El 'Niño de la Torre del Diablo' pone contra las cuerdas lo que se creía sobre los últimos neandertales europeos

Los restos infantiles muestran un desarrollo cerebral rápido

Héctor Farrés

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La cueva de la Torre del Diablo ha vuelto a colocar a un niño neandertal en el centro de una pregunta abierta desde hace un siglo. Dorothy Garrod, arqueóloga, halló el 11 de junio de 1926 cinco fragmentos de cráneo en el abrigo rocoso situado en la cara norte del Peñón de Gibraltar, restos atribuidos a un niño neandertal que murió con tres años de edad.

Las pruebas científicas cambiaron varias ideas previas

Según IFLScience, ese menor, catalogado como Gibraltar 2, ha ofrecido datos sobre el crecimiento infantil neandertal y, al mismo tiempo, ha dejado dudas que siguen sin resolverse. La edad del fósil se mueve en un margen muy amplio, de 30.000 a 130.000 años, y esa horquilla altera la lectura del hallazgo porque el Peñón pudo ser uno de los refugios finales de estos grupos durante la Edad de Hielo. La duda no afecta solo a una fecha, ya que condiciona la relación del niño con otros neandertales de la península ibérica.

Las pruebas situaron al adulto cerca de poblaciones localizadas en Bélgica y Alemania

El punto que más complica esa lectura llegó en 2019, cuando varios investigadores analizaron ADN antiguo extraído de los huesos petrosos de Gibraltar 2 y de otro individuo encontrado cerca, en la cantera de Forbes. Aquel segundo cráneo había aparecido en 1848 gracias a Edmund Flint, teniente militar británico, y se conoce como Gibraltar 1, una pieza que conservaba más ADN intacto que el cráneo infantil.

Esa ventaja material hizo que el adulto ofreciera una comparación genética más amplia, aunque el niño siguió ocupando el centro del caso por su edad al morir y por el lugar donde fue encontrado.

Gibraltar 1 apareció ligado a grupos del norte europeo

Los resultados genéticos cambiaron la posición del adulto dentro del mapa neandertal europeo, porque Gibraltar 1 estaba más emparentado con neandertales de Bélgica y Alemania de hace 120.000 años que con el grupo de El Sidrón, en Asturias, cuyos esqueletos tienen unos 49.000 años.

El dato no permite trasladar esa misma relación al niño, pero sí abre la posibilidad de que los neandertales del Peñón pertenecieran a una población anterior a otros grupos ibéricos. Esa hipótesis choca con la idea de un Gibraltar ocupado solo por supervivientes tardíos, de manera que el yacimiento obliga a mirar la zona con más cautela.

El niño aporta otra línea de información a través de sus dientes y los fragmentos de cráneo, ya que la dentición encaja de forma aproximada con la de un cazador recolector humano de tres años, mientras que los restos craneales apuntan a un cerebro de mayor tamaño.

Esa diferencia encaja con los modelos que describen una expansión cerebral rápida en bebés y niños pequeños neandertales. En la práctica, el fósil permite comparar el ritmo de crecimiento de dos especies humanas sin reducir el caso a una edad de muerte o a un solo fragmento óseo.

Las marcas dentales apuntan a un consumo abundante de carne

El desgaste dental también llevó a otra comparación, porque las estrías observadas en los dientes se parecen a las descritas en esquimales y en cazadores recolectores indígenas del sur de la Patagonia. Ambos grupos consumen dietas con mucha presencia de carne, de manera que el patrón dental de Gibraltar 2 apunta a una alimentación carnívora, muy alejada de la atribuida a los neandertales de El Sidrón. Esa lectura no convierte el diente en una prueba completa de dieta, aunque sí añade una señal coherente con un entorno donde la caza tenía un papel mayor.

El enclave gibraltareño conservó su valor para la prehistoria

Esa comparación alimentaria separa aún más a los individuos del Peñón de los hallados en Asturias, donde los estudios han planteado una dieta con mayor presencia vegetal. En ese caso se han citado alimentos como piñones y setas, mientras que el niño de la Torre del Diablo parece encajar mejor en un contexto de caza y consumo de carne. Aun así, el material no permite reconstruir cada comida ni cerrar una fecha exacta para su vida, y por eso el fósil conserva una parte de su misterio pese a los análisis acumulados.

La historia del niño hallado por Garrod queda así ligada a un pequeño refugio de roca en la cara norte del Peñón y a una discusión que atraviesa la prehistoria europea. El resto conserva el valor de un fósil raro, pero su fuerza científica procede de las dudas que mantiene abiertas, porque Gibraltar puede guardar pistas de una población neandertal anterior a la que muchos esperaban encontrar en el extremo sur de Iberia y de un modo de vida condicionado por la costa, con preguntas abiertas tras 100 años de estudio.

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