Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Capitolina Díaz, socióloga: “Los algoritmos están construyendo procesos de socialización distintos para chicas y para chicos”

Capitolina Díaz en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Olga Agüero

0

Capitolina Díaz (Villadepalos, León, 1952) analiza las desigualdades de género desde su cátedra de Sociología de la Universidad de Valencia y concluye que estamos viviendo una transformación histórica muy profunda “por primera vez intentamos construir relaciones afectivas en las que el amor, el deseo y el reconocimiento no dependan de la desigualdad entre quienes forman la pareja”. Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2025 ha participado en el seminario de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo organizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) para reflexionar sobre el amor y el poder. La experta asegura que cada vez entendemos más la pareja como una relación entre personas autónomas que cooperan y negocian “no como una relación de autoridad y obediencia”. Casos como el de Ábalos -subraya- generan cada vez más desaprobación “porque cuestionan un modelo de relación que durante siglos se consideró normal”.

¿Cómo se define el amor desde la sociología?

La sociología no estudia el amor como un sentimiento universal e inmutable, sino las distintas formas históricas que adopta y las instituciones con las que se relaciona. Una de esas formas es el amor romántico, que ha desempeñado un papel central en las sociedades modernas, pero no agota toda la experiencia amorosa. La sociología estudia el amor porque el amor no es sólo un sentimiento privado; también es una institución social y una forma de organizar la vida afectiva, el poder, los cuidados, el reconocimiento y la vida cotidiana. Por eso la sociología no se pregunta únicamente por cómo aman las personas, se pregunta también por cómo cada sociedad organiza el amor y qué consecuencias tiene esa organización para la igualdad, la libertad y los cuidados.

Ha venido usted a la UIMP a hablar de amor romántico y poder. En estos tiempos con el ejemplo de Ábalos y su controvertida relación con las mujeres ¿sigue vigente el mito de la erótica del poder?

El caso de Ábalos puede servir para ilustrar un fenómeno mucho más amplio que la sociología conoce desde hace tiempo: la relación entre poder, estatus y atractivo. Lo relevante no es una persona concreta, sino comprender por qué determinadas posiciones de poder han incrementado históricamente el atractivo masculino y cómo esa asociación está cambiando en las sociedades más igualitarias. Casos como el que citas generan hoy una creciente desaprobación porque cuestionan un modelo de relación que durante siglos se consideró normal. Estamos viviendo una transformación histórica muy profunda: por primera vez intentamos construir relaciones afectivas en las que el amor, el deseo y el reconocimiento no dependan de la desigualdad entre quienes forman la pareja. Eso no significa que las viejas pautas hayan desaparecido, sino que cada vez encuentran menos legitimidad social. Durante siglos, el poder masculino no sólo incrementó el atractivo de algunos hombres, formó parte del propio modelo cultural de masculinidad. Pero no estamos hablando de una ventaja individual, hablamos de un imaginario colectivo según el cual el 'buen partido' era precisamente quien acumulaba recursos, prestigio y capacidad de protección. Ese imaginario es el que empieza a resquebrajarse, aunque conserve inercias.

El amor no es sólo un sentimiento privado; también es una institución social y una forma de organizar la vida afectiva, el poder, los cuidados, el reconocimiento y la vida cotidiana

¿La idea del amor romántico valida relaciones de poder en las que una parte acepta un papel subordinado? ¿Una relación es un campo de batalla por ver quién ostenta el liderazgo?

Todas las relaciones de pareja implican una distribución de poder, porque en ellas se toman decisiones, se reparten responsabilidades, se negocian tiempos, cuidados, recursos y proyectos de vida. La cuestión no es si existe poder, sino cómo se ejerce y cómo se distribuye. Durante mucho tiempo, el amor romántico convivió con una organización social en la que hombres y mujeres ocupaban posiciones desiguales. En ese contexto, algunas ideas románticas -como el sacrificio ilimitado, la entrega incondicional o la identificación del amor con la renuncia- podían contribuir a legitimar relaciones desequilibradas. Pero el problema no era el amor en sí, sino el marco social en el que ese amor se desarrollaba.

Cada vez entendemos más la pareja como una relación entre personas autónomas que cooperan y negocian, no como una relación de autoridad y obediencia

Hoy la aspiración es distinta. Cada vez entendemos más la pareja como una relación entre personas autónomas que cooperan y negocian, no como una relación de autoridad y obediencia. Eso no significa que desaparezcan los conflictos. Toda convivencia exige acuerdos y renuncias compartidas. Lo importante es que esas negociaciones se produzcan en condiciones de igualdad y no de subordinación. Por eso no describiría la pareja como un campo de batalla por el liderazgo. Preferiría entenderla como un espacio de cooperación donde el reto consiste en construir decisiones compartidas sin que ninguna de las dos personas tenga que renunciar a su autonomía. El indicador de una relación igualitaria no es la ausencia de conflictos, sino la ausencia de jerarquías permanentes para resolverlos.

