Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Albares: "Hemos evitado una escalada, pero estamos muy lejos de la paz"
Hungría acude a las urnas y Bruselas contiene la respiración
OPINIÓN | 'La venganza de Dios', por Enric González
ANÁLISIS

La lección de Artemisa: un viaje en espejo para ver el ‘ocaso’ de EEUU desde la Luna

Artemisa Palíndromo
11 de abril de 2026 22:18 h

2

La historia es un juego de espejos. El programa de Estados Unidos para regresar a la Luna recibió el nombre de Artemisa en honor de la hermana gemela de Apolo, para establecer una simetría que a menudo se ha producido a la inversa. El paralelismo más notable tiene que ver con la imagen icónica de las dos misiones, Apolo 8 y Artemisa II. Mientras en la primera se erigió como símbolo el “amanecer de la Tierra” (Earthrise), en esta ocasión la Casa Blanca ha elegido un “ocaso terrestre” (Earthset), una escena en la que nuestro planeta azul desaparece tras el horizonte de la Luna.

Esta elección funciona como una alegoría sobre el papel crepuscular de EEUU en la carrera espacial y como líder del mundo. Porque, mientras los cuatro tripulantes de la cápsula Orión regresaban hacia la Tierra, el presidente del país al que representan acababa de anunciar su intención de borrar a una civilización entera del mapa y había presentado los nuevos planes para recortar salvajemente la inversión en ciencia y en exploración espacial.

A diferencia de lo ocurrido en 1969, cuando —a pesar del convulso escenario internacional, la guerra de Vietnam y las tensiones sociales— EEUU era un imperio ascendente tras su liderazgo en un conflicto global, ahora es una nación en decadencia y cada vez más sola. Una superpotencia en vías de perder su hegemonía política, científica y tecnológica en favor de China y que parece dispuesta a sumergirnos en una tercera guerra mundial para defender los intereses de quienes la lideran.

Palíndromos espaciales

La misión Artemisa II se ha regido por este juego de espejos, a punto de producir un bello palíndromo. La propia NASA jugó con esta idea al diseñar una insignia oficial reversible. En la cara principal aparece la Tierra elevándose sobre la Luna y en el reverso está bordada la imagen invertida, con la Tierra en primer plano y la Luna saliendo por detrás, para representar el regreso a casa. En la madrugada del martes 7 de abril, tras completar la vuelta a la Luna, los controladores en Houston y los propios astronautas le dieron la vuelta a la insignia para emprender el regreso a la Tierra. 

Algunas cosas han seguido igual, como la retórica épica, las apelaciones a la humanidad y la aparición puntual del discurso religioso, y otras han cambiado sutilmente. La edad media de los astronautas de Artemisa II, por ejemplo, es de 50 años, mientras que en el Apolo 8 rondaba los 40. Esta vez Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen iban provistos de sus propios móviles, en lugar de las viejas cámaras Hasselblad que inmortalizaron la Luna y la Tierra en los 70. Con esta nueva tecnología replicaron la imagen de la Tierra en la oscuridad, en un gemelo de la famosa Canica azul, aunque con un perturbador giro respecto al eje norte-sur que rige la etnocentrista convención de nuestros mapas.

Vista de la Tierra desde la nave espacial Orión tras completar la maniobra de inyección translunar durante la misión de Artemisa II.

En el reverso positivo está la mayor diversidad de la tripulación, con la primera mujer, el primer afroamericano y el primer no estadounidense, el canadiense Hansen. Este último portó su propio parche de la misión que incluye elementos de las culturas indígenas, elaborado en colaboración con las Primeras Naciones de su país. Para destacar el carácter integrador del programa, la NASA también hizo un juego de palabras en la insignia de la misión con la abreviatura de Artemisa II (“All”), que significa “todos”. Pero estos mensajes sobre el valor de la diversidad se daban de bruces contra un contexto en el que el gobierno de EEUU ha perseguido por tierra, mar y aire a los diferentes, por su origen o condición sexual, expulsando y vulnerando los derechos de miles de ciudadanos por su color de piel, su identidad de género o su procedencia.

