lluvia, el río no le da nada. 

En 2022, Doñana, como si fuera un agricultor, debe mirar al cielo. Sobrevive de lo que llueve, pero el cielo no está siendo bondadoso

El último día del mes de noviembre de 2022, la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, viajó a la localidad onubense de Almonte para presentar su plan de rescate para Doñana. El Gobierno planea volver a conectar el río Guadiamar con la marisma, más de medio siglo después, además de comprar fincas para que los derechos de uso de agua que llevan aparejados no se utilicen. “El agua es el eje principal de las actuaciones”. Mucha falta le hace falta al parque.

Por dentro

Después de pasearse por fuera, entonces sí, conviene pasearse por dentro. Entonces se entenderá todo. Al adentrarse en el parque nacional lo que uno se encuentra primero es un bosque donde el lince ibérico salvó el pellejo por los pelos. Luego llega a una vera y, por fin, la marisma.

José María Galán es guía forestal del parque desde 1992 y dice que el entorno ha cambiado mucho desde que lo contempló por primera vez. “Venimos de una cultura en la que hemos estado canalizando y sometiendo a la naturaleza”, cuenta.  Pero, además, considera que “no conocemos la magnitud total del problema en Doñana”.

Porque las amenazas llegan por varios frentes: la agricultura intensiva, la presión humana, el embate del mar y las repoblaciones. “Lo que se refiere a los pozos para el riego o el aumento de la temperatura global sí lo conocemos bastante bien, pero no sabemos cuál es el impacto real de, por ejemplo, las grandes repoblaciones forestales que se hicieron aquí –puntualiza–. Y esos no-bosques, porque son más bien plantaciones de una sola especie, están aquí para desecar la laguna Y lo han conseguido. Tienen gran densidad y generan un gran impacto en el acuífero superficial”. 

Ahora que lo que escasea es el líquido, Galán, rememora que “cuando ves las primeras veces a Doñana sin agua y con esas mortandades de aves se te rompe el alma”. Pero luego, añade, “con el paso del tiempo y los ciclos, te das cuenta de que tiene tal resiliencia que los humanos acabaremos con nosotros mismos antes que con Doñana”. 

Aquí no se da uno sino muchos ecosistemas, todos sustentados por la inundación desbordada de los ríos. “Solía comenzar a principios de septiembre y la mayor lluvia en promedio se registra en noviembre”, refleja la Estación Biológica que trabaja en el corazón del parque. Lo que ha llovido este otoño “son cuatro gotas”. Y luego han llegado, otra vez, semanas de poca lluvia durante 2023.

La marisma y su vocabulario

La marisma parece, pero no es, una planicie absoluta. Está llena de ondulaciones, elevaciones, depresiones y cursos. Por eso, cuando le llega el agua, se llena de lagunas, isletas, hoyos y caños dentro de una especie de mar interior, una lámina extensísima de líquido. 

A medida que alguien avanza por dentro de esta llanura puede empaparse de todo lo que provocan las ondulaciones sin fin. Y del vocabulario propio que han generado.

Una depresión del terreno que retiene el agua aquí se le llama lucio. Y cuando llega el verano y se evapora la inmensa marisma deberían convertirse en laguna. Un refugio húmedo cuando todo alrededor se está convirtiendo en secarral. 

A lo largo de toda la extensión se cuentan unas hondonadas abiertas para retener agua, si la hay, que se llaman zacayones y permiten a los animales aguantar el verano. Las zonas hundidas, pero alargadas, reciben el nombre de caño y son las que llevan el agua a todas partes. 

Entre lucios y caños, en Doñana se elevan, muy poco pero suficiente, las vetas y los toruños. Islas elevadas sobre el nivel del agua que raramente se inundan. Y entremedias los paciles que no están hundidos, pero sí pueden encharcarse.

Un glosario para conformar el mosaico de Doñana. Un diccionario que describe la multitud de realidades que se han creado aquí a base de mezclar el agua con la tierra.

