Moncloa imagina la España de 2050: más diversidad, casas más pequeñas y familias 4-2-1
“El futuro no llega de repente. Se construye en las decisiones cotidianas de millones de personas”, arranca Vidas Futuras, un día en 2050, un estudio en el que Moncloa ha plasmado cómo cree que será España dentro de 25 años. Esas millones de decisiones cotidianas nos van a llevar a un futuro país más diverso, con otra forma de vivir, de moverse, de comer incluso, de relacionarse, en el que la familia tradicional pierde peso y tamaño a cambio de la “elegida” y de las personas que nos vamos encontrando por el camino de nuestra vida más flexible, menos lineal; una nación más obesa en la que, cómo no, lo digital cada día está más presente, convirtiendo lo offline, lo real, en un bien más preciado; un lugar de gente que trabaja menos, se relaciona a distancia y vive sola en casas pequeñas, aunque tenga pareja.
Una España en la que estos cambios abrirán nuevos frentes para el Estado, que tendrá que vigilar las desigualdades que genere la digitalización o asegurar que las nuevas formas de relacionarse, alimentarse o cuidarse, empujadas por la tecnologización de la sociedad, están al alcance de todos.
Tras España 2050, en el que el Gobierno trató de esbozar cómo estará el país a nivel macro en 2050 y hacia dónde quiere que vaya, la Oficina Nacional de Prospectiva Estratégica (ONPE) esboza en Vidas Futuras cómo estarán sus ciudadanos dentro de un cuarto de siglo y qué se puede hacer desde las políticas públicas para adaptarse a estas nuevas realidades. “No se trata de adivinar el futuro”, explican fuentes del organismo, “sino de prever escenarios. Nos basamos en megatendencias sólidas que no cambian según quién gobierne o haya crisis o no. A partir de ahí, los expertos prevén cómo pueden evolucionar, porque no hay un solo escenario posible”. El informe se ha elaborado con la colaboración de 25 expertos independientes, profesores universitarios en su mayoría.
España cuenta con una ventajas para afrontar estos retos futuros: “Nos gusta la vida social”, explican desde la ONPE, y “si uno de los grandes retos dentro del mundo digital va a ser los problemas asociados a la hiperconexión, la soledad no deseada, etcétera., España cuenta con una baza comparativamente positiva con relación a otros países de nuestro entorno”.
España es hoy un país diferente al de hace 30 años: tiene menos hijos, menos personas casadas, más divorcios, trabaja menos, consume menos carne, tabaco y alcohol pero es más obeso, se desplaza mucho más y los extranjeros se han multiplicado
El estudio mira hacia atrás para apuntar hacia delante. España es hoy un país diferente al que era hace 30 años, expone: tiene menos hijos, menos personas casadas, más divorcios, trabaja menos, consume menos carne, tabaco y alcohol pero es más obeso, se desplaza mucho más y los extranjeros se han multiplicado. Esos y otros cambios “que llevan décadas desarrollándose (...) han redibujado profundamente nuestra vida cotidiana”, empieza. Y esas dinámicas, cuando interactúan con las “grandes transformaciones en marcha” —el envejecimiento demográfico, las migraciones, la digitalización o la lucha contra el cambio climático— esbozan “no solo lo que viene, sino, sobre todo, a quién va a afectar y cómo se va a vivir ese futuro”.
El documento se articula en torno a tres generaciones —baby boom, nacidos a finales de los sesenta; millennials, de finales de los 80; y generación alpha, nacidos en la segunda década del siglo XXI— y diez ramas de análisis, “diez ámbitos que sintetizan nuestras trayectorias vitales y muchas de las decisiones que adoptamos en nuestro día a día”: vivienda, educación, trabajo, ocio, relaciones sociales, movilidad, alimentación, salud y cuidados.
Vivir y relacionarse
Esta “transición hacia una sociedad moderna ha traído consigo una gran pluralidad de visiones y preferencias respecto a la manera de afrontar algunos de los principales hitos de nuestra vida” que conformarán en un cuarto de siglo una España más diversa en la que, aunque aún predominarán las parejas, pero serán diferentes y se retrasan decisiones como el matrimonio o la natalidad, aunque esta última se ve condicionada por elementos como la situación económica, pero también la dificultad que muchas mujeres dicen tener para encontrar un potencial padre.
En las parejas perderá peso la convivencia “como una forma de preservar mayores espacios de autonomía sin renunciar al compromiso afectivo”. Esta tendencia ya se da: desde 1980 el porcentaje de mujeres que vive con su pareja de forma estable ha bajado del 90% general a entre el 60% y 70% según la edad, y que las más jóvenes estén en el rango bajo apunta a que la cifra solo va a seguir bajando.
