Construido con madera, bambú y papel, en 1909 fue el primer avión en cruzar el Canal de la Mancha

El aviador e ingeniero francés quería unir las costas de Francia y Gran Bretaña y superar un reto que hasta entonces solo se había intentado en globos aerostáticos

Alberto Gómez

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En la madrugada del 25 de julio de 1909, el mundo de la aviación registró un hito histórico sobre las frías aguas del Canal de la Mancha. El aviador e ingeniero francés Louis Blériot se propuso unir las costas de Francia y Gran Bretaña a bordo de una máquina más pesada que el aire, un reto que hasta entonces solo se había intentado en globos aerostáticos. La travesía representaba un peligroso desafío para la época, pues implicaba volar sin instrumentos sobre mar abierto. Con firme determinación, Blériot despegó desde Calais para demostrar que las fronteras naturales ya no constituían una barrera insuperable.

La aeronave de esta proeza fue el Blériot XI, un innovador monoplano diseñado por el aviador galo en 1908. Para su fabricación se utilizaron materiales ligeros pero muy resistentes, entre los que destacaban la madera de fresno, cañas de bambú, tubos de acero y una cubierta de papel y tela engomada. Este diseño sencillo contrastaba con los complejos biplanos habituales de aquel período, permitiendo reducir el peso total de la estructura a solo 315 kilos. Presentado en la Exposición Internacional de París en diciembre de 1908, el prototipo voló con éxito en febrero de 1909.

En el apartado mecánico, el Blériot XI equipaba un motor de tres cilindros desarrollado por el italiano Alessandro Anzani. Esta planta motriz, que reemplazó al motor inicial de 28 caballos de fuerza por uno de 25 caballos pero más eficiente, impulsaba la aeronave a una velocidad de 65 kilómetros por hora. Sin embargo, el mecanismo sufría una constante tendencia al sobrecalentamiento en vuelos largos. Asimismo, el monoplano carecía por completo de brújula, radio o chaleco salvavidas, obligando al piloto a guiarse únicamente por su observación visual en medio del mar.

A pesar de un impacto al aterrizar, el aviador resultó completamente ileso y fue recibido con gran júbilo

Antes de emprender el cruce sobre el canal, la aeronave demostró sus capacidades en exigentes pruebas de resistencia continental. El 26 de junio de 1909, Blériot completó un vuelo de 36 minutos y 55 segundos, fijando un récord europeo de permanencia en el aire. Esta proeza le brindó la confianza técnica para optar al premio de mil libras esterlinas ofrecido por el periódico británico Daily Mail al primer hombre en cruzar el estrecho en avión. Motivado por la necesidad de sanear sus finanzas tras años de costosas investigaciones, el inventor aceleró los preparativos.

El despegue decisivo se efectuó a las 4:41 horas de la mañana desde un campo cercano a Calais. A pesar de sufrir una grave quemadura en un pie por un accidente previo, Blériot asumió el mando con absoluta entereza. Durante los primeros minutos mantuvo como guía al destructor francés Escopette, enviado para escoltar su trayectoria sobre el agua. No obstante, la velocidad del monoplano superó a la embarcación y una espesa niebla matutina cubrió el horizonte. Durante diez minutos angustiosos, el aviador voló aislado sobre mar abierto, sin visibilidad.

Durante el trayecto, el monoplano mantuvo una altitud media de 100 metros y una velocidad cercana a los 64 kilómetros por hora. Cuando el motor Anzani comenzó a sobrecalentarse en pleno vuelo, la climatología adversa jugó a favor del aviador francés. Un oportuno chaparrón de lluvia fría cayó sobre la estructura, enfriando los cilindros lo suficiente para mantener la potencia necesaria. Minutos después, las siluetas de los acantilados blancos de Dover emergieron entre la bruma, confirmando la llegada a tierra. Guiado por un periodista, Blériot aterrizó.

Exitosa producción

El aterrizaje se produjo a las 5:17 horas de la mañana tras recorrer 43 kilómetros en 37 minutos de vuelo. La toma de tierra resultó algo brusca debido a los fuertes vientos de la zona, lo que ocasionó daños en el tren de aterrizaje y la rotura de una pala de la hélice de madera. A pesar del impacto, el aviador resultó completamente ileso y fue recibido con gran júbilo por los testigos. La hazaña generó un impacto inmediato en la opinión pública internacional, llevando a los periódicos a proclamar que la insularidad británica concluía.

Tras la proeza de 1909, el Blériot XI se convirtió en el avión más famoso de su tiempo, desencadenando numerosos pedidos internacionales. Su producción industrial alcanzó un éxito rotundo, representando en 1913 más del 60% de las aeronaves construidas en Francia. Además de destacar en competiciones y en el cruce de los Alpes en 1910, el modelo desempeñó tareas de reconocimiento en la Primera Guerra Mundial hasta 1915. Hoy en día se conservan ejemplares originales en museos de renombre, como el Museo del Aire en España y Morón en Argentina.

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