Así se crea una marisma dulce, cuajada de plantas que es el lugar preferido de las aves acuáticas. Y una marisma más salobre, que es la que buscan las zancudas espátulas y los flamencos además de los patos buceadores. ¿Cuántas doñanas hay en Doñana?

“A esta parte del caño del Guadiamar la llamaba yo el árbol de Navidad, porque las ramas de las plantas estaban llenas de pájaros como bolas, y mira ahora”, cuenta José María durante un recorrido por dentro del parque. Las ramas están desnudas de plumas a la vista.

“Nunca había visto este caño seco y lleva así tres años”, sentencia el guía.

La ruta de los ánsares

Mientras habla, una bandada de ánsares vuela en dirección al mar. Han venido desde el norte de Europa para librarse del frío boreal. Aquí comen y luego descansan. Su historia es la historia de la agresión a Doñana.

Los ánsares han bajado siempre al humedal a comer una planta acuática llamada castañuela. En realidad, comen su duro rizoma. Pero los ánsares que han cruzado el cielo al atardecer de este día de noviembre no vienen de comer castañuela. La marisma está muy seca. No ha crecido casi nada de esta planta. Estas bandadas regresan de comer arroz. Al este de Doñana, donde antes también había marismas, hace décadas que se extienden inmensos arrozales. Así que, a falta de castañuela, los ánsares vuelan un poco más allá para alimentarse del grano. 

Luego regresan al mismo dormidero al que han volado cada anochecer desde que los gansos se refugian en Doñana para sobrellevar el invierno: el cerro de los ánsares. Una duna móvil que se eleva 30 metros y separa la marisma del océano Atlántico. 

¿Para qué se posan allí? Para hacer la digestión. Los ánsares, a miles, aterrizan en su cerro, que es de arena, y tragan granos para romper la comida en su molleja. 

Tantos se reúnen, que la duna sirvió durante décadas como cazadero cotizadísimo de gansos. Y tantos disparos se pegaron en el cerro, que los perdigones, enterrados, infestan el paraje. Los gansos se los tragan al buscar esa arena que les ayuda a digerir su comida y a menudo se envenenan con el plomo que han dejado allí las innumerables jornadas de caza. 

Así que los ánsares atraviesan un continente camino a su refugio invernal para encontrarlo seco y sin comida. Luego se adentran en los arrozales para comer, fuera de su humedal protegido, y regresan a su cerro a dormir y hacer las digestión. Pero, en realidad, muchos se han envenenado con la arena contaminada de perdigones de plomo.    

“Este no es un territorio salvaje sino resiliente que ha tenido que absorber muchos impactos –afirma José María Galán–. Doñana me hace pensar: se trata de una síntesis de los problemas que se distribuyen por muchas zonas. Es un laboratorio de sostenibilidad: qué capacidades tenemos de respetar un entorno y seguir viviendo como una sociedad del siglo XXI”. 

Felipe Fuentelsaz, tras hacer todo el recorrido exterior por la corona forestal norte de Doñana, reflexiona sobre la responsabilidad compartida: “Queremos pensar que tiene solución, pero si no la conseguimos, será un fracaso de todos”. 

Más tarde, en aquel recodo del caño que el guía turístico llamaba “el árbol de Navidad”, él mismo confiesa: “Tengo que ser optimista, sobre todo de cara a los que nos visitan, pero lo que yo veo aquí año tras año...”.

Y tú, Galán, ¿cómo ves Doñana dentro de 10 o 20 años? “Pues no lo sé. Puede que la gestión del agua y de los pinos sea más activa, porque será el único instrumento para que las lagunas tengan recursos. En un entorno tan incierto y ambiguo no es fácil tener una fotografía para dentro de ese tiempo. Aunque, siendo de corazón optimista, espero que se parezca a lo que tenemos ahora”. 

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