En las relaciones afectivas, la familia tradicional pierde peso en favor de otros vínculos, como amigos, compañeros de trabajo o incluso las mascotas, que estarán en uno de cada dos hogares. El modelo familiar 4-2-1 (abuelos, progenitores, hijo) apunta a convertirse en el más común, lo que creará una generación de hijos únicos y con pocos o ningún primo que “reforzará la importancia de esas otras redes y ”modelos de cuidado más compartidos y adaptados a estructuras familiares cada vez menos extensas“. Lo digital y la vida flexible imponen las relaciones a distancia, que penalizan la presencialidad pero impulsan la frecuencia y variedad.
Cambia la forma de relacionarse y cambia la forma de vivir, con hogares más pequeños, más diversos y más conectados a los espacios colectivos del edificio y del barrio. Bloques en los convivirán personas solas con mayores y jóvenes compartiendo hogar, con mucha movilidad espoleada por el aumento de la movilidad laboral, el peso creciente del alquiler y “los procesos de reconfiguración familiar”. La migración hacia las ciudades continuará: se prevé que casi la mitad de la población viva en una ciudad de más de 300.000 personas en 2050.
La omnipresencia digital
Pero la digitalización de todas las esferas de la sociedad “no va a desplazar la necesidad de contacto físico”, advierte la ONPE. “Al mismo tiempo, a medida que la conectividad constante pueda derivar en saturación, ansiedad o sensación de sobreexposición, podría aumentar el valor atribuido a los encuentros presenciales y a los espacios de desconexión compartida”.
Esta tendencia amerita un capítulo propio en el informe relativo a las formas de ocio. En una sociedad en la que, si sigue el camino que dibujan las políticas públicas, se trabajará menos, “es posible que las generaciones futuras dispongan de más tiempo libre”, aventura el informe, aunque eso no se traducirá “necesariamente” en mayores niveles de bienestar.
Viviremos condicionados por el algoritmo, “capaz de anticipar” nuestras preferencias y hábitos mientras “seguirán volviéndose cada vez más sofisticados, configurando experiencias personalizadas y difíciles de compartir”, lo que no deja de ser una evolución natural de tendencias ya visibles, sostiene Vidas futuras.
Como su contraparte: “La capacidad de regular la exposición digital o de disponer de tiempo para cultivar relaciones presenciales no será igual para todos. Estas diferencias tendrán causas diversas (acceso a terceros espacios, movilidad, uso del tiempo, arraigo, etc.) y podrían convertirse en un nuevo eje de desigualdad en la forma de construir y mantener las redes afectivas”, advierten los expertos.
Salud y cuidados
Viviremos más años, siguiendo la tendencia actual, pero el reto será “mejorar la calidad de esos años reduciendo los efectos de las enfermedades crónicas”. En este sentido, “tener tiempo para descansar, acceso a una alimentación saludable y entornos que favorezcan hábitos de vida sana seguirá condicionando cuántos años vivirán las personas con buena salud”.
En paralelo, los avances tecnológico-sanitarios “harán posible una medicina más preventiva, personalizada y continua”. Herramientas como la telemedicina, la monitorización remota o los análisis avanzados “facilitarán diagnósticos más tempranos y un seguimiento más preciso de enfermedades crónicas”, a la vez que la IA, la secuenciación genómica, la edición genética o las terapias inmunológicas podrían transformar el diagnóstico y el tratamiento de enfermedades como el cáncer, el alzhéimer o algunas patologías hereditarias, contribuyendo también a esta mayor longevidad.
Pero todos estos elementos, advierten desde la ONPE, son susceptibles de generar grandes desigualdades entre ciudadanos que el estado deberá atender.
Para las generaciones más jóvenes “la salud mental será otro gran desafío”, también siguiendo la estela del presente. El texto explica que “los problemas vinculados al bienestar psicológico y emocional, incluida la soledad no deseada, afectan ya a distintos grupos de edad, aunque algunas señales son especialmente visibles entre los adultos jóvenes atravesados por un contexto de mayor incertidumbre en las trayectorias vitales, así como cambios asociados a las formas de socialización”.
En una sociedad que vive sola, como se prevé sea lo más habitual en 2050, y que además prefiere hacerlo en su propio hogar, según indican los datos disponibles, la necesidad de cuidados se disparará. De nuevo, lo digital puede ayudar a mitigar el problema, pero siempre harán falta personas, sostiene el informe, que además las cifra: unos 400.000 profesionales deberán incoporarse al sistema de aquí a 2050 para mantener un sistema viable.
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