Sandra Myrna Díaz, bióloga: “Los que sostienen la bandera del borreguismo son pocos, pero muy vociferantes”
La bióloga argentina Sandra Myrna Díaz es una de las voces más reconocidas en materia de biodiversidad y una de las mentes que nos ha ayudado a entender la inmensa red de conexiones que entretejen nuestras vidas. Sus trabajos pioneros sobre el papel de las plantas a escala global y lo que ella ha llamado el “tapiz de la vida” le han valido reconocimientos como el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 2019 o ser incluida entre las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time en 2025.
Díaz participó a principios de octubre en el festival Passion for Knowledge, organizado por el DIPC en San Sebastián, donde habló de la importancia de los árboles centenarios y su capacidad para generar adaptaciones locales al paisaje de las que tenemos mucho que aprender. Charlamos con ella horas después de su conferencia, sobre la omnipresencia de las plantas en nuestras vidas y la ceguera de los seres humanos, en un mundo gobernado por líderes que ponen en cuestión la ciencia, aunque sin ella no podrían ni levantarse de la cama.
Usted definió el tapiz de la vida que nos entreteje y nos atraviesa. ¿Qué tienen en común las personas, los helechos, los tigres y las lombrices?
Tienen más cosas en común que las que tienen diferentes. Todos estamos emparentados filogenéticamente evolutivamente y venimos de un mismo ancestro común que se llama Luca. Compartimos un montón de genes con todos los seres, mucho más de lo que uno se imaginaría, y también estamos constantemente intercambiando materia y energía. Ese aislamiento en el que creemos que vivimos es totalmente irreal.
En algún momento hubo un malentendido y creímos que nosotros éramos parte diferente de esa inmensa red, ¿no?
Eso tiene que ver con las ideas de la Ilustración, con toda esta gente que hizo muchas cosas buenas y ayudaron a rescatar la ciencia del oscurantismo. Hicieron progresos, pero tenían esa idea de los organismos como máquinas y del ser humano como excepcional: acá están todos los otros organismos y acá estamos nosotros. Es algo que proviene también de las religiones abrahámicas —el judaísmo y el cristianismo, entre otras—, en las que el hombre y la mujer (sobre todo el hombre) somos seres excepcionales y la naturaleza está a nuestro servicio. Y la verdad que esto de la red de la vida no es algo romántico, sino que es la última ciencia.
¿El resultado de la ciencia ha sido una sistemática cura de humildad?
Exactamente. Y cada vez más. Todos los días aparecen propiedades cognitivas de los animales que creíamos únicas en nosotros. No solo los grandes primates sino, qué se yo, un pulpo o un langostino. Hay cada vez más científicos que defienden que la sintiencia, la complejidad de sentir y de pensar, es muy diferente de lo que nosotros imaginamos. Y eso también es algo que aprendimos de la ciencia. Creo que no lo hemos internalizado, pero estamos rodeados fundamentalmente de seres y no de cosas. De seres a los que tratamos como cosas.
Si hemos menospreciado o ignorado a los animales, de lo que hemos hecho con las plantas ya ni hablamos, ¿verdad?
Son decorado.
¿Qué es el “síndrome de la ceguera vegetal”?
Es exactamente eso. Los animales pueden gustarnos o no, pero uno se da cuenta que están ahí porque son medio parecidos y se mueven como nosotros. Con las plantas, como no se mueven y son a nuestro ojo todas iguales, uno tiende a pensar que son escenografía, no que están construyendo nuestro mundo. Sin embargo, ellas están básicamente regulando el clima, están produciendo la fertilidad del suelo, están haciendo todas estas cosas sin las cuales nuestra vida sería mucho más complicada.
En palabras de usted misma, las plantas son unas grandes “alquimistas”, ¿por qué?
Son las únicas que pueden convertir lo inorgánico en orgánico, salvo alguna excepción muy rara en el fondo del océano. Por eso te digo, ellas pueden perfectamente vivir sin los animales. Nosotros sin ellas, no. Son una maravilla.
Las plantas son las únicas que pueden convertir lo inorgánico en orgánico. Ellas pueden perfectamente vivir sin los animales. Nosotros sin ellas, no
Ese tapiz del que usted siempre habla se está llenando de agujeros en muchísimos sitios. ¿Cuál es la principal amenaza?
Hace unos años hicimos un estudio sistemático de todas estas amenazas a nivel mundial en los últimos 50 años y establecimos un ranking. El principal responsable de la destrucción es el cambio de uso de la tierra para agricultura, para ganadería y para construcción. El segundo es la extracción selectiva de organismos, como cuando matas el rinoceronte, pero no el antílope que tiene al lado, o la pesca, donde lo que haces es sacar los peces y dejas todo lo demás.
