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Los panes y los peces

Detrás de ese consumismo exacerbado está la arrogancia innata del ser humano, que sirve de tupido velo entre nosotros y el panorama general: la situación real de nuestra especie en el contexto de la historia de la vida en la Tierra

Quizá la conciencia humana no es más que un mecanismo retrospectivo de la naturaleza, una manera de brindarse un momento fugaz de autocomplacencia

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Joaquín Salido Bello

Si tuviera que apostar dinero, ¿qué organismo diría que apareció antes durante el curso de la evolución de la vida en la Tierra: las gramíneas, con cuyo grano se elabora el pan que ha alimentado a millones de personas cada día a lo largo de la historia de la humanidad, o los peces, que sirven de sustento a los habitantes de tantos pueblos pesqueros del mundo?

Recientemente, la prensa mundial se hizo eco de la noticia de que la humanidad consume en ocho meses los recursos que la Tierra genera en un año. Este tipo de artículos alarman considerablemente a cualquier persona con cierto nivel de sensibilidad ecológica, y suelen incluir soluciones interesantes para invertir esta tendencia, como minimizar el consumo de animales y centrar nuestra dieta en productos vegetales —ya que la producción de un kilogramo de carne requiere mucha más energía y terreno que una cantidad equivalente de materia vegetal— o el abandono de costumbres consumistas.

Detrás de ese consumismo exacerbado —responsable de la situación actual de los recursos naturales— está la arrogancia innata del ser humano, que actúa como un tupido velo entre nosotros y el panorama general, la situación real de nuestra especie en el contexto de la historia de la vida en la Tierra. Esa soberbia cegadora, cuyo origen está arraigado en el hecho de que la concurrencia de nuestra conciencia y nuestra bipedestación nos pone en clara ventaja sobre el resto de seres vivos conocidos, tiene como consecuencia una falta de respeto crónica por la naturaleza.

El gran paleontólogo Stephen Jay Gould afirmaba que los dos atributos más característicos del Homo sapiens son su pasión por los viajes y su vigorosa sexualidad. Cada vez más, lo es también su arrogancia, especialmente a la luz de la historia reciente. Es precisamente esta altivez inherente a la humanidad contemporánea la que nos lleva de vuelta a la pregunta inicial sobre las gramíneas y los peces. Me aventuro a especular que la mayoría de los lectores pondrían su dinero en las gramíneas. Después de todo, tanto el ser humano —el organismo más complejo conocido— como los peces, forman parte del reino animal y, por tanto, su mayor complejidad sería coherente con una aparición más temprana de las gramíneas —por ser más simples— durante el proceso evolutivo de la vida en la Tierra. ¿Verdad? Pues bien, la realidad, quizá ilógica desde el prisma humano, es que los peces cordados empezaron a nadar en los inmensos océanos de la canica azul unos cien millones de años antes de que las primeras plantas terrestres hundieran sus raíces en el suelo. Es más, teniendo en cuenta que en el colegio nos enseñan que es muy probable que la vida en la Tierra surgiera en los océanos, ¿no tiene más sentido que los peces empezaran a dar guerra mucho antes que las gramíneas?

Por suerte o por desgracia, el panorama general mencionado anteriormente, muy difuso para muchos, es que la humanidad y su marco temporal no son más que un suspiro ahogado en la inconcebiblemente extensa historia de la vida. Viendo el rumbo que llevamos, no sería de extrañar que desaparezcamos antes de que el segundero geológico complete una vuelta. ¿No tuvieron que extinguirse criaturas tan inspiradoras y majestuosas como los dinosaurios para que nosotros tuviéramos nuestra oportunidad? Quizá la conciencia humana no es más que un mecanismo retrospectivo de la naturaleza, una breve mirada atrás, una manera de brindarse, antes de continuar, un momento fugaz de autocomplacencia a través de nuestra curiosidad intrínseca, que nos empuja a escudriñar nuestro entorno para averiguar tanto el origen de nuestra realidad como los axiomas por los que se rige. Una suerte de experimento que ha resultado ser potencialmente peligroso para la continuidad de la vida en la Tierra.

Sin embargo, no hay que perder el optimismo con respecto a la continuidad de la vida en la Tierra. Si llegara el tan temido holocausto nuclear o se produjera un evento catastrófico equivalente que pusiera a prueba la resiliencia de la mayoría de las especies endémicas de nuestro planeta, la naturaleza permanecería impasible e incólume, pues la vida ya ha superado obstáculos mucho más altos en el pasado, siempre guiada por el raíl de la evolución, sólido como el núcleo interno de la Tierra. Como dijo acertadamente el irónico y siempre escéptico doctor Ian Malcolm en Jurassic Park: "La vida se abre camino". Con o sin nosotros. Espero que lo primero.

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