Hay parejas que han ejercido de forma conjunta el poder, no precisamente de forma muy democrática. Ahora tenemos a Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua. El mítico matrimonio de Perón y Evita. Imelda Marcos, la consorte de Filipinas... El papel de primera dama trasciende del escaparate social a la influencia política directa.

La pareja nunca es únicamente una relación privada. Cuando uno o ambos miembros ocupan posiciones de poder, esa relación adquiere también una dimensión institucional y política. Lo interesante desde la sociología no es analizar casos concretos, sino comprender cómo se combinan el poder político, la legitimidad pública y las relaciones personales. Durante mucho tiempo, el papel de las esposas de los dirigentes estuvo definido por funciones de representación, apoyo o legitimación del liderazgo masculino. Sin embargo, en las últimas décadas vemos situaciones mucho más diversas: mujeres que ejercen un liderazgo político propio, parejas que comparten espacios de poder o, en algunos casos, concentraciones de poder familiar que dificultan el control democrático del poder.

Lo importante es no confundir dos planos distintos. Una pareja puede compartir responsabilidades políticas sin que eso sea, por sí mismo, un problema democrático. La cuestión es si el poder se ejerce con transparencia, con controles institucionales y con respeto a las reglas democráticas. La calidad de una democracia no depende de que gobierne una persona o una pareja, sino de que las instituciones limiten el poder de cualquiera.

La propia evolución de la figura de la primera dama refleja los cambios en las relaciones de género. Durante mucho tiempo su visibilidad pública procedía del cargo del marido. Hoy las mujeres acceden directamente a cargos de responsabilidad política por sus propias trayectorias profesionales y electorales, sin que su legitimidad pública dependa de la posición de su pareja. Esa diferencia es sociológicamente muy significativa.

La pareja nunca es únicamente una relación privada

Vemos constantemente relaciones de presunto amor que en realidad esconden control y maltrato ¿el amor es tan ciego que nos empuja a aceptar relaciones de pareja tóxicas?

No hablaría de parejas tóxicas porque esa expresión engloba situaciones muy distintas. No es lo mismo una relación conflictiva que una relación de control o de maltrato, y conviene distinguirlas. Tampoco diría que el amor sea ciego. Lo que puede ser ciego son determinados imaginarios culturales sobre el amor. Durante mucho tiempo se transmitieron ideas como que amar era sacrificarse sin límites, soportarlo todo o poner siempre las necesidades de la otra persona por delante de las propias. Esas creencias podían dificultar la identificación de relaciones profundamente desiguales.

Hoy las expectativas están cambiando. Cada vez esperamos más que una pareja no sólo quiera a la otra persona, sino que la respete, la reconozca, contribuya a su bienestar emocional y favorezca su desarrollo personal. Buscamos relaciones en las que ambas personas puedan crecer, apoyarse mutuamente y construir un proyecto compartido sin renunciar a su autonomía. Cada vez esperamos menos que la pareja nos proteja y cada vez esperamos más que nos reconozca. Por eso la respuesta no consiste en dejar de creer en el amor, sino en revisar aquellas ideas que confunden amar con controlar, depender o renunciar a uno mismo. Una relación sana no reduce la libertad de quienes la forman; la amplía. Una buena relación no es la que pide menos libertad para mantenerse, sino la que permite que ambas personas desarrollen plenamente la suya.

Las parejas simétricas es un modelo aceptado mayoritariamente, ¿pero son realmente simétricas o las mujeres siguen ejerciendo el rol doméstico a la vez que trabajan fuera?

Creo que hoy la mayoría de las parejas jóvenes aspiran a relaciones igualitarias. La simetría se ha convertido en un ideal ampliamente compartido y eso ya representa un cambio histórico enorme. Hace apenas unas décadas ni siquiera se esperaba que hombres y mujeres compartieran responsabilidades en condiciones de igualdad. Otra cuestión es que esa igualdad se materialice plenamente en la vida cotidiana. Las investigaciones muestran que las mujeres siguen asumiendo una parte mayor del trabajo doméstico y, sobre todo, de la organización de los cuidados. No sólo hacen más tareas; con frecuencia también continúan llevando la carga de planificar, anticipar y coordinar la vida familiar. Esto no significa que los hombres no participen mucho más que las generaciones anteriores. Participan más, sin duda. Pero los cambios culturales y los cambios en las prácticas no siempre avanzan al mismo ritmo. Las expectativas igualitarias evolucionan con rapidez; las costumbres lo hacen más lentamente.