El tercer y cuarto problema son el cambio climático y la contaminación, están empatados. Y el quinto son las especies invasoras. Eso es en los últimos 50 años, pero se calcula que de aquí en adelante el cambio climático va a tener mucha más importancia porque se está acelerando. Y, además, por supuesto, estos factores interactúan entre ellos. O sea, hay un montón de especies invasoras, particularmente patógenos, que pueden entrar porque hay cambio de clima, o estos incendios devastadores que matan gente, que son una mezcla entre el cambio climático y la gente avanzando y haciendo construcciones en lugares donde no debería hacerlo.
¿Se podría resumir como que, poquito a poco y cada uno por su lado, hemos puesto el planeta patas arriba?
Sí, claramente, aunque no diría cada uno por su lado, en el sentido de que no todos son igualmente responsables.
Vivimos rodeados de seres a los que tratamos como cosas
Me refería a los países industrializados.
Claro, pero incluso dentro del primer mundo, tu huella y tu responsabilidad es mucho menor que la de una gigantesca corporación que es responsable de destrucción de ecosistemas y de gente, porque también se daña la salud de muchísima gente.
Muchas veces olvidamos que muchas culturas que vivían en armonía con ese tapiz de la naturaleza, viven en los sitios que más están notando la perturbación. ¿Esto es una gran injusticia?
Algunos de los lugares donde viven las culturas de cazadores recolectores no están tan en la trinchera, pero otros sí, otros están exactamente en el lugar donde hay más destrucción. Y ellos siempre dicen nosotros no tenemos ninguna responsabilidad y están pagando los platos rotos todos los días.
¿Qué le parece la estrategia de cuantificar o ponerle a la biodiversidad valores en términos de dinero para que lo puedan entender las empresas?
Creo que en algunos casos funciona. Hace un par de décadas los ecólogos dijimos: bueno, si le ponemos el valor a la diversidad en términos de dinero, automáticamente las empresas y los gobernantes van a entender todo lo que vale la diversidad y se va a solucionar el problema. Entonces un poco forzamos el tema para ponerle un número en dinero y no nos fue muy bien. Porque hoy en día los números están por todos lados y se sigue destruyendo de una forma masiva. O sea, yo creo que en algunos casos funciona, pero no está funcionando tan bien como como la teoría dice. Yo creo que hay que empezar a hacer énfasis en la diversidad en la naturaleza y los valores emocionales, de salud física y psicológica, por ejemplo. No podés tener una política de salud basada en el precio. Para mí, parte de la naturaleza tiene un precio y no pasa nada, pero no se puede hacer una protección general de la naturaleza basada en un precio, porque no funciona.
Ponerle valor a la diversidad en términos de dinero no nos fue muy bien. Porque hoy en día los números están por todos lados y se sigue destruyendo de una forma masiva
Usted pone como ejemplo el valor que tienen los árboles centenarios y quienes creen que plantar muchos árboles pequeñitos podría compensar su pérdida. ¿Es así?
Bueno, una cosa es si el árbol se te murió porque le cayó un rayo o se enfermó. Obviamente hay que poner otros. No lo vas a dejar ahí.
Estaba pensando en el sicomoro del muro de Adriano, por ejemplo.
No se sabe por qué lo talaron. Ese caso lo uso como ejemplo de cómo la gente se moviliza por un árbol ecológicamente irrelevante, pero que era su árbol. Ni ellos mismos saben por qué lo talaron. Hay un caso en Argentina con un árbol que estaba junto a una autopista y se armó un lío con enorme costo político. Trajeron una grúa industrial del norte del país al centro del país, más de mil kilómetros. Levantó el árbol con raíz y todo y lo puso en otro lado.
Porque un árbol “no es solo un árbol”…
No solamente que un árbol no es solo un árbol, sino que la gente hace cosas con la naturaleza, para bien o para mal, que no tienen nada que ver con el costo-beneficio económico, sino con otras cosas.
Cuando le escucho hablar del tapiz de la vida no puedo evitar acordarme de la hipótesis Gaia, de Lovelock y Margulis, que fue tan denostada. ¿Conectan sus ideas con aquella hipótesis?
En algunas cosas sí. La idea de la simbiogénesis de Margulis de cómo a veces se juntan dos organismos y forman otro es genial. Eso es fantástico y está muy comprobado. Por eso a veces se habla del árbol de la vida y algunos ahora hablan de la red de la vida. Porque además de las ramas verticales en la evolución, aparecen toda una serie de conectores horizontales, con conjuntos de organismos produciendo propiedades emergentes. Y, por otro lado, yo no creo que el planeta sea una especie de superorganismo actuando todo en armonía. Pero hay propiedades emergentes, definitivamente.
