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Entre la fascinación, el horror y el delirio: así se han plasmado los eclipses a lo largo de la historia del arte

Eclipse solar en Fondamenta Nove, del artista Ippolito Caffi (1842).

Antonio Martínez Ron

8 de agosto de 2026 22:22 h

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La visión de un eclipse total de Sol ha impactado profundamente a los humanos desde la noche de los tiempos y ha dejado su huella en el arte. “Ver un eclipse total desde un lugar concreto es algo que solo podemos hacer de media cada 375 años y por eso han causado una impresión muy profunda en el ser humano”, asegura Miguel Querejeta, astrofísico e investigador en el Observatorio Astronómico Nacional, que junto a la historiadora del arte Inés Pérez Teresa, acaba de publicar el libro El Cosmos en el Arte (Akal, 2026).

Estos fenómenos, recalca Pérez Teresa, “crean sensaciones que van desde el horror hasta la más absoluta atracción”. A lo largo de la historia, argumenta, encontramos una voluntad de aprehender los eclipses, no solo desde el punto de vista puramente científico, sino también desde el ámbito más artístico. “Esto ha conducido a representaciones en todo tipo de soportes que permitan mostrar, tanto a las personas contemporáneas como a las del futuro, las sensaciones que causaron los eclipses en el momento en el que se vivieron”, asegura. “Y, a medida que avanzaba la historia y el arte iba pasando por diferentes estilos y técnicas —añade Querejeta—, las representaciones fueron cambiando y haciéndose cada vez más diversas”.

Este es un pequeño recorrido por su evolución con la ayuda de los dos expertos.

El “eclipse imposible” de la crucifixión

Detalle del eclipse en 'Anónimo valenciano. La Crucifixión' hacia 1450 - 1460.

Una de las representaciones más antiguas es la que se asocia a la crucifixión de Cristo, una tradición que se remonta a la Edad Media y que continúa en el Renacimiento. “Según los tres evangelistas sinópticos, durante la crucifixión de Cristo hubo una oscuridad que duró un total de tres horas. En la historia del arte, a menudo se ha interpretado como un eclipse total de sol”, señala Querejeta. Aunque en los textos bíblicos no se habla de eclipse, sino de oscurecimiento, los artistas vieron una oportunidad para crear una imagen potente, apunta Pérez Teresa. “Así, podemos encontrar el sol tapado y rodeado por un círculo con rayos, cubierto por velos o parcialmente oculto por filigranas decorativas”, señala.

El anónimo valenciano del siglo XV que se encuentra en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza es un ejemplo muy interesante, a juicio de los dos especialistas, pues presenta un enigmático círculo opaco y cuarteado suspendido en un cielo. Y en el Cristo crucificado, en el Museo Diocesano de Arte Sacro de Vitoria, José de Ribera recurre a un ingenioso truco visual superponiendo ligeramente las siluetas completas del Sol y la Luna para sugerir el tránsito, una perspectiva imposible.

Cristo crucificado de José de Ribera y detalle del eclipse.

En ambos casos son representaciones hechas “de oídas” por alguien que nunca ha visto un eclipse, señala Querejeta. Asimismo, desde el punto de vista de la física, lo que mencionan los evangelios nunca puede ser un eclipse, pues la totalidad no puede prolongarse durante tres horas. “Además, la Pascua judía y la Pasión se rigen por el calendario lunar y ocurren bajo luna llena, fase en la que es astronómicamente imposible que la Luna se interponga entre la Tierra y el Sol para generar un eclipse solar”, sentencia.

El Romanticismo y la busca de “lo sublime”

Con la llegada del siglo XIX, la secularización del mundo y el avance de la ciencia desplazaron la religión del centro de la experiencia humana. “Los eclipses ya no son protagonizados por la figura de Cristo, sino que pasan a protagonizar las obras en solitario”, explica la historiadora del arte, Inés Pérez Teresa. En este periodo, los astros eclipsados se convirtieron en el vehículo perfecto para explorar “lo sublime”: aquella categoría estética romántica que define “aquellos fenómenos de la naturaleza que crean en el ser humano una sensación de vértigo, de pavor y al mismo tiempo fascinación”, resume la experta.