Precisamente ahí vemos una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo. Ya no discutimos si la igualdad es deseable, sino cómo hacerla efectiva en la vida cotidiana. La igualdad en la pareja no consiste en repartir exactamente cada tarea, sino en que ninguna persona vea limitadas sus oportunidades profesionales, su tiempo, su autonomía o su bienestar por el hecho de ser quien sostiene la mayor parte del trabajo invisible. La igualdad ya ha ganado la batalla de la legitimidad, pero todavía no ha ganado completamente la de las prácticas.

Las expectativas igualitarias evolucionan con rapidez, las costumbres lo hacen más lentamente

¿La diferencia de ingresos amenaza la igualdad en la pareja?

Los ingresos no determinan por sí solos la calidad de una relación, pero sí influyen en el equilibrio de poder dentro de la pareja. La autonomía económica amplía la capacidad de decidir, de negociar y, llegado el caso, de abandonar una relación insatisfactoria. Por eso la independencia económica ha sido uno de los grandes avances para la libertad de las mujeres. Ahora bien, sería un error pensar que basta con que ambos miembros ganen lo mismo para que exista una relación igualitaria. La igualdad depende también de cómo se reparten el tiempo, los cuidados, las oportunidades profesionales y la capacidad de tomar decisiones. Además, hoy observamos un cambio interesante. Tradicionalmente se esperaba que el hombre aportara la mayor parte de los ingresos familiares. Ese modelo pierde fuerza a medida que las mujeres alcanzan mayores niveles educativos y una participación laboral cada vez más estable. Cada vez son más las parejas que entienden la contribución económica como un proyecto compartido y no como la responsabilidad principal de uno solo de sus miembros. La cuestión no es quién gana más, sino que esa diferencia no se convierta en una fuente de dependencia o de desigualdad. Una pareja igualitaria no exige ingresos idénticos; exige que las diferencias económicas no se traduzcan en diferencias de libertad, de reconocimiento o de capacidad para decidir sobre la propia vida. De hecho, a medida que las mujeres han alcanzado mayor autonomía económica, pierde importancia el antiguo ideal del varón atractivo por su capacidad de provisión y gana peso un modelo de pareja basado en la corresponsabilidad, el respeto y la cooperación.

La brecha salarial no se explica sólo en el mercado de trabajo, también se construye en los hogares

En cuánto a la brecha salarial en España ¿se está reduciendo? ¿se comporta igual que en otros países o es más acusada?

Sí, la brecha salarial en España se ha reducido de forma apreciable en las últimas décadas y hoy la situación es mejor que en muchos países de nuestro entorno. Es un avance importante, fruto del mayor nivel educativo de las mujeres, de su incorporación al empleo y de las políticas de igualdad. Pero conviene interpretar bien ese dato. La brecha salarial ya no se explica principalmente porque hombres y mujeres cobren distinto por el mismo trabajo -algo que sigue existiendo y debe corregirse- , sino sobre todo porque sus trayectorias laborales siguen siendo diferentes. Las mujeres continúan concentrándose más en empleos a tiempo parcial, interrumpen con mayor frecuencia sus carreras para asumir cuidados y siguen estando menos presentes en los puestos de mayor responsabilidad y remuneración.

La brecha salarial no se explica sólo en el mercado de trabajo; también se construye en los hogares. Mientras los cuidados sigan recayendo de forma desproporcionada sobre las mujeres, seguirán teniendo más dificultades para desarrollar carreras profesionales continuas, acceder a puestos de responsabilidad o acumular los mismos ingresos y pensiones.

En ese sentido, la brecha de los cuidados alimenta muchas de las demás desigualdades. Condiciona las oportunidades profesionales, los salarios, las pensiones y, en último término, la autonomía económica. Por eso las políticas de igualdad no pueden limitarse al empleo; tienen que abordar también cómo se organiza socialmente el cuidado y avanzar hacia una verdadera corresponsabilidad entre mujeres y hombres.

Durante mucho tiempo pensamos que la desigualdad empezaba en el mercado de trabajo. Hoy sabemos que empieza antes, en la forma en que una sociedad organiza los cuidados. Si no cerramos la brecha de los cuidados, será muy difícil cerrar definitivamente la brecha salarial.

¿Cómo se está educando a las nuevas generaciones de mujeres? en el universo de las redes sociales siguen representadas por estereotipos femeninos de belleza.

Las redes sociales tienen un enorme poder de socialización, pero sería un error pensar que sólo afectan a las niñas. También están moldeando la forma en que muchos niños y adolescentes entienden qué significa ser hombre y qué esperan de las relaciones de pareja. Es cierto que las chicas siguen expuestas a modelos de belleza muy exigentes, con consecuencias que pueden afectar a la autoestima, la imagen corporal o incluso a trastornos alimentarios. Pero al mismo tiempo proliferan en las redes modelos de masculinidad que identifican el éxito con el dominio, la agresividad, la exhibición de riqueza o el desprecio hacia la igualdad. Son estereotipos diferentes, pero ambos limitan la libertad de quienes intentan adaptarse a ellos. La buena noticia es que las nuevas generaciones también están creciendo en un contexto mucho más igualitario que el de sus padres y abuelos. Nunca habían tenido tantos referentes de mujeres independientes, hombres implicados en los cuidados y formas diversas de construir la vida afectiva. Las redes no sólo difunden estereotipos; también permiten acceder a modelos alternativos que antes apenas tenían visibilidad.