La luz y la sombra

¿Para qué volvemos a la Luna? Es una pregunta que ha rondando estos días por las cabezas de millones de ciudadanos escépticos ante una misión cargada de semejantes contradicciones. En un mundo en el que nos desayunamos con imágenes de niños descuartizados por las bombas, en el que el jefe de los astronautas apoya los crímenes de guerra de Israel y celebra los suyos propios, la sucesión de imágenes bonitas de otros mundos y unas cuantas apelaciones a la inspiración se antojan insuficientes. Como decía el historiador espacial Robert Poole hace unos días en elDiario.es, cuando la NASA apela a la humanidad “ya no cuela”, y muchos nos preguntamos si ya entonces, durante las misiones Apolo, pecamos de ingenuos al creer que el mundo podía ser mejor por el mero hecho de mirarlo desde la oscuridad del espacio.

Imagen del "ocaso" terrestre sobre el horizonte lunar captado por Artemisa II.

“Mi hijo necesita el almuerzo, y tengo que preparar su mochila/ pero una civilización entera morirá esta noche”, escribió el artista Michael F. Dubois en las horas críticas de la misión Artemisa, en un poema que recuerda al famoso “Whitey on the Moon” (El hombre blanco está en la Luna) cantado en 1969 para criticar los viajes espaciales. Otro paralelismo entre Apolo y Artemisa, que esta vez —como si fuera un bote de Nutella que flota ante nuestros ojos— ha venido con una ración extra de desengaños. Al menos los destructores de mundos de la guerra fría, pensarán algunos, sentían ciertos remordimientos; los líderes de este nuevo mundo enloquecido lo proclaman con orgullo. 

¿A qué “humanidad” se dirige la NASA en este mundo cada vez más fragmentado y regido por autócratas que se revuelcan en su propia estulticia?

En las primeras misiones a la Luna descubrimos que la Tierra es frágil y única, mientras que en Artemisa ya asumimos que esa fragilidad implica tener que escapar de ella y buscar nuevos lugares. Con tristeza, comprobamos que el movimiento ambientalista que espoleó la Canica azul no ha detenido la voracidad de los que quieren seguir taladrando (“Drill, baby, drill”) cada rincón de la “nave Tierra” y extender este modelo de negocio a la Luna, Marte y los asteroides.  

Imagen de la Luna y la Tierra captada por Artemisa II.

Entre los propios científicos y expertos en la carrera espacial se han palpado estos días los sentimientos encontrados. La emoción de ver repetida la hazaña tecnológica del viaje lunar se ha mezclado con el sinsabor de ver cómo el país que tiraba del carro de la ciencia está gobernado por cafres y antivacunas, que quieren reventar el propio conocimiento científico y que solo ven en el espacio una inmensa oportunidad de hacer negocio y enriquecerse. ¿A qué “humanidad” se dirige la NASA en este mundo cada vez más fragmentado y regido por autócratas que se revuelcan en su propia estulticia? 

Christina Koch, la especialista de la misión y tal vez las mente más lúcida dentro de la cápsula Orión, fue consciente de este juego de espejos y miradas. “Sabemos que podéis mirar hacia arriba y ver la Luna ahora mismo”, dijo. “Nosotros también os vemos”. En su discurso también captó —quizá inconscientemente— este giro en el devenir de la carrera espacial. “Lo que cambió para mí al mirar la Tierra fue que me di cuenta no sólo de su belleza, sino también de cuánta oscuridad había a su alrededor”. Tal vez esa es la lección final que nos deja Artemisa: en la primera ocasión íbamos buscando la Luna y nos fijamos en la belleza de nuestro hogar al girar la vista. Ahora, en el viaje de regreso, se hace manifiesta la oscuridad que nos rodea.

Etiquetas
stats