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James Manglona, el guardián de los últimos ‘árboles de fuego’ del Pacífico

James Manglona, responsable de conservación de la isla de Rota.
15 de julio de 2026 21:29 h

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Aunque el interior de la jungla parece caótico e impenetrable, James Manglona conoce muchos de sus árboles como si fuera un jardín familiar. “Esa caoba la plantó mi abuelo”, asegura señalando un gigante de más de 50 metros que se abre camino hacia el cielo. El silvicultor jefe de la pequeña isla de Rota, en las islas Marianas del Norte, es una especie de jardinero del paraíso perdido, un papel en el que se reconoce. “Al menos intento serlo”, asegura. “Es a la vez gratificante y un desafío”.

El objetivo de Manglona en este rincón del Pacífico occidental es conseguir que la isla produzca alimentos para no depender del exterior así como conservar las especies autóctonas antes de que se pierdan para siempre. Buena parte de sus esfuerzos como responsable de la conservación forestal se han centrado en salvar una especie única, el Serianthes nelsonii, conocido por sus brillantes flores rojizas. “Los antiguos chamorros lo llamaban el tronkon guafi, el árbol de fuego, y lo usaban para fabricar grandes canoas”, relata. “Este árbol no está en ningún otro lugar del mundo”.

Un soldado observa el último ejemplar de 'Serianthes nelsonii' en la base aérea de Guam.

Este gigante capaz de alcanzar los 45 metros de altura se encuentra al borde de la desaparición; el último ejemplar en la isla de Guam fue declarado muerto en 2024 tras el paso del tifón Mawar y en Rota solo quedan alrededor de una treintena. “Debido a las muchas tormentas a lo largo de las décadas, nos quedan aproximadamente unos 30 árboles no replantados de los 121 que identificamos en los años 90”, explica Manglona. “Su ubicación es totalmente secreta”. Algunos son muy viejos, tienen unos doscientos años, aunque las autoridades aún no saben cuántos han sobrevivido al paso de los dos supertifones que acaban de asolar la isla como un adelanto del Superniño. “No son árboles de madera dura y se rompen con bastante rapidez”, advierte el silvicultor. “Aunque vuelven a brotar, las posibilidades de que los árboles madre queden destruidos son bastante altas”.

Un “paraíso” en el precipicio

Con ayuda del servicio de Pesca y Vida Silvestre de EEUU, el equipo de Manglona está cultivando plántulas del “árbol de fuego” en un vivero y plantando algunas tanto en su entorno natural como en paisajes urbanos donde la gente puede apreciarlos y reconocerlos. “Hemos identificado todas las plantas, hemos tomado medidas y se han realizado esfuerzos de divulgación con el público para que no las destruyan”, relata Manglona. Su trabajo consiste en mantener con vida un ecosistema que sobrevive en un equilibrio extraordinariamente frágil. Igual que ocurría en Guam con el “árbol de fuego” (donde quedó un solo individuo), en Rota queda un único ejemplar silvestre del llamado “árbol espejo” (Heritiera longipetiolata), una especie endémica de las Marianas cuyas hojas muestran un característico envés plateado que brilla con la luz.

Aunque para la visión occidental estas islas del Pacífico presentan la apariencia de un “paraíso”, no hay nada más lejos de la realidad. El escritor y neurocientífico Oliver Sacks, por ejemplo, visitó la isla de Rota en 1993 y habló de sus cícadas como auténticos “fósiles vivientes” y de sus bosques como una reliquia del Paleozoico. Manglona, sin embargo, es muy consciente de que este lugar ha sido moldeado por la mano de los sucesivos visitantes y colonizadores. “Ha habido mucha gente yendo y viniendo durante siglos y trayendo cosas”, asegura. No fueron solo los primeros navegantes chamorros, que llegaron desde el sudeste asiático hace más de 3.000 años introduciendo especies fundamentales para su subsistencia, sino las ocupaciones de españoles, alemanes, japoneses y estadounidenses, cuya huella botánica y arqueológica examina ahora el equipo internacional de científicos del proyecto “PacificPeopleForest”.

En este contexto, uno de los mayores retos de Manglona es poner orden en el complejo rompecabezas en que se ha convertido el ecosistema de la isla tras las continuas introducciones de especies y las interacciones entre ellas. El propio “árbol de fuego”, por ejemplo, se enfrenta al apetito voraz de los ciervos sambar (Rusa marianna), que se comen las plántulas y los brotes tiernos y dificultan la regeneración de los árboles. Paradójicamente, aunque los ciervos son una especie introducida que resulta muy destructiva, se han convertido en el símbolo de la isla y están protegidos legalmente, desdibujando la fina línea entre lo genuino y lo foráneo. La costumbre de prender fuego a los pastos para hacerles salir y cazarlos, tampoco ha ayudado, aunque está remitiendo gracias a las campañas de concienciación. “Colocaban a los tiradores en un lugar estratégico y luego perseguían al ciervo para que corriera hacia ellos”, detalla el silvicultor. “Por eso quemaban los pastizales”.

Una escultura de un ciervo sambar, especie invasora y símbolo de la isla, recibe al viajero en el aeropuerto de Rota.

En este lugar el entorno es violento y unas formas de vida vampirizan a las otras para sobrevivir. En los acantilados de Poña Point, por ejemplo, Manglona nos muestra los ejemplares de una planta muy especial, Nesogenes rotensis, una especie única de esta isla que está al borde de la desaparición. “¿Ves esos hilos amarillos?”, señala. “Es una enredadera parásita. Se llama Cassytha, se conecta al tallo principal de la otra planta y le roba la savia”. Su estrategia recuerda a la del árbol nunu, un gigantesco ficus en el centro de la isla que los chamorros consideran sagrado y asocian con los espíritus de sus ancestros, los taotaomo'na. “El ficus estrangula a otros árboles para usarlos como ancla o soporte”, detalla el silvicultor frente a las enormes raíces aéreas. Aunque no siempre acaba con su huésped, el ficus se aferra implacablemente a otras especies para asegurar su supervivencia.

