Un plan para Marte convierte bacterias microscópicas y orina humana en ladrillos para futuras viviendas
Mover materiales pesados fuera de la Tierra deja de tener sentido en cuanto se calculan distancias y costes. En el caso de vivir en Marte, levantar casas obliga a pensar en el propio planeta, porque no hay forma realista de enviar toneladas de cemento o acero.
Allí no hay almacenes ni fábricas, solo suelo, polvo y un entorno que desgasta cualquier estructura. Eso hace que construir no sea una cuestión de diseño, sino de supervivencia. Las casas tendrían que salir de lo que ya está allí, sin depender de envíos continuos desde la Tierra.
Un grupo científico propone endurecer el terreno con ayuda de microbios
Esa limitación sobre los materiales da pie a un enfoque distinto que ya se ha planteado en un estudio publicado en Frontiers in Microbiology. Un grupo de investigadores describe un método en el que bacterias transforman el suelo marciano en un material duro que sirve para levantar estructuras. El planteamiento no recurre a hormigón clásico ni a procesos industriales pesados, sino a reacciones biológicas que ocurren a temperatura ambiente. El objetivo es crear superficies sólidas a partir del propio terreno, reduciendo la necesidad de transporte desde la Tierra.
El punto de partida está en el regolito marciano, el material que cubre la superficie del planeta. Ese suelo contiene sílice y hierro en abundancia, pero no tiene suficiente óxido de calcio, que es esencial para fabricar cemento como el que se usa en la Tierra. Esa ausencia obliga a buscar otra forma de unir las partículas. El regolito sí puede servir como base si se encuentra un sistema que actúe como pegamento, ya que la materia prima está ahí en grandes cantidades.
El problema del transporte explica por qué se descartan soluciones tradicionales. Llevar materiales desde la Tierra implica un gasto enorme y una limitación clara en peso y volumen. Cada kilo cuenta en un lanzamiento, y enviar grandes cantidades para construir viviendas haría inviable cualquier misión a largo plazo. Por eso, el enfoque se centra en utilizar recursos locales, algo que se conoce como uso de recursos in situ, una idea que permite reducir costes y dependencia externa.
Dentro de ese planteamiento aparece un sistema basado en dos microorganismos que trabajan juntos. Por un lado está Sporosarcina pasteurii, una bacteria que genera carbonato cálcico cuando procesa urea. Por otro, Chroococcidiopsis, una cianobacteria capaz de sobrevivir en condiciones extremas y producir oxígeno mediante fotosíntesis. La segunda crea un entorno que permite a la primera funcionar, ya que aporta oxígeno y compuestos que necesita para mantenerse activa.
El mecanismo se basa en una reacción sencilla. Sporosarcina pasteurii descompone la urea, que puede obtenerse de la orina humana, y desencadena la formación de carbonato cálcico. Ese compuesto actúa como cemento natural y une las partículas del suelo marciano. A medida que se acumula, el material pasa de ser polvo suelto a una masa sólida. No hace falta calor extremo ni maquinaria pesada, solo las condiciones adecuadas para que la reacción avance.
Este sistema presenta una ventaja clara frente a otras propuestas como fundir el suelo con láser o microondas. Esos métodos requieren mucha energía, algo difícil de mantener en Marte. La biocementación, en cambio, consume hasta diez veces menos energía según los investigadores. Además, se puede integrar con robots que impriman estructuras capa a capa, usando el suelo como base y la solución bacteriana como aglutinante.
La automatización juega un papel importante en este escenario. Se plantean robots con boquillas de múltiples ejes que depositan material mientras controlan su forma y resistencia. Estos sistemas podrían evaluar el terreno, ajustar la mezcla y construir de forma continua sin intervención humana directa. Ya existen herramientas similares que se han probado en misiones lunares y marcianas para estudiar el suelo y medir su comportamiento.
Aun así, todo sigue en una fase inicial. Marte presenta condiciones duras, con radiación alta, temperaturas muy bajas y compuestos tóxicos en el suelo. No está claro cómo responderán estas bacterias en ese entorno ni si podrán trabajar juntas de forma estable. Los experimentos se realizan con simulaciones en laboratorio, y todavía falta comprobar si el sistema funciona fuera de la Tierra. Cada prueba acerca la idea a algo real, pero aún queda camino antes de ver casas levantadas con polvo marciano.
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