La central eléctrica abandonada que acabó convertida en uno de los museos más famosos de Londres
Años antes de convertirse en un prestigioso centro de arte contemporáneo y recibir a miles de personas cada año, el lugar donde hoy puede visitarse el Tate Modern de Londres albergaba la central eléctrica de Bankside, una enorme planta termoeléctrica situada en la orilla sur del Támesis, en el corazón del distrito de Southwark.
El edificio se proyectó después de la Segunda Guerra Mundial, con un diseño que corrió a cargo del arquitecto británico Giles Gilbert Scott, conocido también por su trabajo en la central de Battersea, también londinense. Las obras comenzaron en 1947, la instalación empezó a producir electricidad en 1952, pero la central no quedó terminada hasta 1963.
El edificio destacaba entonces por sus grandes dimensiones, de unos 200 metros de longitud, su estructura de acero revestida de ladrillo y su gran chimenea central. La silueta de la central se diseñó teniendo en cuenta la proximidad de la catedral de San Pablo, situada al otro lado del río, por lo que la altura de la chimenea quedó limitada para no resaltar demasiado.
La historia de este sitio, sin embargo, tuvo una duración limitada. El encarecimiento del petróleo tras la crisis energética de 1973 hizo que Bankside resultara menos competitiva frente a las nuevas centrales de carbón y nucleares, a lo que se sumó el desarrollo de la red eléctrica de alta tensión, que permitió trasladar la producción a instalaciones más grandes fuera de Londres.
Bankside dejó de ser rentable a finales de los años setenta y terminó dejando de generar electricidad el 31 de octubre de 1981. Tras el cierre, el futuro del edificio quedó en el aire, y la central permaneció vacía durante más de una década, llegando incluso a estar amenazada de demolición.
Una nueva vida para el solar
Mientras se discutía qué hacer con el solar, The Twentieth Century Society, una organización benéfica del Reino Unido dedicada a la protección y conservación del patrimonio arquitectónico del siglo XX y XXI, defendía que la antigua central debía mantenerse. Todo cambió cuando la Tate comenzó a buscar un espacio para crear una nueva galería dedicada al arte moderno y contemporáneo.
La institución anunció en 1992 sus planes para abrir un nuevo museo y durante el año siguiente estudió distintos lugares en Londres, entre los que estaba la Bankside Power Station. Aquella antigua central era una oportunidad para tener un espacio de grandes dimensiones y, al mismo tiempo, recuperar un edificio industrial que llevaba años sin utilizarse. La elección se hizo oficial en 1994 y, un año después, se anunció que el estudio suizo Herzog & de Meuron sería el encargado de la remodelación.
La estructura de acero y los muros de ladrillo se conservaron, mientras los arquitectos adaptaban el espacio para convertirlo en una galería de arte. Otro de los elementos que también se mantuvo fue la sala de turbinas, un espacio que había albergado la maquinaria para generar electricidad y que pasó a convertirse uno de los lugares más reconocibles del museo. Hasta ahora, la Turbine Hall de Tate ha acogido algunas de las obras de arte contemporáneo más aclamadas del mundo.
Tras varios años de obras, el 11 de mayo de 2000, la reina Isabel II inauguró oficialmente la Tate Modern. Tan solo cinco años después de aquel momento, el Museo Nacional Británico de Arte Moderno ya se había convertido en el tercer destino turístico más visitado del Reino Unido, generando un impacto económico estimado de 100 millones de libras esterlinas.
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