¿Es un sistema que se autorregula?
Se autorregula. El ejemplo es la regulación del clima por parte de las plantas y los organismos fotosintéticos en el mar, o cómo el agua, en vez de quedarse toda chata en el océano, cicla los continentes y es evaporada para formar las nubes. Toda esa dinámica es fantástica, son propiedades emergentes. No es un solo individuo de una sola especie, sino que actúan juntos. En realidad, si te pones a hilar fino, todos somos un ecosistema. Yo no sé los cientos de especies de bichos que tengo adentro mío, o vos; somos un ecosistema y si nos sacan todo el resto de las otras especies, no sobrevivimos mucho.
Si te pones a hilar fino, todos somos un ecosistema. Si nos sacan todo el resto de las otras especies, no sobrevivimos mucho
Usted dice que las plantas son asombrosas. De entre todas las cosas que hacen, ¿qué le impresiona más?
Lo más sorprendente que hacen las plantas, mirándolo desde afuera y tratando de ser objetiva, es la fotosíntesis. La comunicación entre ellas a través de compuestos volátiles también es fantástica y hay un montón de investigación sobre cómo se comunican más con las que están genéticamente más emparentadas. También están las redes micorrícicas, esas alianzas en las que las micorrizas (los hongos) y los árboles colaboran, aunque es muy variada. Algunos árboles dependen de las micorrizas mucho más que otros y hay momentos en que los hongos se transforman en medio parásitos y las plantas dicen 'yo no necesito más al hongo' y lo expulsan, por así decirlo. En la naturaleza hay una especie de negociación constante.
Una persona como usted, que es consciente de la complejidad de la naturaleza, ¿cómo se siente en un mundo en el que cada vez se simplifica más?
Bueno, fue toda una sorpresa que a esta altura del siglo XXI, de repente apareciera un ataque a la ciencia. Toda mi generación, y muchas otras generaciones antes que yo, crecimos sobre la base de que la ciencia se daba por sentada y no se la discutía. Y de repente ahora hay todo este discurso minoritario, pero vociferante, que dice eso de ¿para qué sirve la ciencia? Obviamente es muy preocupante, muy terrible. Pero, por otro lado, nos ha servido para atizarnos. Para que reaccionemos y nos pongamos las pilas y le recordemos a todo el mundo para qué sirve la ciencia y todas las cosas que tenemos por la ciencia.
Si tuviera que resumirle a alguna de estas personas para qué sirve la ciencia, ¿cómo lo haría?
Le diría que sin la ciencia no podría ni tomarse el café de la mañana, literalmente. Si no fuera por la ciencia no podría prender el celular, la radio, la TV, hacerse el café, calentar agua, bañarse con agua caliente, casi ni levantarse de la cama. Es más, no tendría sábanas si no fuera por la ciencia. Pero además, la ciencia te enseña a pensar críticamente. La ciencia te dice que tu conocimiento nunca está estable, va progresando y va progresando por ensayo y error y va progresando por la crítica. Es una forma de pensar que de alguna manera se opone al oscurantismo acrítico, a ese pensamiento obediente.
¿Qué efecto tendrá la asfixia de Milei a la ciencia sobre el futuro de los argentinos?
Va a ser un momento aciago, oscuro en nuestro futuro, sin ninguna duda. Pero como lo hemos hecho tantas veces en Argentina, nos vamos a volver a levantar, no tengo dudas.
¿Y, a escala global, qué daño está haciendo el efecto de la gente como Trump?
Primero, hay que recordar que somos un montón. Ellos son vociferantes, pero pocos. Si uno ve la gente que realmente está levantando la bandera en contra del conocimiento, y a favor del borreguismo, son pocos. El borreguismo, la obediencia, hacer lo que te dicen y quedarte calladito y obedecer… Son muy poderosos, pero son pocos. Y, segundo, no tenemos alternativa. Sí o sí. El mundo al que vamos, según esa narrativa, es un mundo donde dos o tres de ellos se la pasan bomba y el resto nos embromamos. El mundo de ellos no tiene lugar para nosotros.
No estamos en sus planes...
Ni nosotros ni la naturaleza ni la enorme mayoría de los seres humanos estamos en sus planes. La enorme mayoría de nosotros no tiene alternativa porque el mundo de ellos no es alternativa. Hay que buscar otra cosa. Y yo creo que tenemos la fuerza del que siente que no tiene alternativa. Te cerraron el camino de vuelta, ¿y qué vas a hacer? Vas a seguir para adelante porque volverse no es una opción. Es demasiado tarde para volverse. Yo creo que la fuerza tiene que salir de ahí.
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