Construido en Ferrol en 1784 con 112 cañones y tres puentes, fue de los mejores barcos europeos y acabó hundido en La Habana

Maqueta del navío que fue construido en 1784

Alberto Gómez

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Fue botado el 29 de septiembre de 1784 en los Reales Astilleros de Esteiro, en Ferrol. Se le “bautizó” como Santa Ana y para muchos expertos en navíos fue una verdadera joya de la ingeniería naval española del siglo XVIII. Diseñado por el célebre ingeniero militar José Romero Fernández de Landa, este buque fue concebido para dotar a la Real Armada de una presencia imponente en las rutas atlánticas. Su construcción representó un hito tecnológico para los astilleros gallegos e inauguró un ambicioso plan estratégico destinado a renovar la flota militar de la Corona española.

La arquitectura de este coloso marítimo destacaba por poseer tres puentes artillados y una imponente estructura de casi 59 metros de eslora por 16 de manga. Armado con 112 cañones distribuidos en sus diferentes cubiertas, el Santa Ana albergaba una potencia de fuego devastadora. Capaz de embarcar a más de mil hombres en combate, su diseño incorporaba pararrayos de cadena y un elaborado forro de cobre para proteger el casco de madera.

Tras sus concluyentes pruebas de navegación en 1786, una Real Orden dictaminó que todos los futuros navíos de tres puentes de la Armada debían construirse siguiendo los planos del Santa Ana. Se convirtió así en el prototipo y cabeza de serie de los llamados Meregildos, una estirpe de ocho colosos navales entre los que figuraban, por ejemplo, el Príncipe de Asturias y el Mejicano. Reconocido por su maniobrabilidad y excelente gobierno, fue considerado en toda Europa uno de los mejores barcos de su tiempo.

El impresionante navío se convirtió en el prototipo y cabeza de serie de una estirpe de otros ocho colosos navales

Durante sus primeros años de servicio, el buque desempeñó misiones clave en el Atlántico y el Mediterráneo con base fija de operaciones en Cádiz. En el verano de 1797, las lanchas artilladas del Santa Ana tuvieron una actuación destacada en la defensa de la bahía gaditana frente al bloqueo decretado por las escuadras británicas de John Jervis y Horatio Nelson. Integrado en la flotilla de defensa, el barco demostró la sólida capacidad de sus tripulaciones y la firmeza indiscutible de su madera.

El momento cúlmine de su historial bélico aconteció el 21 de octubre de 1805 en la Batalla de Trafalgar, capitaneado por José de Gardoqui y con la insignia del teniente general Ignacio María de Álava. En el centro de la formación, el Santa Ana entabló un encarnizado combate contra el navío británico Royal Sovereign, buque insignia del vicealmirante Cuthbert Collingwood. El intercambio de andanadas a bocajarro causó enormes estragos en ambas naves, dejando al buque inglés fuertemente escorado y sin mástiles.

Totalmente desarbolado, con la popa destrozada y casi un centenar de muertos, el Santa Ana fue apresado de forma temporal por las fuerzas inglesas al término de la batalla. Sin embargo, dos días después, una audaz flotilla española enviada desde Cádiz logró rescatar el buque y remolcarlo hasta la bahía gaditana con auxilio francés. Trasladado al Arsenal de La Carraca en San Fernando (Cádiz), el coloso permaneció más de un año en dique seco siendo sometido a profundas reparaciones para sanar las graves heridas sufridas en Trafalgar.

Final en el Caribe

Restablecida su estructura en 1806, el buque continuó en servicio activo durante el convulso escenario desencadenado por la Guerra de la Independencia Española. Al hallarse en reparaciones en 1808, no intervino en la captura de la escuadra francesa de Rosily, disponiéndose su traslado a Ultramar para ponerlo a salvo de las tropas napoleónicas. En noviembre de 1810, el Santa Ana arribó a La Habana tras una travesía atlántica escoltado por otras unidades de la flota castigada.

Instalado en la capital cubana, el histórico navío de Ferrol vivió sus últimos años relegado a funciones de pontón y depósito de marinería en el arsenal del Caribe. Abandonado gradualmente por la falta de recursos económicos y el deterioro de la carena provocado por la crisis de la postguerra, el barco se hundió en 1816 en el fango de La Habana. Años más tarde, sus restos aún se divisaban bajo el agua como testimonio mudo de la época dorada de la Real Armada y de la ingeniería española.

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