“Un puente sin río y un río sin puente”: la curiosa historia de esta obra de 200 metros construida en el siglo XVI

La explicación geológica es que el río Alagón es un sistema complejo que integra su llanura aluvial, creando ramales secundarios que pueden cambiar con el tiempo

Alberto Gómez

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En la histórica ciudad de Coria, situada en el noroeste de Cáceres, se alza un imponente monumento, el Puente de Piedra, construcción que hoy se encuentra rodeada de fértiles huertas… en lugar de agua. Este fenómeno singular ha dado lugar al famoso dicho popular: “Coria tiene un puente sin río y un río sin puente”. Y es que la estructura es un recuerdo de cómo la naturaleza puede alterar drásticamente los planes humanos más ambiciosos y sólidos. Durante siglos, esta peculiaridad ha atraído a curiosos que buscan comprender el origen de tan extraño y prolongado aislamiento geográfico. Es, sin duda, una de las señas de identidad más potentes de la antigua y noble Civitas Cauriensis, hoy ciudad turística.

Para un agradecido visitante, observar esta mole de sillería en tierra firme resulta una experiencia visual tan desconcertante como fascinante. Representa un legado que invita a ser descubierto y apreciado por todos aquellos interesados en las huellas indelebles del tiempo. Se trata de una construcción que data del año 1518, según consta en una inscripción grabada en la propia piedra del monumento. Con una longitud de casi 200 metros y una altura que supera los diez metros, el puente fue diseñado para resistir el paso del agua. Su arquitectura destaca por cinco grandes arcos de medio punto protegidos por robustos tajamares para dividir la fuerte corriente fluvial. Estos elementos demuestran la gran pericia de los maestros canteros medievales que trabajaron en su sólida fábrica de sillería fina.

Aunque fue concebido como una infraestructura funcional, hoy es valorado como una auténtica obra de arte de la ingeniería civil. Su robustez le ha permitido sobrevivir a los avatares del tiempo incluso aunque actualmente no cumpla con su función hidráulica original… desde hace siglos. Durante mucho tiempo, sirvió como el principal camino de acceso sur a la localidad, conectándola estratégicamente con su entorno más próximo. Es un testimonio silencioso de la maestría técnica necesaria para domar las antaño bravas y peligrosas aguas del caudaloso río Alagón.

La gran singularidad de este monumento es que el río Alagón decidió abandonar su cauce natural, dejando seco al gran puente

Antes de la estructura del siglo XVI, existen indicios de que Coria albergó un paso sobre el Alagón de origen romano. Este puente primitivo formaba parte de la infraestructura de la Vía de la Plata, conectando las ciudades de Mérida y Astorga. Los restos arqueológicos sugieren que los cimientos del puente actual podrían asentar sobre las sólidas bases de aquella época imperial. La ingeniería romana, conocida por su durabilidad, facilitó el transporte y la comunicación en la Hispania occidental durante muchos años, de ahí que crónicas históricas mencionen diversas reparaciones y reconstrucciones, como la ocurrida en 1322 tras una fuerte y destructiva crecida invernal. Esta continuidad histórica refuerza la importancia estratégica que siempre tuvo este punto geográfico para la próspera ciudad de la provincia de Cáceres. El puente actual es, por tanto, el sucesor directo de una tradición milenaria de conexión entre las dos orillas del río. La huella de Roma perdura en la memoria colectiva, otorgando al monumento actual un aura de prestigio, antigüedad y relevancia.

La gran singularidad de este monumento es que el río Alagón decidió abandonar su cauce natural, dejando al gran puente seco. Este cambio de itinerario transformó una infraestructura vital en una reliquia aislada en medio de la vega fértil del valle. El fenómeno convirtió al puente en un símbolo de la adaptabilidad humana frente a los caprichos imprevisibles de la naturaleza. A pesar de su aparente inutilidad funcional, el valor patrimonial de la construcción no mermó, sino que creció por su rareza. Se convirtió en un objeto de interés para visitantes que buscan historias donde la propia naturaleza dicta su ley caprichosa. La imagen del puente solitario entre campos es hoy un icono cultural de toda la región de la Extremadura actual. Esta curiosa anomalía geográfica es lo que define la relación única de Coria con su entorno fluvial y su rico patrimonio. 

Una de las creencias más extendidas vincula el desvío del río con el devastador terremoto de Lisboa de 1755. Según la tradición popular, el movimiento sísmico habría provocado que las aguas dejaran de correr bajo los arcos aquel mes de noviembre. Esta teoría sugiere que un ramal secundario del río que aún pasaba por allí desapareció definitivamente tras el gran seísmo. Muchos turistas llegan a Coria buscando confirmar esta conexión histórica entre el gran desastre luso y el famoso puente seco. Sin embargo, los estudiosos locales han cuestionado esta versión, aportando datos técnicos que sitúan el cambio de cauce mucho antes. La leyenda del terremoto ha servido para alimentar el misticismo que rodea a la estructura durante muchas generaciones de corianos. 

Una corrección imposible

Hubo intentos frustrados, como en 1791, para devolver el cauce original al río y dar uso de nuevo al viejo puente. Los mejores ingenieros de la provincia fueron incapaces de corregir la dirección que la propia naturaleza había tomado libremente. Este periodo de aislamiento parcial reforzó la identidad de una ciudad que aprendió a convivir con su río ahora distante. La barca se convirtió en una necesidad vital para mantener el flujo de personas y mercancías hacia el sector sur. Coria vivió así una paradoja temporal donde su obra más sólida no servía para salvar el obstáculo natural más cercano.

La explicación geológica de este fenómeno reside en la naturaleza llana y horizontal de la vega del río Alagón. En estas zonas, los ríos tienden a dividirse en múltiples brazos y meandros buscando siempre el camino de menor resistencia. El Alagón es un sistema complejo que integra su llanura aluvial, creando ramales secundarios que pueden cambiar con el tiempo. Las grandes crecidas invernales erosionan el terreno y pueden cegar cauces antiguos mientras abren otros nuevos en la tierra. En Coria, el río simplemente encontró un itinerario más sencillo, alejándose de la zona urbana donde se construyó el puente. Este proceso de variación de cauces es natural y suele verificarse a lo largo de periodos de tiempo muy extensos. El resultado es una cicatriz en el paisaje que muestra dónde fluyó la vida hídrica en siglos pasados con fuerza. Es la geografía la que, en última instancia, escribió el destino de este gigante de piedra que hoy yace desamparado.

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