Con una entrada curiosa, esta cueva navarra, desde su creación hace 40 millones de años, ya daba cobijo al ganado

La cueva destaca por sus paredes de láminas calizas dispuestas en una bellísima estructura de V invertida

Alberto Gómez

1

Escondida en el Pirineo navarro, en la muga fronteriza entre los valles de Aezkoa y Garazi y muy cerca de la Selva de Irati, se erige un enclave geológico singular conocido como la Cueva de Arpea. Este refugio natural, dominado por una abertura curiosa y llamativa, comenzó su paciente proceso de formación hace aproximadamente 40 millones de años a raíz de intensas colisiones de placas tectónicas que moldearon el relieve de la cordillera. Aquellas presiones descomunales dieron origen a un espectacular pliegue anticlinal cuyas láminas rocosas superpuestas abrazan la cavidad con una armonía de piedra impresionante. Desde épocas prehistóricas remotas, esta cueva prestó un servicio inestimable como cobijo natural para albergar y proteger los rebaños de ganado frente a las tempestades y heladas de la alta montaña.

El origen etimológico del término Arpea hunde sus raíces en la rica lengua vernácula euskaldun, proviniendo directamente de la expresión euskera harri azpia, la cual se traduce de forma literal como “bajo la piedra”. Esta denominación describe de manera perfecta la disposición del paraje, guarecido bajo la sólida y protectora mole rocosa del monte Erroitzate. En el plano geológico, la cavidad destaca por sus paredes de láminas calizas dispuestas en una bellísima estructura de V invertida. Cada uno de estos estratos rocosos equivale aproximadamente a un periodo de 20 mil años de lenta transformación terrestre, funcionando ante los ojos del viajero como los anillos de crecimiento del tronco de un árbol gigante. 

A pesar de la magnificencia estética que despliega su entrada y de la imponente presencia visual que proyecta sobre el paisaje circundante, la Cueva de Arpea no posee una gran profundidad en su interior. Su verdadero valor estratégico para las comunidades pastoriles ha residido siempre en la sabia orientación de su embocadura, dispuesta de forma natural para resguardar el espacio de los gélidos vientos dominantes que azotan los prados de altura. A lo largo de siglos ininterrumpidos, los pastores de la comarca navarra han aprovechado esta oquedad como un redil excepcional para resguardar a sus ovejas y vacas de las tormentas repentinas. Esta vinculación ancestral ha erigido a la cueva en un testimonio vivo y palpitante del aprovechamiento ganadero tradicional de la montaña pirenaica.

Cada una de las láminas rocosas equivale aproximadamente a un periodo de 20 mil años de lenta transformación terrestre

El cuadro geográfico que rodea a este monumento subterráneo de Navarra acentúa de manera notable su belleza escénica, hallándose rodeado de una frondosa cubierta vegetacional dominada por pastizales alpinos e intensos hayedos y robledales. Durante buena parte del año, la concurrencia de la humedad propia de la zona y la topografía encajonada favorece la formación frecuente de espesas nieblas que envuelven la cavidad en un halo misterioso. Esta atmósfera singular conecta al caminante con las inmediaciones de la antigua fábrica de armas de Orbaitzeta, una emblemática instalación del siglo XVIII construida durante el reinado de Carlos III para suministrar munición al cuerpo de artillería real, lo que añade un notable atractivo de patrimonio histórico y arquitectónico al recorrido senderista por este rincón navarro.

Más allá de sus indudables cualidades geológicas y de su relevancia agropecuaria, la Cueva de Arpea guarda en su interior un rico legado de mitos y leyendas populares transmitidas oralmente a través de las generaciones. De acuerdo con la mitología vasca, este rincón secreto constituía el hogar y refugio de las afamadas lamias, seres fantásticos representados tradicionalmente como divinidades femeninas de deslumbrante hermosura y cabelleras doradas, pero singularizadas por poseer pies de pato. La tradición oral relata que estas criaturas habitaban en las inmediaciones de los arroyos y en la cueva, peinando pacientemente su largo pelo con peines de oro puro mientras entonaban bellos cantos mágicos que cautivaban de modo irremisible a los pastores que recorrían las cumbres.

Entre las múltiples narraciones folclóricas que atesoran los valles navarros destaca la historia particular de un intrépido pastor local que llegó a entablar contacto directo con las lamias que habitaban en la cavidad. Según refiere la leyenda, estas criaturas fantásticas compensaban con generosidad las entregas periódicas de leche fresca otorgando a cambio brillantes monedas de oro, las cuales extraían del interior de un kaiku, el vaso de madera autóctono utilizado históricamente en las labores de ordeño y elaboración de queso. Las diferentes versiones populares oscilaban entre retratar a las lamias como espíritus bienhechores que orientaban a los montañeros perdidos en la niebla o como seres fascinantes que atraían a los jóvenes a su morada.

La salida, en Orbaitzeta

Para aquellos viajeros interesados en explorar este enclave de Navarra, el itinerario de acceso da comienzo en la localidad de Orbaitzeta, desde donde se toma la carretera local en dirección a las ruinas de la real fábrica de municiones. Desde ese punto patrimonial, una estrecha pista asfaltada asciende de manera continuada hasta alcanzar el collado de Azpegi, situado justo en la muga fronteriza con Francia. Toda esta zona de montaña alberga una extraordinaria estación megalítica que destaca por reunir una de las mayores concentraciones de dólmenes, túmulos y cromlechs de toda la cordillera pirenaica. Entre estos monumentos prehistóricos levantados durante las Edades del Bronce y del Hierro destacan los célebres círculos de piedra de Azpegi u Organbide.

El tramo final de la excursión hacia la cueva discurre a lo largo de un agradable sendero peatonal de un kilómetro de longitud, el cual desciende suavemente desde el área de aparcamiento y las antiguas bordas pastoriles. Esta caminata requiere unos quince minutos a pie y exige prestar atención durante las temporadas de lluvia, puesto que el terreno puede volverse resbaladizo por el barro acumulado. Al arribar al término del trayecto, la contemplación de la cavidad en forma de V invertida recompensa con creces la caminata realizada por las montañas navarras. En suma, la Cueva de Arpea constituye un destino fascinante donde convergen en perfecta armonía 40 millones de años de historia geológica, ganadería tradicional, relatos mitológicos ancestrales y naturaleza pura en el Pirineo.

Etiquetas
stats