James Manglona, delante del gigantesco ficus sagrado de la isla de Rota.

Murciélagos, caracoles y gusanos

La mejor muestra de estas contradicciones la observamos durante la visita a la jungla del equipo de “PacificPeopleForest” a mediados de junio, cuando nos sorprende una escena digna de un documental. Sobre las copas de los árboles, un pájaro negro se dedica a acosar en pleno vuelo a un murciélago de la fruta, aprovechando que este no puede maniobrar y solo vuela en línea recta.

“El drongo negro fue introducido desde Taiwán como control biológico para la oruga del framboyán, que se come las hojas de estos árboles”, informa Manglona. “Lo introdujeron para que se comiera la oruga y así poder controlarla, pero ahora el pájaro persigue al murciélago, lo acosa y lo picotea”. El problema es que estos murciélagos endémicos de las Marianas tienen un papel fundamental para la continuidad de muchas plantas autóctonas. “Se comen la pulpa de los frutos y luego la dejan caer”, dice el especialista. “Así es como árboles como el pandano se dispersan por toda la isla”.

James Manglona muestra a los científicos la planta 'Nesogenes rotensis', una especie única de esta isla que está al borde de la desaparición.

Todas las especies amenazadas de la isla viven inmersas en este peligroso equilibrio. Es el caso de los dos pequeños caracoles terrestres endémicos de Rota, cuya supervivencia pende de un hilo debido a otro desastroso intento de control biológico. Para combatir la plaga del caracol gigante africano, las autoridades introdujeron en la isla un gusano plano depredador. Sin embargo, la estrategia se volvió en su contra. “Ahora el gusano plano va a por el caracol nativo”, lamenta Manglona. El invasor se está adaptando y ha diezmado drásticamente las poblaciones de Partula langfordi y Samoana fragilis, dos pequeños caracoles terrestres que solo se encuentran en este lugar.

El jardinero del ‘fin del mundo’

Para los habitantes de Rota, Manglona es el sabio local cuyo conocimiento está sirviendo para resistir la crisis ecológica y sistémica que sufre la isla. “Es la persona que mejor conoce nuestras plantas endémicas y las invasoras”, asegura Aubrey Hocog, alcaldesa de la isla, que elogia su papel en el Proyecto de los 1.000 árboles frutales“, que consiste en plantar mangos, las guayabas y cítricos en el borde de las carreteras para asegurar la independencia alimentaria. ”Él es nuestro jardinero, esa es una buena forma de decirlo“, asegura. ”Su labor no es una tarea fácil; mucha gente da por sentado nuestro hábitat natural simplemente porque nos rodea a diario, pero es algo en lo que hay que trabajar todos los días“.

James Manglona guía a los científicos del proyecto "PacificPeopleForest" a través de la isla de Rota.

En este ecosistema frágil y rodeado de amenazas, Manglona ha comprendido que la única manera de salvar la isla es involucrando a la población local. Con iniciativas como el proyecto Luta Livelihood, su equipo contrata a personas desempleadas para trabajar en los viveros y reforestar las tierras yermas, está creando un sentido de pertenencia que puede ayudar a parar los golpes asestados por los tifones y el cambio climático. “Necesitamos convencer a la gente para que se conviertan ellos mismos en conservacionistas”, sostiene.

A pesar de los esfuerzos, la naturaleza se empeña en devolver a Manglona y su equipo de vez en cuando a la casilla de salida. Tras el paso del supertifón Bavi, el vivero en el que se conservaban las plántulas de Serianthes nelsonii ha quedado totalmente destruido y Manglona confirma que muchas de las plántulas de los últimos “árboles de fuego” no han sobrevivido. El propio proyecto “PacificPeopleForest” ha sufrido un duro golpe, tras la destrucción en la vegetación de la isla que se proponen analizar y estudiar.

Imagen aérea del vivero del servicio forestal de Rota tras el paso del supertifón Bavi a principios de julio.

Pero la labor de Manglona choca con una amenaza aún mayor que los propios tifones: el vaciado demográfico de la isla. Año tras año, él y sus vecinos están siendo testigo de cómo el 90% de los jóvenes abandona Rota nada más terminar el instituto para buscar oportunidades en el continente americano o enrolarse en las fuerzas armadas, que es casi su única salida. “Es el caso de mi hija”, reconoce el silvicultor. “Ella está en la Fuerza Aérea, desplegada en Jordania. Es mi hija pequeña y rezamos todos los días por su seguridad. Su madre habló con ella ayer, dijeron que un misil impactó bastante cerca de la base”.

Mientras la población disminuye, la imparable selva devora silenciosamente los restos dejados por los colonizadores y asfixia bajo un manto de enredaderas a los hoteles y resorts turísticos que un día sostuvieron la economía. Al pasear por las ruinas de una finca que perteneció a sus abuelos, Manglona no oculta su tristeza al contemplar ese mundo perdido, la decadencia de un lugar que un día vivió tiempos mejores y que ahora se desmorona. “La naturaleza se lo acaba tragando todo”, resume con resignación. Ya sean unas especies u otras, la vegetación se abrirá paso sobre las infraestructuras humanas, mientras él y el resto de isleños se esfuerzan por mantener vivo un “mundo que se apaga”.

* “PacificPeopleForest” es un proyecto del Incipit-CSIC, Naturalis y KU Leuven financiado por la Comisión Europea y ha sufragado los gastos de elDiario.es para acompañar a la expedición.

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