El juicio a las parejas que llevan años juntas y quieren vivir separadas: “La gente piensa que no es una relación de verdad”
Keka Puchades y Chema Ricart se conocen al dedillo los horarios de los trenes de alta velocidad que hacen el trayecto Madrid-Barcelona. Son pareja desde hace más de 12 años, pero siguen viviendo cada uno en una ciudad. Se casaron hace dos años y, aunque muchas personas pensaron que sí, que ahora ya sí iban a empezar a convivir, continúan manteniendo su modelo. “No es que no podamos vivir juntos, es que la relación funciona muy bien así y no tenemos ninguna necesidad de cambiar”, explica Keka, de 52 años.
Aunque no es lo mayoritario, no son pocas las parejas que llevan tiempo juntas y residen en casas separadas. Y no porque haya algo que les obligue a hacerlo, sino porque así lo han elegido expresamente. Es un fenómeno que lleva tiempo estudiándose y tiene hasta nombre: son las llamadas relaciones LAT, living apart together por sus siglas en inglés, que significa “juntos pero separados”. Una elección que todavía desafía el estándar social de lo que se supone que es ser una pareja y que asocia la estabilidad afectiva a la convivencia. El Código Civil la establece como una “obligación” del matrimonio.
“Para nosotros nuestra relación es así, es plena y completa sin necesidad de convivir y eso hace que ninguno de los dos tenga que renunciar a su entorno para estar con el otro”, apunta Keka, que conoció a Chema, seis años mayor que ella, cuando tenía dos hijos pequeños de una pareja anterior. Ya entonces ella vivía en la capital, él en Barcelona y cada uno tenía “su vida montada”, su familia y sus amistades en una ciudad diferente. “Al principio nos veíamos en Zaragoza, fue pasando el tiempo y la realidad es que funcionaba muy bien, cuando nos veíamos estábamos súper a gusto”.
Para verse, suelen alternar estancias largas con visitas más cortas. “Cuando viene él se queda dos, tres semanas o un mes y luego igual pasan tres y voy yo cuatro días”, dice Keka. Han llegado a convivir durante algunos meses, pero eso no les hace cambiar de opción, incluso ahora que sus hijos son mayores y Chema puede teletrabajar desde cualquier lugar. “Nuestro compromiso es a largo plazo, pero nuestra relación respeta mucho la vida que el otro tenía ya formada”, cuenta la mujer, para la que, el hecho de haberlo hecho ya previamente con otras relaciones, influye: “No teníamos la necesidad de marcar ningún 'check' en la pareja. Todo eso, cuando ya lo has hecho, es diferente”.
Los estudios que abordan el fenómeno revelan un “aumento notable” de estas relaciones en las últimas décadas debido a cambios sociales como el divorcio o la “diversificación” de los tipos de relación, según el estudio Vivir separados pero juntos en la España contemporánea, publicado en 2024 en la revista Advances in Life Course Research. Es de hecho, uno de los pronósticos que la Oficina Nacional de Prospectiva Estratégica de Moncloa acaba de hacer para 2050: habrá menos convivencia “sin renunciar al compromiso”, una tendencia que ya se da. El porcentaje de mujeres que vivían con sus parejas en 1980 ha pasado del 90% al 60 o 70% según la edad.
Xavier Roigé, experto en transformaciones familiares y catedrático de Antropología de la Universidad de Barcelona, explica que, por regla general, existen “diferentes perfiles” de parejas LAT y distintos motivos para serlo. “Hay personas que eligen el modelo para proteger su independencia y sus espacios o evitar el desgaste cotidiano. Es algo que suelen hacer con más frecuencia personas divorciadas, viudas o solteras de cierta edad. También hay parejas que no es que no quieran convivir, sino que hay circunstancias que les fuerzan, por ejemplo vivir en ciudades diferentes o no poder emanciparse debido a la precariedad laboral o la falta de acceso a la vivienda”.
Según el estudio, las personas de entre 20 y 24 años esgrimen considerarse “demasiado joven” como motivo principal para vivir separadas de sus parejas, mientras que las preocupaciones financieras y laborales pasan a ser el motivo predominante de quienes tienen entre 25 y 34 años. Es decir, si pudieran emanciparse, tomarían la decisión de convivir. Por encima de esa franja de edad, cobran especial relevancia otros motivos como el deseo de mantener la independencia o el hecho de tener hijos de relaciones anteriores.
Una “relación-relación”
Si la crisis de la vivienda y las condiciones económicas atraviesan las decisiones de quienes no pueden vivir juntos o incluso de las parejas que no pueden separarse por este motivo, también —pero en el sentido inverso— juegan en algunos casos un papel en el caso de las parejas LAT. Y es que varias de las personas consultadas para este reportaje coinciden en apuntar a la “suerte” o al “privilegio” de poder vivir solas. De hecho, la única vez que recientemente Keka y Chema se han replanteado la decisión fue en marzo de 2025, cuando ante una posible subida de su alquiler por la renovación del contrato, pensaba que no podría pagarlo él solo.
