Svalbard saca a la luz esqueletos del siglo XVII que evidencian el impacto físico brutal de la industria ballenera

El escorbuto agravó la vida en cubierta

Héctor Farrés

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Los puertos del norte europeo vivían pendientes del aceite que llegaba en barriles desde aguas heladas. Los balleneros eran marineros, cazadores y obreros que pasaban meses en el Atlántico Norte y el Ártico persiguiendo cetáceos para alimentar una industria que iluminaba ciudades y movía talleres.

Holanda, Inglaterra, Noruega o Dinamarca enviaban barcos hacia zonas cercanas a Groenlandia y Svalbard porque la grasa de las ballenas servía para lámparas, lubricantes y productos industriales en una época sin electricidad.

Aquellos viajes también levantaron relatos famosos sobre la vida en el mar y la persecución de cetáceos. El ejemplo más conocido es Moby-Dick, la novela de Herman Melville que convirtió la obsesión ballenera en una historia universal sobre poder, miedo y destrucción.

Un estudio reconstruyó el desgaste de Svalbard

Un estudio publicado en PLOS One reconstruyó ahora el coste físico de aquel trabajo a partir de 20 esqueletos hallados en Svalbard, un archipiélago bajo soberanía noruega situado cerca del Polo Norte. El equipo, formado por arqueólogos y antropólogos forenses, examinó enterramientos de Likneset, conocido como Corpse Point, y encontró señales de enfermedades, lesiones y desgaste extremo en hombres muy jóvenes. Live Science recoge que varios de ellos presentaban daños óseos propios de edades mucho más avanzadas.

Arqueólogos y antropólogos forenses examinaron veinte esqueletos hallados cerca del Polo Norte

La expansión ballenera en el Ártico arrancó a comienzos del siglo XVII. En 1596, el explorador neerlandés Willem Barentsz avistó Spitsbergen, la isla principal de Svalbard, y pocos años después comenzaron las campañas sistemáticas de caza.

El aceite obtenido de la grasa de las ballenas tenía un enorme valor económico porque servía para alumbrado y lubricación industrial, mientras que las barbas del animal se usaban en corsés y otras piezas rígidas. El Svalbard Museum explica que, hacia finales del siglo XVII, cientos de barcos participaban cada verano en estas expediciones en los mares del norte.

Los marineros murieron antes de cumplir treinta años

Los investigadores estudiaron un gran cementerio de tumbas poco profundas marcadas con montículos de piedra. Muchos de los hombres enterrados allí murieron entre los 20 y los 25 años. Lise Loktu, arqueóloga del Norwegian Institute for Cultural Heritage Research, explicó a Live Science que “lo llamativo del material esquelético es que realmente puede verse esa carga de trabajo reflejada en el cuerpo”. El análisis reveló fracturas curadas, lesiones en la columna y un deterioro muy fuerte en hombros, caderas, rodillas y pies.

La dureza del oficio aparecía ligada a tareas agotadoras. Los marineros remaban durante horas, arrastraban ballenas vivas o cadáveres enormes y procesaban la grasa bajo temperaturas extremas. Según el estudio, 18 de los 19 individuos analizados mostraban signos de enfermedad degenerativa articular. El desgaste afectaba sobre todo a la parte superior del cuerpo, con daños en clavículas, escápulas, esternón y brazos. El trabajo continuo dejaba secuelas evidente incluso antes de la treintena.

Las expediciones dejaron cuerpos arrasados bajo el hielo

Las enfermedades agravaban todavía más aquella situación. El escorbuto, causado por la falta prolongada de vitamina C, aparecía en casi todos los esqueletos examinados. La dolencia provocaba debilidad muscular, pérdida dental y hemorragias.

En aquella época, muchos marineros europeos desconocían que ciertos alimentos consumidos por pueblos indígenas del Ártico ayudaban a prevenirla. Loktu señaló que “el escorbuto también compromete el sistema inmunitario”. Los arqueólogos encontraron además marcas circulares en los dientes de varios hombres, señal de que fumaban en pipa de forma habitual, una práctica que podía empeorar el deterioro físico y nutricional.

El deshielo amenaza las tumbas del Ártico

Likneset se ha convertido también en un ejemplo de otro problema mucho más reciente. El deshielo del permafrost está dañando el cementerio y amenaza con borrar parte de la información arqueológica conservada durante siglos. El permafrost es una capa de suelo helado permanente que cubre amplias zonas del Ártico que cuando pierde estabilidad, las tumbas se deforman, los ataúdes se hunden y la erosión costera arrastra sedimentos hacia el mar.

El equipo comparó excavaciones realizadas en los años 80 con otras efectuadas en 2016 y 2019. Los esqueletos seguían relativamente intactos, pero los tejidos y textiles enterrados junto a ellos habían sufrido un deterioro acelerado. Courthouse News cita a Loktu cuando explica que “las estructuras de piedra de las tumbas se desplazan y las capas funerarias pierden su integridad original”. Parte del cementerio ya ha desaparecido por la erosión de la costa.

Cientos de embarcaciones participaron cada verano en expediciones balleneras porque la grasa servía para lámparas industriales y las barbas acababan dentro de corsés europeos rígidos

Los autores del estudio creen que la estrategia aplicada hasta ahora en Svalbard, basada en dejar que muchos yacimientos se degraden con una intervención mínima, empieza a resultar insuficiente. El calentamiento veloz del Ártico amenaza archivos arqueológicos únicos sobre una de las primeras industrias extractivas europeas.

El trabajo recuerda además que el deshielo del permafrost puede liberar gases de efecto invernadero y alterar ecosistemas enteros. Mientras varios países mantienen prohibida la caza comercial de ballenas desde la moratoria aprobada en 1986 por la International Whaling Commission, el suelo helado del norte sigue dejando al descubierto la parte más dura de aquella industria.

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