De este periodo los dos expertos destacan dos representaciones de eclipses con aproximaciones muy diferentes. Por un lado, el cuadro de Ippolito Caffi que representa el eclipse de Venecia en 1842 —y que encabeza este artículo—. Aunque el artista quiere plasmar un eclipse real que oscureció la ciudad de los canales el 8 de julio de aquel año, destaca Querejeta, pinta una cuña de luz rasgando el cielo que sencillamente no se produce. “Nosotros no podemos ver esto en el cielo, pero esa sombra que se va desplazando es un mecanismo muy efectivo para transmitir esa idea del sol eclipsado”, afirma Querejeta. “Contrasta el realismo que aplica en la representación de Venecia con esa visión tan poco realista”, añade Pérez Teresa.

Eclipse solar en Feodosia (1851/1876), de Iván Aivazovski.

La otra obra es la del pintor ruso Iván Aivazovski y su Eclipse solar en Feodosia (1851/1876). El artista presenció un eclipse total el 28 de julio de 1851 en su Feodosia natal, tras regresar de un largo viaje por Europa. Sin embargo, no lo llevó al lienzo hasta un cuarto de siglo después, en 1876. “El fenómeno tuvo que tener una repercusión enorme en él, que esperó 25 años a representarlo”, reflexiona Pérez Teresa. En este caso, el resultado es extraordinariamente fiel a la realidad física, apunta Querejeta. “Vemos un cielo crepuscular pero no completamente nocturno, una corona solar bien definida y un tamaño del Sol bastante bien proporcionado respecto al paisaje costero”.

Una visión más “científica”

Eclipse total de sol observado en 1878 en Creston, Wyoming. Étienne Léopold Trouvelot.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la fotografía todavía estaba naciendo y aún eran los artistas los que tenían que acudir al rescate de la astronomía. “Mediante cuadros podían representar mucho mejor lo que se observaba a través del telescopio y lo que veía el ojo en el cielo”, apunta Querejeta. Figuras como el francés Étienne Léopold Trouvelot o el estadounidense Howard Russell Butler, señala Pérez Teresa, “emplearon su arte al servicio de la ciencia” realizando encargos directos de instituciones académicas.

Trouvelot inmortalizó en bellísimas cromolitografías los detalles de las protuberancias y la corona solar con un nivel de fidelidad que la astrofotografía de la época, aún en pañales, no podía alcanzar. Mientras que Howard Russell Butler recibió un encargo crucial de la Universidad de Virginia para retratar la corona solar durante los eclipses ocurridos entre 1918 y 1925. “En su obra está muy bien representada la estructura de la corona y vemos como de un eclipse a otro ha cambiado”, destaca el astrofísico. “Refleja el momento en el que la actividad es máxima, la corona es más extensa y muestra una mayor estructura”.

La mirada múltiple y contemporánea

Detalle de la obra  'The Eclipse', de Alma Thomas (1970).

La llegada de la era espacial a finales de la década de 1960 abrió nuevas fronteras para la imaginación artística. Una de las figuras que mejor captó esta fascinación fue la pintora Alma Thomas. “Fue una mujer afroamericana, una de las primeras que tuvo un impacto artístico a nivel nacional e internacional”, explica Querejeta. “Estaba fascinada por los avances científicos y, cuando tenía casi 80 años, desarrolló una serie de lienzos titulada Space, inspirada por la carrera espacial y el alunizaje de 1969”. Dentro de esta serie destaca The Eclipse, probablemente inspirado en el que presenció en 1970, un mosaico vibrante de pinceladas concéntricas de colores vivos. “Lo representa siguiendo un poco su leitmotiv artístico, que es el colorido”, señala el experto.

Un detalle de la instalación 'Totality', de Katie Paterson (2016).

En el extremo más conceptual y contemporáneo de esta evolución se encuentra la artista británica Katie Paterson, creadora de la deslumbrante instalación Totality (2016). Conocida por sus proyectos multidisciplinares y su estrecha colaboración con científicos, Paterson concibió una obra que condensa siglos de fascinación celeste en una sola experiencia. “Sabemos que trabajó con más de 10.000 imágenes de eclipses y las imprimió en las diminutas facetas de espejos de una clásica bola de discoteca”, explica Pérez Teresa.

Al girar en una habitación a oscuras, la bola proyecta sobre las paredes miles de destellos, cada uno de los cuales es la imagen real de un eclipse histórico documentado por el ser humano. “Es una obra inmersiva, una obra que sitúa al espectador dentro del eclipse, dentro de muchos, muchos, muchos eclipses, dentro de 10.000 eclipses al mismo tiempo”, concluye entusiasmada Pérez Teresa. “Se trata, tal vez, de la obra que mejor sintetiza la eterna e íntima relación de nuestra especie con las sombras del cosmos en el siglo XXI”

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