El “privilegio de poder permitirme una vivienda” es algo que nombra Jara, que tras vivir con dos parejas diferentes, a los 38 decidió que no lo haría en el futuro. “Uno de los aprendizajes que saqué es quería conservar mi independencia, tener mi parcela de vida y luego una vida en común”, afirma esta madrileña de 47 años que prefiere usar un nombre ficticio. Desde 2022 tiene una relación estable con Rodrigo sin convivencia y, aunque reconoce que su entorno más cercano es de mente “abierta” y no lo juzga, cuando sale de su “burbuja”, el cuestionamiento y la presión están ahí.
“Lo que suele pensar la gente es que la relación no es lo suficientemente estable o no está bien construida. Cuando dices que no vives con tu pareja porque no quieres, la cara de sospecha es habitual. Y, en mi experiencia, en una relación heterosexual, se da por hecho que es él el que no está comprometido contigo y nosotras estuviéramos esperando todo el rato dar esos pasos”, cuenta Jara, que recuerda cómo, hace poco tiempo, alguien con quien comentaba algo sobre su pareja le dijo: “A ver, es que como la tuya no es una relación-relación...”. Menciona también cómo la familia de su novio lo ve extraño: “Para su padre creo que soy una persona con la que a veces sale a cenar”.
Los comentarios o miradas que cuestionan su elección también son percibidas por Keka. “La pregunta de cuándo nos vamos a ir a vivir juntos siempre ha sido recurrente y, al responder, la gente suele decir 'bueno, sí, ya veréis como más adelante ocurre'. Es como si no llegaran a creérselo. Cuando nos casamos, volvimos a la casilla de salida y la gente nos decía: 'ahhh, ahora sí'. Ves muchas caras de asombro, sigue siendo algo que no se comprende”, cuenta.
Mantener la red en el barrio
Jara tenía claro que no viviría con su pareja antes de conocer a Rodrigo, pero además él tiene tres hijos de su exmujer, por lo que es un motivo más de peso. Como tiene custodia compartida, la semana que él no está con ellos, se ven y duermen juntos todos los días. Tener niños o niñas es un factor que influye, pero no en todos los casos: Pedro y Sofía tienen 36 y 38 años respectivamente y llevan cinco juntos, pero viven separados. En alguna ocasión se han planteado cambiar de modelo, pero siempre han decidido que no por “diferentes factores” y, sobre todo, porque ambos residen en barrios diferentes de Madrid en los que han construido su red y su vida, a las que ninguno quiere renunciar.
“En realidad estamos bien así y no vemos en la convivencia una mejora en la relación, que ya de por sí es buena. Esto nos permite mantener una cotidianidad con nuestro entorno y a la vez compartir espacios”, sostiene Sofía, que remarca lo habitual que es el “tener que justificarnos y dar explicaciones” cuando cuentan que no conviven. “En el ámbito familiar a veces nos sentimos obligades a hacer cosas como ir a una reunión, por ejemplo, porque parece que tenemos que demostrar que nos queremos”, añade.
Un desafío en varios ámbitos a lo socialmente establecido es la vida de Óscar, que lleva seis años con su novio Ricardo en una relación no monógama. Los motivos para no convivir con él son dos, dice: por un lado, la “profunda suerte” de llevar pagando el mismo alquiler en Madrid durante los últimos 14 años. Y por otro, el hecho de que Ricardo vive con dos parejas más, con las que lleva 20 y ocho años respectivamente. “No es algo que nos hayamos replanteado, pero tengo claro que si podemos seguir así es por el precio que pago de alquiler”, afirma.
En su caso, la extrañeza ajena tiene mucho que ver con su tipo de relación, aunque el hecho de que su entorno sea afín minimiza mucho el cuestionamiento. En ocasiones, sí siente —“no es nada explícito”, dice— que “hay cierta duda, como si esto no fuera en serio y estuviéramos pasando el rato”, menciona.
A pesar de la presión y del mandato que asume que el paso “lógico” en una relación que llega a un determinado punto es el de la convivencia, cada vez son más quienes se plantean que existen otras opciones. Y que, para ellos, son una ventaja: “Después de 12 años juntos nos seguimos echando de menos, hay muchos conflictos de la convivencia y del día a día que no vivimos, así que es muy fácil no estar enfadado. El tiempo que pasamos juntos es súper preciado y lo aprovechamos al máximo. La gente puede pensar que no es una relación de verdad. Bueno, pues a mí me vale una relación de mentira”, ironiza entre risas Keka.
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