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Populismo, una posibilidad estructural

El populismo es también una expresión de la falta de pluralismo social, la muestra de que sólo algunos actores pueden ser lobby

La legitimidad de su discurso le viene por aclamación: esto es, por la mera adhesión a unas propuestas sin concreción donde lo importante es la pregunta y no la respuesta que se vaya a dar

Pensar el populismo implica tomar conciencia de la ambiguedad de la democracia

En Europa, el cuestionamiento (desde dentro y desde fuera) de las estructuras de poder establecidas, probablemente por más causas que la propia crisis, obligan a éstas a moverse intentando acertar con la respuesta. En el camino, aparecen movimientos de amplio apoyo social que llevan este cuestionamiento a la calle, a las portadas de los periódicos e incluso a los parlamentos. Sin embargo, simultáneamente el discurso oficial informa que estos movimientos son minoritarios, “demagogos”, con vínculos de dudosa decencia y, por supuesto, populistas.

¿Por qué el populismo no es reconocido como verdaderamente demócrata? ¿Cómo es que incluso es visto como peligroso para la democracia?

El populismo, entendido como apelación “al pueblo” en contra tanto de las estructuras de poder establecidas como de los valores e ideas dominantes, no debe ser considerado como una forma impropia de hacer política. Aunque pocas veces está a la altura de lo que promete, el populismo es la expresión de ciertos sentimientos e ilusiones que son inherentes a toda sociedad; es, ante todo, expresivo y emotivo.

Los movimientos llamados populistas, aparecidos en las últimas décadas en las democracias occidentales, han sido generalmente tratados como síntomas patológicos que requieren una urgente explicación sociológica. No son vistos como un fenómeno que pone a prueba nuestro concepto de democracia, y los teóricos de la democracia comprometidos en incrementar la participación popular en política le dan poca o nula importancia a los intentos del ‘populismo’ de movilizar las bases sociales. Muchos de estos movimientos abogan por procesos de democracia directa, el uso del referéndum y de la iniciativa popular. Su objetivo es llevar hasta las últimas consecuencias la promesa de la democracia de “dar el poder al pueblo”. Ahora bien, cada movimiento es singular en su forma y contenido y, por tanto, toda pretensión de generalizar cae en el mismo problema en el que incurren los llamados populismos: la simplificación.

Las fuentes del populismo no reposan únicamente en el contexto social, sino también en las tensiones que se producen en el mismo núcleo de la democracia. Es en el mismo seno de la sociedad donde de forma latente están los miedos, deseos o esperanzas que el populismo sacude y enarbola para movilizar a las masas. En vez de ser un síntoma de atraso, el populismo debe ser visto como una sombra del mismo sistema, de la misma sociedad. Pensar el populismo implica tomar conciencia de la ambiguedad de la democracia.

Cuando las instituciones de la democracia no dan respuesta satisfactoria a ciertos anhelos “populares” y los canales formales para que éstos se escuchen e influyan en la agenda política son ineficaces, surgen vías que necesariamente son alternativas. El populismo es también una expresión de la falta de pluralismo social, la muestra de que sólo algunos actores pueden ser lobby.

Hay bastante acuerdo en la literatura en definir los movimientos populistas como ‘del pueblo pero no del sistema’. Se enmarcan dentro de algún tipo de revuelta en contra de las estructuras de poder establecidas en el nombre del pueblo. En los sistemas democráticos, esto significa generalmente también un ataque a los partidos tradicionales. Aunque lo que hace diferente a los movimientos populistas es que no sólo van dirigidos al establishment político y económico, sino también a los creadores de opinión en la academia y a los medios.

La legitimidad al discurso populista le viene por aclamación: esto es, por la mera adhesión a unas propuestas sin concreción donde lo importante es la pregunta y no la respuesta que se vaya a dar. Un ejemplo es la apelación a la unidad de la gente, a la nación o al país y en contra de los partidos o facciones que intentan dividirla, otros pueden ser la apelación al hombre común, el miedo al extranjero o la promesa de un futuro ídilico. Los populismos en las democracias modernas defienden que ellos hablan para ‘la mayoría silenciosa’ de la ‘gente decente y ordinaria’, cuyos intereses y opiniones están ‘secuestrados’ por arrogantes y estridentes minorías.

A nivel europeo, el auge de los populismos es una señal del fracaso del orden institucional en satisfacer las necesidades y deseos de los ciudadanos afectados por cambios sociales, culturales, económicos y políticos. La crisis es el caldo de cultivo ideal para la proliferación de todo tipo de populismos. El auge del populismo organizado dice algo muy significativo sobre el estado de la democracia moderna y requiere una respuesta rotunda desde las instituciones. Si los populismos siguen siendo unos extraños para el sistema institucional, quizá se le pueda decir que people are strange, when you are a stranger.


Lectura recomendada: Democratic stress, the populist signal and extremist threat

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