La genética destapa el origen de una estrategia extrema que convirtió a un mamífero en campeón de la lentitud
Entre ramas cargadas de humedad, cada error puede costar alimento, refugio o la posibilidad de escapar de un depredador. La vida en la selva suele premiar la rapidez para encontrar recursos y reaccionar ante cambios repentinos, de manera que la lentitud parece una desventaja evidente.
Esa presión se aprecia en animales que se desplazan deprisa, detectan amenazas en segundos o aprovechan oportunidades fugaces. En un entorno así, ser torpe o tardar demasiado en actuar parece una receta para desaparecer, aunque la evolución a veces encuentra caminos poco intuitivos para resolver el mismo problema.
Una investigación encuentra pistas genéticas tras la lentitud del perezoso
Un estudio publicado en BMC Biology ha revelado ahora una de esas soluciones. El primer análisis detallado del genoma del perezoso de dos dedos ha identificado una serie de genes saltarines relacionados con el metabolismo que podrían ayudar a explicar por qué este mamífero mantiene el ritmo vital más lento conocido entre los mamíferos actuales.
El hallazgo gira en torno a los llamados transposones, también conocidos como genes saltarines. Se trata de fragmentos de ADN capaces de copiarse y recolocarse en distintas zonas del genoma. Aunque estos elementos también existen en los seres humanos, suelen aparecer degradados o inactivos. En el perezoso, sin embargo, los investigadores detectaron numerosas copias activas y una cantidad extraordinaria de retrocopias, secuencias derivadas de genes que fueron duplicadas e insertadas de nuevo en el ADN. El número encontrado en el perezoso de dos dedos alcanzó 15.898, una cifra muy superior a la observada en la mayoría de mamíferos.
Para llegar a esa conclusión, científicos del Wellcome Sanger Institute, del Leibniz Institute for Zoo and Wildlife Research (IZW) y del Hospital Sírio Libanês analizaron el ADN de un ejemplar mantenido en cautividad. Las muestras fueron secuenciadas en el Max Planck Institute for Molecular Cell Biology and Genetics, en Alemania. Después, el genoma obtenido se comparó con los de otros mamíferos emparentados, entre ellos un oso hormiguero y un armadillo. Esa estrategia permitió identificar qué rasgos genéticos distinguen al perezoso del resto de especies cercanas.
El trabajo también aporta contexto evolutivo. Perezosos, armadillos y osos hormigueros forman parte de Xenarthra, el único grupo de mamíferos placentarios originado en Sudamérica. Su historia se remonta a unos 65,5 millones de años y entre sus antiguos representantes hubo perezosos terrestres gigantes de tamaño comparable al de un elefante. En la actualidad sobreviven dos grandes grupos, los perezosos de dos dedos y los de tres dedos, todos adaptados a una vida arborícola marcada por un gasto energético extraordinariamente bajo.
Los elementos móviles permanecen durante millones de años
La reconstrucción genética indica que muchos de estos genes saltarines aparecieron en el ancestro común de los perezosos modernos hace alrededor de 30 millones de años. Lejos de desaparecer, permanecieron en el genoma generación tras generación. La bioinformática Marcela Uliano-Silva, coautora principal del estudio en el Wellcome Sanger Institute, situó ahí uno de los resultados más llamativos: “Utilizando la genómica para mirar atrás en el tiempo, encontramos genes saltarines que los perezosos han conservado durante millones de años”.
Los investigadores comprobaron además que una parte importante de esas secuencias está relacionada con las mitocondrias, las estructuras celulares encargadas de producir energía. Esa conexión llamó especialmente la atención porque el metabolismo de los perezosos es excepcionalmente bajo.
Según el estudio, estos animales presentan valores inferiores a la mitad de lo que cabría esperar por su tamaño corporal. Uliano-Silva destacó esa relación al señalar que “estos genes específicos de los perezosos están vinculados a las mitocondrias y a rutas metabólicas, lo que sugiere que podrían estar relacionados con la evolución de su metabolismo extremadamente lento”.
Otra interpretación planteada por el equipo apunta a la existencia de mecanismos genéticos de compensación. La genetista Camila Mazzoni, responsable de Genómica Evolutiva y de Conservación en el IZW, explicó que los perezosos conservan una salud notable pese a operar con un consumo energético mínimo. En ese contexto, afirmó: “Nuestros hallazgos sugieren que los perezosos podrían haber desarrollado sistemas genéticos de respaldo que ayudan a compensar sus mitocondrias relajadas y sostienen su peculiar modo de vida”.
El hallazgo abre nuevas vías para estudiar enfermedades
Las implicaciones del trabajo van más allá de comprender a un animal singular. Muchas enfermedades humanas están asociadas a problemas en la producción de energía celular y en el funcionamiento de las mitocondrias. El investigador Pedro Galante, coautor principal en el Hospital Sírio Libanês, recordó que diabetes, trastornos asociados al envejecimiento, enfermedades neurodegenerativas y pérdida muscular comparten ese componente biológico.
Por ello señaló que “las líneas celulares de perezoso pueden ofrecer un modelo natural para entender cómo los organismos afrontan estados de baja energía y qué falla durante la enfermedad”. Los próximos estudios utilizarán experimentos celulares y secuenciación de célula única para comprobar la función exacta de estos genes y evaluar si pueden aportar pistas útiles para la medicina, la preservación de tejidos o incluso los viajes espaciales de larga duración.
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