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Mamá, ¿te puedes sentar?

Eso que se entiende normalmente por “trabajo” puede pararse, pero la vida no: esa otra huelga es necesaria, precisamente, por los propios motivos que muestra

La producción se puede interrumpir, pero los niños no dejan de mamar, los ancianos no dejan de mearse. Y todo lo demás también

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EFE

¿Mamá, te puedes sentar? Que tire la primera piedra quien no haya dicho esta frase, con tono exasperado, en una reunión familiar o una visita, la pasada Navidad o el último domingo. Mamá, por favor, en serio, ya lo hago yo. Pero mamá no para, porque siempre hay una tarea pendiente y, si no la hay, podemos inventarla: siempre es posible limpiar los cristales que ya están limpios, descolgar las cortinas para lavarlas.

Hablamos mucho de la huelga laboral, pero la difícil es la otra. Los huecos que cuenta la patronal, al fin y al cabo, nos resultan más sencillos de incorporar. Quizá porque eso que se entiende normalmente por “trabajo” puede pararse, pero la vida no: esa otra huelga es necesaria, precisamente, por los propios motivos que muestra. La producción se puede interrumpir, pero los niños no dejan de mamar, los ancianos no dejan de mearse. Y todo lo demás también.

Contaba una amiga hace unos días como, cuando sus padres hablaban sobre la huelga, su madre se refirió a cocinar a mediodía: bueno, mujer, pero la comida la hago, si eso no me cuesta nada. Porque no nos cuesta nada, porque total qué más da, porque es más fácil hacer que mandar, lo seguimos haciendo. Es por eso por lo que el bicho dentro crece y por lo que, pese a la corresponsabilidad, pese a los aliados, pese a los avances, tantas cosas no cambian.

Hay un gran enemigo de esta huelga, más fuerte que cualquier patronal, más intimidatorio que toda policía: la culpa. Esa gran traba que, desde dentro, nos impide a cada rato caminar hacia otras vidas posibles. En estos días de militancia y razones, muchos hombres preguntan cómo hacer la huelga. Preocupados, intentan encontrar el modo de sostener, el modo de colaborar, el modo de ser parte. Mientras, muchas mujeres preguntan cómo hacer, también: preguntan cómo sumarse a la huelga y, a la vez, no fallar a lo que, pese a todo, siguen –seguimos– sintiendo como inexcusable.

Me decía otra amiga, estos días de reflexionar: ¿Has pensado que huelga de cuidados es también no mandar ese mensaje en que preguntas qué tal? ¿Has pensado que también es dejar de sentir que le estás fallando a este amigo, desatendiendo a tal persona que te necesita?

¿Sabes? Tampoco nosotras podemos parar. Nosotras que decimos, exasperadas, eso de mamá, en serio, siéntate ya, no somos más capaces de estarnos quietas. Ni la liberación sexual, ni la emancipación económica, ni nada de nada: también nosotras enredamos aceleradas el camino de las ocupaciones laborales, afectivas e identitarias. Otra amiga más me decía, hace unas semanas: Estoy en un bar, tomándome una copa sola; si suelto el móvil, no sé qué hacer. Otra: ¿En qué momento empezamos a sentirnos culpables por no trabajar en sábado? Una más: ¿Cómo se hace para simplemente estar en un lugar, sin hacer necesariamente nada?

En la vida no hay campo de pruebas. Pero a veces, raras veces, se da la ocasión de un experimento. Esta huelga que se convoca para el 8M es la ocasión para probar a ver qué pasa. Podemos ver una imagen insólita: la de mamá sentada. La de nosotras sentadas.

De repente, se me aparece una pista. Hay un momento en el que hacemos algo así: cuando estamos enfadadas. En un amor, por ejemplo. No voy a escribirle, decimos, no voy a preguntarle ni qué tal.

A lo mejor así se entera, decimos. A lo mejor así se entera de que todos los días estoy pendiente.

Es, de algún modo, lo mismo. Ahora estamos enfadadas, muy enfadadas. Porque nos matan, porque nos silencian. Porque queremos otras vidas y estamos atrapadas en la rueda de no poder parar. Y nos parece que, tal vez, si paramos, se note. Y que algo pueda cambiar después de la pregunta.

Hay otra razón por la que la huelga de cuidados es difícil: porque es abrir el melón donde más cuesta, donde más conflicto causa. Al fin y al cabo, fuera de casa, muchas hemos aprendido a ser mujeres fuertes. Pero en la pareja, en la familia, en la amistad, es más difícil. Decir hoy no doy la cena a papá desafía a la culpa. Decir hoy dejo a la nena llorar desafía a la inercia. Decir hoy no te voy a preguntar cómo estás desafía a un monstruo que vive dentro de lo que somos, y en el que habitan tanto la luz de los días como su sombra. Plantear con los hombres de nuestras vidas de qué modo todo esto configura un sistema injusto de vida es, probablemente, lo más difícil de esta huelga.

Pero es también, seguramente, su gran potencia. Rara vez en la vida hay campo de pruebas, pero aquí una pequeña, gran prueba de otra vida que sería posible. El ejercicio de imaginación en el que este mal reparto de lo que nos sostiene funciona de otra forma.

Paramos un día, aunque nos sea difícil, para que dejar de ir corriendo por los días no sea imposible de imaginar, para empezar, para nosotras mismas.
Paramos un día, peleando contra toda la culpa, para aprender que es posible estarnos quietas.

Así que, mamá: siéntate, porfa.

Es por ti, pero es también por mí, y por todas.

Sé que es difícil, pero vamos a tener que aprender a hacerlo.

Nos va la vida en ello.

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