El reto educativo consiste precisamente en desarrollar una mirada crítica. No es cuestión de proteger a las y los jóvenes de las redes, sino de ayudarles a reconocer cuándo un modelo limita su libertad, fomenta relaciones de desigualdad o convierte el éxito, la belleza o la masculinidad en una obligación imposible de cumplir. Porque, al final, la igualdad también consiste en liberar a mujeres y hombres de estereotipos que reducen sus posibilidades de ser quienes realmente quieren ser.

La socióloga en la UIMP donde ha participado en el seminario Sexo, género y poder organizado por el Centro de Estudios Sociológicos (CIS).

Tendemos a preocuparnos por los estereotipos de belleza que reciben las chicas, y es una preocupación legítima. Pero quizá el fenómeno más nuevo sea otro: los algoritmos están construyendo procesos de socialización distintos para chicas y para chicos. No sólo reciben referentes diferentes; reciben relatos diferentes sobre cómo debe ser una mujer, cómo debe ser un hombre y cómo deben relacionarse entre sí. En cierto modo, están creciendo en universos culturales parcialmente distintos. De hecho se está produciendo lo que llamo “Fragmentación algorítmica de la socialización de género” que es el proceso por el cual los algoritmos de las plataformas digitales exponen sistemáticamente a chicas y chicos a contenidos, referentes, valores y narrativas diferentes sobre la feminidad, la masculinidad y las relaciones, creando procesos de socialización cada vez más divergentes. Así pues, el riesgo no es únicamente la persistencia de estereotipos, sino la pérdida de un horizonte simbólico compartido desde el que mujeres y hombres puedan interpretar conjuntamente sus experiencias y construir relaciones igualitarias.

A diferencia de los mecanismos tradicionales de socialización, la fragmentación algorítmica introduce un proceso dinámico de retroalimentación: los contenidos consumidos orientan las recomendaciones posteriores, que refuerzan progresivamente determinadas visiones de la feminidad, la masculinidad y las relaciones afectivas. El resultado no es sólo una mayor exposición a estereotipos, sino la construcción de itinerarios de socialización crecientemente divergentes.

“La ciencia sigue sin amar a las mujeres”, ha dicho en alguna ocasión...

Es una expresión deliberadamente provocadora, pero resume una paradoja muy real. Las mujeres aman la ciencia. Hoy son mayoría en las universidades, participan en prácticamente todas las disciplinas y han demostrado sobradamente su capacidad para hacer investigación de excelencia. Sin embargo, el ecosistema científico sigue estando organizado sobre un modelo de carrera que presupone una disponibilidad casi ilimitada de tiempo, movilidad y dedicación continua. Ese modelo se diseñó históricamente cuando la mayor parte de los cuidados recaía sobre otras personas, generalmente mujeres.

El problema no es que las mujeres tengan menos talento o menos vocación científica. El problema es que la institución científica todavía no ha incorporado plenamente una realidad social: fuera de los laboratorios y las universidades, las mujeres siguen asumiendo una parte desproporcionada de los cuidados y de las responsabilidades familiares. Si queremos aprovechar todo el talento disponible, no basta con abrir las puertas de la ciencia a las mujeres. También hay que transformar las condiciones en las que se desarrolla la carrera científica. Una institución verdaderamente excelente no es la que obliga a elegir entre investigar y cuidar; es la que hace compatibles ambas dimensiones de la vida.

En el fondo, la igualdad en la ciencia no consiste en que las mujeres se adapten a un modelo pensado sin ellas, sino en construir una cultura científica que reconozca que el conocimiento también depende de cómo organizamos la vida cotidiana. La organización de los cuidados atraviesa también la producción de conocimiento. La excelencia científica no puede seguir definiéndose como si todas las personas dispusieran del mismo tiempo, las mismas responsabilidades y la misma libertad para dedicar su vida exclusivamente a la investigación. Por ello, la ciencia no necesita rebajar sus exigencias; necesita revisar las condiciones bajo las que exige excelencia. Las instituciones fueron diseñadas para una sociedad distinta de la actual. La pareja, el empleo, la ciencia o la política están aprendiendo, cada una a su ritmo, a convivir con una igualdad que ya forma parte de nuestras aspiraciones, pero que todavía no siempre forma parte de su funcionamiento cotidiano.

Etiquetas
stats