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Volvamos a descorchar el champán

Hoy nos encontramos en una situación que tiene muchos paralelismos con lo ocurrido hace casi 44 años: sobre la mesa volvemos a tener el cadáver del tirano que, esta vez, realiza el viaje de regreso desde su tumba dorada

Demasiadas preguntas sin respuesta que demuestran hasta qué punto España sigue siendo un país profundamente anormal si lo comparamos no solo con Italia, Francia o Alemania si no también con Argentina, Chile y hasta Camboya

Somos anormales, democráticamente hablando, cuando los tres partidos de la derecha española defienden, abierta o encubiertamente, la dictadura

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La Fundación Franco: Sin el permiso de la familia una exhumación es una profanación

EFE

El 20 de noviembre de 1975 miles de familias españolas celebraron la muerte del dictador. Aquel día había pocas certezas sobre lo que ocurriría en el futuro. Nada hacía pensar, y de hecho así fue, que el régimen fuera a desmoronarse de la noche a la mañana, arrastrado por la desaparición de su sanguinario Caudillo. Los miedos y la incertidumbre ganaban por goleada a la esperanza. ¡Quedaba tanto camino por recorrer! Sin embargo, los luchadores antifranquistas, los verdaderos demócratas sacaron de la nevera el champán que tenían reservado para la ocasión, lo descorcharon sin hacer demasiado ruido y brindaron con alegría y emoción. Nadie pudo arrebatarles aquel instante de profunda felicidad.

Hoy nos encontramos en una situación que tiene muchos paralelismos con lo ocurrido hace casi 44 años. Sobre la mesa volvemos a tener el cadáver del tirano que, esta vez, realiza el viaje de regreso desde su tumba dorada. Es una gran noticia y, sin embargo, hay tantos "peros", tantas cosas mal hechas, tantas asignaturas pendientes que la incertidumbre vuelve a imponerse a la esperanza. ¿Por qué la nueva tumba de Franco seguirá estando sufragada con el dinero de todos los españoles? ¿Qué va a pasar con ese monumento a la dictadura y ese insulto a sus víctimas que es El Valle de los Caídos? ¿Cómo se permite continuar allí a una congregación religiosa dirigida por un abad fascista que se ha reído abiertamente de nuestro régimen constitucional?

¿Cómo es posible que José Antonio Primo de Rivera, el fundador del partido fascista español, continúe allí enterrado? ¿Durante cuantos años más la basílica sevillana de La Macarena va a servir de sepulcro a ese criminal de guerra que incitaba a violar mujeres llamado Queipo de Llano? ¿Llegará el día en el que en España no haya ni una calle, ni una plaza, ni una estatua, ni un símbolo dedicado a honrar la memoria de los líderes franquistas? ¿Podremos alguna vez desenterrar, homenajear y dar una digna sepultura a los más de 100.000 hombres y mujeres que asesinaron las huestes del dictador por mantener ideas democráticas?

¿Estudiarán algún día nuestros niños la Historia real de España y no un relato falseado que dulcifica el régimen franquista? ¿Lograremos que se persiga a quienes niegan o justifican los crímenes cometidos durante la dictadura? ¿Se anularán alguna vez las sentencias dictadas por los tribunales-farsa que funcionaron en aquel negro periodo? ¿Tendrán los policías torturadores de la Brigada Político Social que cambiar sus medallas por un asiento en el banquillo de los acusados?

Demasiadas preguntas sin respuesta que demuestran hasta qué punto España sigue siendo un país profundamente anormal, en términos democráticos. Anormal si lo comparamos no solo con Italia, con Francia o con la Alemania que hoy sigue juzgando a antiguos miembros de las SS de Hitler. También profundamente anormal si lo confrontamos con naciones como Argentina, Chile y hasta Camboya que han acabado poniendo en el ominoso sitio que se merecen, al menos en parte, a los antiguos responsables de sus respectivas dictaduras.

Somos anormales, democráticamente hablando, cuando los tres partidos de la derecha española defienden, abierta o encubiertamente, la dictadura. Somos anormales, democráticamente hablando, porque los gobiernos socialistas de Felipe González permitieron que el pueblo español siguiera viviendo en la ignorancia histórica, los verdugos en la más absoluta impunidad y las víctimas en el olvido. Somos anormales, democráticamente hablando, porque decenas de políticos, periodistas, empresarios, militares y hasta magistrados se atreven a hacer apología de aquella dictadura y a insultar a los asesinados.

Las armas de estos negacionistas, de estos defensores de la anormalidad son la ignorancia y la mentira. Por eso siempre, y especialmente un día como hoy, la mejor respuesta pasa por repetir los datos, por contar la verdad y recordar quién fue Francisco Franco.

Este es el siniestro personaje sobre el que hoy todavía continuamos debatiendo en esta España anormal. Y aunque tener que seguir haciéndolo nos llene de rabia y de frustración, recordar quien fue Francisco Franco nos debería también permitir saborear la importancia de este momento. Hoy es una jornada histórica, a pesar de todos los "peros" y todas las incertidumbres. El general golpista, el líder fascista, el criminal de guerra, el genocida aliado de Hitler y de Mussolini ya no descansará en un lugar privilegiado dentro del mayor monumento construido en nuestro país.

Queda mucho camino por recorrer, pero volvamos a descorchar el champán. Saquemos las copas y brindemos por los cientos de miles de víctimas de la dictadura. Brindemos por los hombres y mujeres que lucharon contra el franquismo y que no han podido ver este día. Que nada ni nadie nos prive de este momento de felicidad.

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