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CV Opinión cintillo

No es ciudad para pobres

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Vaya. Resulta que quienes están comprando el 70 por ciento de la vivienda nueva en València son extranjeros. Los fondos que adquieren edificios o bajos en comunidades para reconvertirlos en apartamentos turísticos, también. Como lo son los nómadas digitales que contribuyen a inflar la burbuja de los precios del alquiler y sirven de justificación para llenar los barrios de infraviviendas amparadas en el eufemismo del coliving.

Pero no digas nada porque ellos no son el problema para María José Catalá. A ella los Smith, Müller o Rossi le caen bien. Son inversores. Gente emprendedora que viene con la cartera por delante a alimentar la burbuja inmobiliaria. En cambio, los Benjelloun, Cherkaoui o Bouzza no le vienen bien. Lo dijo ella misma cuando puso el foco sobre las personas migrantes al hablar del asentamiento del Grao. Y eso es racismo. Maldad de la mala. La que deshumaniza. La que borra la empatía. La que acaba privando de derechos. La que aniquila.

La estrategia no es nueva. Empieza infundiendo miedo hacia un grupo de personas y continúa excluyéndolas del espacio público. Se amplifica gracias a una red de medios de comunicación colaboracionistas y acaba en la deshumanización que precede a las peores atrocidades cometidas a lo largo de la historia. Alemania, Camboya, Armenia, Ucrania, Serbia, Bosnia, el Congo, Ruanda o Myanmar. Esclavitud, violaciones, hambrunas… Hoy asistimos en directo al genocidio del pueblo palestino mientras esa deshumanización se proyecta sobre las personas que llegan desde África.

En los años ochenta y noventa, las imágenes de las niñas y niños de vientre hinchado por la desnutrición abrían telediarios. Incluso ganaron el Pulitzer. De aquellos años recuerdo cómo mi madre me contaba que a ella también se le llenó la barriguita de hambre y cómo sus historias me hacían verla en aquellos ojos de niños con mirada de ancianos, enmarcados en pequeños cuerpos sin fuerza ni para espantarse las moscas.

Hoy difícilmente nos llegan las informaciones de los pequeños esclavos de las minas de coltán. Y aquellas madres y padres que fueron víctimas de la Guerra Civil empiezan a dejarnos huérfanos. No pueden sentarse a nuestro lado para recordarnos que las imágenes de desplazados son como aquellas que protagonizaron otros españoles que también fueron estigmatizados y acabaron en campos de concentración. Ya no están para cogernos la mano mientras nos cuentan que esos niños y niñas palestinos corren sin zapatos entre ruinas y bombas como ellos en su infancia.

Yo también pasé hambre. Yo también fui esa niña. Yo también fui emigrante. La voz de mi madre resuena cuando escribo este artículo y me da rabia pensar que tanta gente haya olvidado el sufrimiento de sus padres. Me revuelve pensar que reniegan de ese pasado para no sentirse pobres, humildes y expuestos. Estirachaquetas de los de arriba que pisotean a los suyos.

Para mí, la empatía es la mayor herencia que he recibido de mi familia. La capacidad de ver en el sufrimiento ajeno el propio. Como dice Julia Otero, quiero seguir siendo la niña que fui. La que se crio en una familia de inmigrantes extremeños que llegaron a València y se instalaron en un barrio obrero. Humildes y trabajadores. Gente honrada que sufrió pérdidas irreparables, pero que siempre miró hacia delante.

Por eso, cuando oigo la palabra inmigrante, no veo una amenaza, sino a mi familia huyendo del hambre. Dejando atrás su casa y su vida. Pero donde yo veo a personas en busca de futuro, la extrema derecha señala y criminaliza. Promueve el miedo y la desconfianza. Agita el avispero. Y no actúa sola. El PP la acompaña en este viaje a las cavernas. A la oscuridad más absoluta. A la sinrazón del odio y el enfrentamiento. A la barbarie de deshumanizar a las personas.

Pero no a todas, claro. Hablan del reemplazo, pero lo que está sucediendo se llama expulsión. Y no son los Benjelloun, Cherkaoui o Bouzza, sino los Smith, Müller y Rossi dispuestos a pagar 4.311 euros por metro cuadrado, quienes alimentan un mercado que nos expulsa ante la inacción de un Ayuntamiento al que no le molestan los extranjeros, sino los pobres. Catalá quiere una València para ricos. Para los que llegan con una cartera repleta de dinero y no para quienes cargan con una mochila de recuerdos y esperanza. Así llegaron nuestras familias cuando el hambre y la pobreza las expulsaron de sus pueblos. Olvidarlo no nos sacará de pobres. Nos hará menos humanos.

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