Un estudio desenmascara al cronista más citado del Gran Incendio de Londres: era esclavista pero lo ocultó para no perjudicar su imagen
La necesidad de riqueza y control movía decisiones que afectaban a miles de vidas sin dejar rastro claro en los papeles. El esclavismo y el tráfico de personas se mantuvieron durante siglos porque generaban beneficios enormes y alimentaban economías enteras que dependían del trabajo forzado. Comerciantes, administradores y gobiernos vieron en ese sistema una forma de asegurar ingresos, expandir rutas comerciales y reforzar su poder político.
Algunos personajes implicados sabían que su participación podía dañar su imagen pública y por eso gestionaron con cuidado lo que quedaba por escrito. Ese esfuerzo por ocultar o suavizar su implicación dejó huecos en los archivos que hoy obligan a leer entre líneas.
Un investigador destapó maniobras para cuidar la imagen personal
Ese intento de controlar la propia imagen aparece claramente en el caso que estudia Michael Edwards en The Historical Journal, donde muestra que Samuel Pepys participó en redes esclavistas y ajustó su archivo para limitar cómo se conocía esa implicación. Edwards, historiador de la Universidad de Cambridge, analizó documentos conservados en The Pepys Library y otros archivos para reconstruir esa relación.
El trabajo identifica tanto las acciones directas de Pepys como las decisiones que tomó para dejar ciertos rastros y borrar otros. El resultado dibuja a un funcionario que no solo actuaba dentro del sistema, sino que también pensaba en cómo sería recordado.
Uno de los episodios más claros tiene que ver con un intento de soborno. Un oficial vinculado a un barco de la Royal African Company quiso ganarse el favor de Pepys ofreciéndole un niño esclavizado. Pepys rechazó el regalo y dejó constancia de ese rechazo en su correspondencia, pero el foco no estaba en el niño ni en su situación.
El propio Edwards explica que “Pepys no estaba preocupado por la moralidad de la esclavitud”, y añade que “solo le interesaba su reputación en un momento en que estaba bajo sospecha por corrupción”. El documento conserva la reacción del funcionario y borra casi por completo al menor, que desaparece del relato administrativo.
La cercanía al poder integraba esa actividad en la gestión diaria
Esa relación con el tráfico de personas no fue algo aislado. Pepys mantuvo vinculaciones profesionales con dos compañías que organizaron gran parte del comercio inglés de personas esclavizadas, la Company of Royal Adventurers trading to Africa y la Royal African Company.
Desde sus cargos en la Marina, gestionó préstamos de barcos y contactos con capitanes que transportaban personas desde África hasta el Caribe. El barco Phoenix, por ejemplo, llevó personas esclavizadas a Barbados tras salir de la costa occidental africana, y su registro menciona la muerte de 19 de ellas durante el trayecto, cuyos cuerpos fueron arrojados al mar.
Ese entramado de decisiones administrativas muestra otra dimensión del problema. Pepys no operaba desde plantaciones lejanas, sino desde oficinas en Londres, en contacto con almirantazgos y redes políticas. Edwards señala que “sus conexiones dentro de las compañías africanas y la Marina le daban una posición privilegiada para adquirir personas esclavizadas”. Esa cercanía al poder explica por qué el tráfico de personas no era una actividad marginal, sino una parte integrada en el funcionamiento del Estado.
Los registros daban protagonismo a cifras y borraban a las personas
El modo en que se guardaron los documentos resulta igual de revelador. Pepys organizó su archivo con detalle, clasificó cartas y conservó papeles que reforzaban su imagen de funcionario íntegro. Al mismo tiempo, dejó en segundo plano los elementos que podían comprometerle.
Ese trabajo de selección no eliminaba por completo la información, pero la distribuía de forma que ciertas historias quedaban diluidas. El propio Edwards analiza cómo Pepys y su entorno “curaron” la correspondencia para limitar lo que se podía saber sobre su implicación en la esclavitud.
Ese control del archivo tiene consecuencias claras. Muchos documentos registran operaciones comerciales con detalle, pero apenas recogen la experiencia de las personas esclavizadas. Aparecen como mercancía, sin nombre y sin voz. Esa forma de escribir la historia deja fuera a quienes sufrían el sistema y centra la atención en quienes lo gestionaban.
Pepys tuvo dos esclavos que luego vendió
En la Inglaterra del siglo XVII, ese sistema atravesaba la política, el comercio y la vida cotidiana. No era una actividad lejana ni excepcional. Formaba parte de las redes que mantenían el crecimiento económico y el poder marítimo del país. Pepys encaja en ese contexto como un ejemplo bien documentado, no como una excepción.
Dentro de ese marco, su relación con personas esclavizadas fue evidente. Edwards documenta que poseyó al menos dos en Londres durante las décadas de 1670 y 1680. Uno de ellos fue vendido en Tánger hacia 1680, mientras que otro apareció en una carta de 1688 dirigida al capitán Edward Stanley, donde Pepys pedía que se le diera salida en una plantación.
En ese mensaje quedaba claro que le había dispensado malos tratos porque escribió que ni “azotes ni grilletes” habían cambiado su comportamiento, y pidió que se le alimentara con “comida dura hasta que puedas disponer de él como un canalla”.
Ese lenguaje deja ver cómo se integraban esas decisiones en la vida cotidiana de quienes tenían poder. Las personas esclavizadas se trataban como bienes que se podían mover, vender o castigar según convenía. Y esos actos quedaban registrados en documentos que hoy permiten reconstruir la historia, aunque de forma incompleta.
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